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	<title>San Juan María Vianney &#187; Simbelmynë!</title>
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	<description>El atractivo de un alma pura</description>
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		<title>Intentos de traslado jamás aceptados</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Jul 2010 08:47:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[De estos deseos y de estos gemidos, algunos llegaron al obispo de Belly, Mons. Devie, que se hacía el sordo, como ya mencioné anteriormente. Es notable el siguiente pasaje de una carta escrita en 1851. En ésta época, Mons. Devie, soñaba también con su propio retiro: &#8230;Monseñor, puesto que sois tan dichoso que trabajáis para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">De estos deseos y de estos gemidos, algunos llegaron al obispo de Belly, Mons. Devie, que se hacía el sordo, como ya mencioné anteriormente.</p>
<p style="text-align: justify;">Es notable el siguiente pasaje de una carta escrita en 1851. En ésta época, Mons. Devie, soñaba también con su propio retiro:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>&#8230;Monseñor, puesto que sois tan dichoso que trabajáis para retiraros y no pensar más que en el cielo, os ruego me concedáis el favor de procurarme la misma dicha&#8230; Si os vais sin concedérmelo, me moriré de tristeza.</p>
<p>Que vuestro corazón, Monseñor, me perdona todas las molestias que os he causado&#8230; Tengo gran confianza en que Vuestra Excelencia me concederá esta gracia que le pido. Bien sabéis que no soy más que un pobre ignorante. Este es el parecer de todo el mundo.</p>
<p>Firmado por: Juan-María Vianney, pobre cura de Ars</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">La carta no tuvo éxito. Monseñor Chalandon, ya obispo de Belley, sería que recibiría ésta carta:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>Monseñor, voy debilitándome día a día. He de pasar parte de la noche en una silla y he de levantarme tres o cuatro veces en una misma hora. Me desvanezco en el confersionario y me pierdo por espacio de dos o tres minutos&#8230;</p>
<p>A causa de mis achaques y de mis años, quiero decir adiós a Ars para siempre, Monseñor&#8230;</p>
<p>Firmado: Vianney, pobre y desgraciado sacerdote.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Las mismas peticiones se renovaban de viva voz en cada visita pastoral. Los días que la precedían, redoblaba sus mortificaciones, oraba, ayunaba (no sé qué más podía ayunar). <strong>En cuanto veía al prelado, se emocionaba con la esperanza de ver cumplir su petición tantas veces negada</strong>, ya que tanto Monseñor Devie como el Monseñor Chalandon, siempre expresaron su negativa a que se retirara.</p>
<p style="text-align: justify;">En 1857, tomó el obispado de Belley, el Monseñor Langalerie, y recibió también las mismas peticiones. San Juan María Vianney jamás se resignó y siguió pidiéndolo. Durante el último mes de su vida (que intentaré repasar en éstas semanas) aún hablaba de retirarse. <strong>He aquí un relato que Mons. Langalerie dijo en los funerales de nuestro cura</strong>:</p>
<blockquote style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">¡Oh, Monseñor!, me decía apenas hace quince días, quisiera pediros que me dejarais partir algún tiempo para llorar mis pecados. -Pero señor Cura, le replicaba yo, las lágrimas de los pecadores que Dios le envía, valen tanto como las suyas. No me hable más así, de lo contrario, no volveré a visitarle. Y todas mis palabras de afecto y de aliento no parecían convencerlo.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Pero con los años, sus amigos, tanto como Catalina Lassagne, el conde des Garets (alcalde de Ars), Rdo. Monnin y el hermano Atanasio, y más tarde, él mismo, <strong>se dieron cuenta, que ésto no era más que una tentación del demonio, una tentación para distraerle</strong> de su objetivo. Así lo cuenta el Rdo. Monnin:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">El cura de Ars reconocía que había algo de intemperancia en este deseo y que el demonio se servía del mismo para tentarle. Procuró mortificarse y resistor, pero toda la vida tuvo que luchar contra éstos impulsos&#8230;</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Su mejor amigo, <strong>el conde des Garets, el alcalde de Ars, tenía una teoría, o más bien tres, de éstas ansias de soledad</strong>:</p>
