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Mucha gente consideraba al padre Vianney como un santo y quería tener alguna reliquia suya. Por eso, le robaban los objetos más diversos, desde las velas del altar hasta cosas personales. Cuando se cortaba el cabello, tenía mucho cuidado en quemarlos para evitar que el barbero pudiera regalarlos. En una ocasión, le cortaron hasta trozos de su sotana. Viendo este afán por obtener recuerdos suyos como reliquias a toda costa, dijo un día con buen humor: Yo creía que convertía pecadores y resulta que fabrico ladrones
Retratos del cura de Ars había en los escaparates de las tiendas y en los cestos de los vendedores ambulantes. Los había de todas las clases y medidas, desde el pequeño grabado hasta el cuadro de vivos colores. Cada visitante quería llevarse el retrato del santo como recuerdo. Él llamaba a estos retratos suyos el Carnaval y decía frecuentemente: Ese soy yo, mirad qué cara de bruto y de ganso tengo esulta que fabrico ladrones
Un joven de quince años fue a confesarse, pero el padre Vianney le dijo: ¿No tienes más pecados? ¿Y aquellos cirios que robaste en la sacristía de san Vicente para adornar tus capillitas? el retrato del santo como recuerdo. Él llamaba a estos retratos suyos el Carnaval y decía frecuentemente: Ese soy yo, mirad qué cara de bruto y de ganso tengo esulta que fabrico ladrones
Un sacerdote le preguntó: Dígame cuál es su secreto para tener dinero. Yo tengo necesidad para mi iglesia. Le respondió: Mi secreto es darlo todo. Délo todo y tendrá dinero. Pero el otro le dijo: No me fío . Él llamaba a estos retratos suyos el Carnaval y decía frecuentemente: Ese soy yo, mirad qué cara de bruto y de ganso tengo esulta que fabrico ladrones
Cuando en 1843 estuvo gravemente enfermo y a punto de morir, el doctor Saunier pidió a tres médicos más que vinieran para ver qué podían hacer. El santo, al ver a los cuatro médicos reunidos junto a su cama, sin perder el sentido del humor, dijo:
- Estoy sosteniendo en este momento un gran combate.
- ¿Contra quien, señor cura?
Contra cuatro médicos. Si llega otro, me doy por muerto
Tomados de “El cura de Ars” de Francis Trochu.

