¿Cambio de parroquia?

¿Cambio de parroquia?

En 1820 parece que él le pidió al obispo cambio de lugar, pues se sentía abrumado ante el peso de su responsabilidad pastoral. Toda su vida padecerá de miedo a la muerte y al juicio de Dios. Un día, le dirá a su auxiliar, el padre Toccanier, en confianza:

Esta noche estaba en cama y no podía dormir. Yo lloraba mi pobre vida y oí una voz: “In te, Domine speravi non confundar in aeternum” (En ti, Señor, esperaré y no seré confundido eternamente). Yo tuve miedo de no haber entendido bien y de nuevo oí las mismas palabras. Eso me consoló.

Cuando el demonio le ponía en su cabeza pensamientos de desesperación a la vista de sus pecados y de su indignidad, la solución que tenía era ir ante el sagrario y, como él dice: postrarse ante el Señor como un perrito a los pies de su amo.

De todos modos, parece que el obispo le hizo caso y ya tenía preparado el cambio a Salles con fecha del 18 de abril de ese año 1820.

El seminarista Juan Francisco Renard, nativo de Ars, le escribió a su madrina, la señorita de Ars, el 7 de mayo de 1820, dando por hecho el cambio. Le decía: “He sabido con tristeza y sorpresa que han perdido al santo cura. La providencia lo había dado a la parroquia para hacer florecer la piedad. Deseo que venga otro que mantenga ese fervor que reina en Ars”.

Pero, al conocer la noticia del cambio, la señorita de Ars, con su peso político, habló de estrangular al Vicario general, si no dejaba sin efecto el cambio. Una delegación de Ars con el alcalde a la cabeza fue también a hablar con el Vicario, que dejó todo como estaba.

Ese mismo año 1820, el pueblo de Ars vivió una gran fiesta por la primera misa del nuevo sacerdote Juan Francisco Renard, quien pudo escribir:

He tenido la felicidad de ser asistido por este santo ministro de Dios en nuestra primera misa. Cuando él estaba junto a mí en el altar, podía decir, como los discípulos de Emaús: Mi corazón está ardiendo dentro de mí… ¡Qué dulces lágrimas salían de mis ojos en aquel momento solemne! Tenía a mi lado al más piadoso de los sacerdotes y mi corazón rebosaba de alegría.

El santo cura quiso que la comida de ese día se hiciera en la casa cural y estuvo feliz de recibir allí a dos amigos del seminario que yo había invitado a la ceremonia. Aunque estaba en pleno tiempo de austeridad, él tuvo una amabilidad encantadora e hizo servir carne, pollo y otros alimentos variados en el convite. Él mismo dejó su régimen severo y comió un poco de carne y hasta vino, pero en poca cantidad

Monseñor Courbon, vicario general, me dijo: “Dígale que se alimente un poco mejor. La diócesis quiere conservarlo. Hágale comprender que no se llega al cielo por hambre”. Y yo, habiéndoselo dicho de su parte, me respondió, sonriendo: “Monseñor Courbon es demasiado bueno al preocuparse de tan poca cosa como soy yo, pero dígale que ya me alimento demasiado bien”.

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Devoto de San Juan María Vianney, amante de la historia, la de la Iglesia y la de los santos. Soy nacido en Monterrey, donde hice mi apostolado y conocí y enamoré de Dios, y del cura de Ars.

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