<ol>
<li>No quería la responsabilidad de una parroquia, se consideraba incompetente</li>
<li>Quería llorar lo que él llamaba, su pobre vida</li>
<li>Huir de tantas ocupaciones, y tener momentos de ocio, como él llamaba, cuando se dedicaba a la oración (como era mucho su trabajo, su hobbie, digamos, era orar, no tenía tiempo de orar lo que él quería)</li>
</ol>
<p style="text-align: justify;">Se convirtió en una tentación que le asediaba día y noche, más por las noches. <strong>&#8220;Cuando no puedo dormir, mi espíritu viaja, estoy en la Trapa, en la Cartuja, busco un rincón donde llorar mi pobre vida y hacer penitencia por mis pecados&#8221;</strong>. No sé porqué sus biógrafos o la cultura popular no dice que también ésto fue un ataque de Satanás, aparte de los que tuvo al llegar a Ars, ya que incluso en su lecho de muerte, tenía éstas ansias. Decía Catalina Lassagne, que como Satanás sabía lo que hacía por las almas, robándoselas, usaba santos pretextos para apartarlo de su obra.</p>
<p style="text-align: justify;">Un día Catalina Lassagne le escuchó decir ésto: <strong>&#8220;Dios me concede todo cuanto le pido, y muy pronto, salvo cuando pido algo para m</strong>í -es que lo que usted le pide a Dios es que lo saque de Ars, y ésto Dios no lo quiere- No le respondió nada. San Juan María Vianney, alguna vez, dijo que más que una tentación de Satanás, era una prueba de Dios para sacrificar su gusto, por la obediencia y su placer, por el deber. Pero sus deseos de apostolado y de convertir a las almas. He aquí lo que relata el hermano Atanasio:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Si hubiera habido de persuadir de una vez para siempre, de que estaba hecho para éste ministerio: cuando no había tanta afluencia, parecía estar triste y hacía novenas para que viniesen las multitudes. Y una vez que llegaban, y le aconsejábamos que descansara, replicaba &#8220;¡Cuán mal estaría hacer aguardar a estas pobres gentes que vienen de tan lejos y pasan las noches esperando turno para confesarse! Sería necesario que Dios me concediese la facultad que otorgó a ciertos santos de poder estar a la vez en muchas partes&#8230; <strong>Si ya tuviese  un pie en el Cielo y me dijesen que volviese a la tierra para trabajar en la conversión de un pecador, con gusto volvería. Y si para ésto fuera menester estar aquí hasta el fin del mundo, levantarme a media noche y sufrir lo que ahora sufro, aceptaría de todo corazón.</strong></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Pero un día, confesando a un seminarista Lionés, le preguntó si ya había recibido las órdenes sagradas: &#8220;Sí, ya soy diácono, y no he de aguardar tres meses para ser sacerdote. -¡Oh, hijo mío, no hables así, si<strong>! ¡Siempre es demasiado pronto cuando llega el sacerdocio!</strong>&#8221; Y sin embargo, le dijo que &#8220;a<strong>pacentar el rebaño de Cristo es obra de amor</strong>, y el verdadero tesoro de la Iglesia&#8221;.</p>
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		<title>Sus ansias de soledad</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Jul 2010 10:27:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Al ver al Cura de Ars sonriente y solicito entre la turba de peregrinos, nadie fuera de sus familiares, hubiera sospechado que le perseguía sin cesar el deseo de la soledad, y de momento, parecería inverosímil esta afirmación de Catalina Lassagne: &#8220;Estuvo en la parroquia por espacio de 41 años, siempre contra su voluntad&#8221;, &#8220;desde [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Al ver al Cura de Ars sonriente y solicito entre la turba de peregrinos, nadie fuera de sus familiares, hubiera sospechado que le perseguía sin cesar el deseo de la soledad, y de momento, parecería inverosímil esta afirmación de Catalina Lassagne: &#8220;Estuvo en la parroquia por espacio de 41 años, siempre contra su voluntad&#8221;, &#8220;desde los once años de edad, le comentaba al conde des Garets, alcalde de Ars, la gracia de poder vivir en la soledad&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Este deseo se lo había inspirado desde la infancia su gusto por la oración: había conocido desde joven que el silencio y el recogimiento favorecen los impulsos del alma hacia Dios. Cuando llegó al sacerdocio, un nuevo motivo se añadió: &#8216;Ignorante e incapaz como él se creía, ¿no había tentado al cielo con aceptar la cura de almas?&#8217; Y decía: &#8216;No es el trabajo lo que cuesta; es la cuenta que hay de dar de la vida de párroco&#8217;. Y, realmente, ésto permaneció hasta que murió. En 1858 (a los 72 años de edad) durante una misión que el Rdo. Descôtes predicaba en su parroquia, se acercó con cierto aire de regocijo al púlpito. &#8220;¡Oh, le dijo, esta vez sí que nos convertirá! -En cuanto a usted, señor Cura, replicó el misionero, no hay que temer nada. Yo respondo de ello.- Ah, amigo mío, suspiró el Santo, tomando de repente una expresión grave, usted no sabe lo que es pasar de una parroquia al tribunal de Dios&#8221;. (Relatado por el mismo misionero en 1860)</p>
<p style="text-align: justify;">Cuenta Catalina Lassagne, que en 1827, apenas dos años de haber llegado a Ars, estaba haciendo gestiones en la Curia para pedir el traslado de parroquia, sobre todo por las calumnias recibidas por sus mismos compañeros sacerdotes. Un secreto también le agobiaba: su excelencia le ofrecía la parroquia de Fareins; él duda, ya que su deseo no había sido atendido y preferirá quedarse en su humilde aldea, pensando que tal vez luego, pueda tener la soledad que tanto añoraba.</p>
<p style="text-align: justify;">En 1830, cuando ya las multitudes le envolvían, sus sentimientos eran los mismos, pero sus deseos eran mucho más intensos. Su vecino de Chaleins, el Rdo. Mermod, acude a él para recibir consejos de vida perfecta: &#8220;Conviene no ser párroco durante toda la vida, le dice nuestro santo, pues es necesario reservarse algún tiempo para prepararse a morir&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">25 años depsués, el canónigo Camelet, superior de los misioneros de Pon-d&#8217;Ain, recibirá semejantes confidencias: &#8220;Yo no quisiera morir párroco, porque no conozco ningún santo que haya muerto con éste cargo. Desearía poder disponer de dos años para llorar mi pobre vida&#8230;¡Oh, me parece que entonces amaría de veras al buen Dios!&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">De éstos deseos y de éstos gemidos llegaron alguna vez los ecos al obispo de Belly-Ars, Mons. Devie, que se hacía el sordo. Pero la persistencia de Juan María Vianney en solicitar su <em>exeat </em>demuestra que no perdió la esperanza en ser escuchado, que según los que le conocen, no era un esperanza, sino una necesidad.</p>
<p style="text-align: justify;">El miércoles, colocaré las cartas y relatos de los más intensos intentos de traslado de San Juan María Vianney.</p>
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		<title>Homilía: deberes de los padres hacia los hijos</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Jul 2010 11:05:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¿Podremos hallar un ejemplo mejor para dar a entender a los cabezas de familia que no pueden trabajar eficazmente en la salvación propia sin trabajar también en la de sus hijos? En vano los padres y madres emplearan sus días en la penitencia, en llorar sus pecados, en repartir sus bienes a los pobres; si [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">¿Podremos hallar un ejemplo mejor para dar a entender a los cabezas de familia que no pueden trabajar eficazmente en la salvación propia sin trabajar también en la de sus hijos? En vano los padres y madres emplearan sus días en la penitencia, en llorar sus pecados, en repartir sus bienes a los pobres; si tienen la desgracia de descuidar la salvación de sus hijos, todo está perdido. ¿Dudáis de ello? Abrid la Escritura, y allí veréis que, cuando los padres fueron santos, también lo fueron los hijos. Cuando el Señor alaba a los padres o madres que se distinguieron por su fe y piedad, jamás se olvida de hacernos saber que los hijos y los servidores siguieron también sus huellas. ¿Quiere el Espíritu Santo hacernos el elogio de Abraham y de Sara?, pues tampoco se olvida de hablarnos de la inocencia de Isaac y de su fiel siervo Elezer (Gen., XXIV.). Y si pone ante nuestra consideración las raras virtudes de la madre de Samuel, pondera al mismo tiempo las bellas cualidades de este digno hijo (1Reg., I y II.). Cuando quiere ponernos de manifiesto la inocencia de Zacarias y Elisabet, en seguida nos habla de Juan Bautista, el santo precursor del Salvador (Luc., I.). Si el Señor quiere presentarnos a la madre de los Macabeos como una madre digna de sus hijos, nos manifiesta al mismo tiempo el ánimo y la generosidad de estos, quienes con tanta alegría dan su vida por el Señor (II Mach., VII.). Cuando San Pedro nos habla del centurión Cornelio como de un modelo de virtud, nos dice al mismo tiempo que su familia toda servia con él al Señor (Act., X, 2.). Cuando el Evangelio nos habla de aquel otro oficial que acudió a Jesucristo para pedirle la curación de su hijo, nos dice que, una vez alcanzada, no se dio punto de reposo hasta que toda su familia le acompañó en seguimiento del Señor (Ioan., IV, 33.). ¡Bellos ejemplos para los padres y madres! ¡Dios mío!, si los padres y madres de nuestros días tuviesen la suerte de ser santos. ¡Cuanto mayor numero de hijos tendrían entrada en el cielo! ¡Cuantos hijos de menos para el infierno!</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, me diréis tal vez, ¿qué debemos hacer para cumplir nuestros deberes, pues son ellos tan grandes y temibles?</p>
<p style="text-align: justify;">-Vedlos aquí instruir a los hijos, esto es, enseñarles a conocer a Dios y a cumplir sus deberes; corregirlos cristianamente, darles buen ejemplo, dirigirlos por el camino que conduce al cielo, siguiéndolo también vosotros mismos. ¡Ay!, mucho me temo que esta plática no sea para vosotros, como tantas otras, un nuevo motivo de condenación. El intento de mostraros la magnitud y extensión de vuestros deberes, es semejante al de querer bajar a un abismo sin fondo, o al de querer desentrañar una verdad que al hombre le es imposible conocer en todo su alcance. Para lograr este mi objeto, seria preciso haceros comprender lo que valen las almas de vuestros hijos, lo que Jesucristo sufrió para ganarles el cielo, la terrible cuenta que por su causa habréis de rendir un día a Dios Nuestro Señor, los bienes eternos que les hacéis perder, los tormentos que para la otra vida les preparáis. ¡ Ah !, padres desgraciados, si amaseis a vuestros hijos como los ama el demonio Aunque debiese él estar tres mil años tentándolos, si al cabo de ese tiempo pudiese tenerlos por suyos, daría por muy bien empleados todos sus trabajos. Lloremos la pérdida de tantas almas, a las cuales sus padres están todos los días precipitando al infierno.</p>
<p style="text-align: justify;">Os hablaré, pues, ligeramente de vuestras obligaciones, y, si no habéis aún perdido enteramente la fe, vais a ver lo que Dios exige de vosotros en favor de vuestros hijos. Cuántos casados van a verse privados del cielo! — ¿Y por qué?, me dirás.</p>
<p style="text-align: justify;">Por lo que te voy a decir, amigo. Porque son muchos los que entran en el estado del matrimonio sin las disposiciones debidas, con lo cual profanan el sacramento desde sus principios. Sí, ¿dónde están los que reciben dicho sacramento con la preparación conveniente? Unos entran en el matrimonio sólo con el pensamiento de satisfacer sus impuros deseos; otros sólo por miras interesadas, o bien atraídos por la seducción de la belleza; más casi nadie se propone como único objeto a Dios. ¡Ay! Cuántos matrimonios profanados, cuán escasas las uniones donde reine la paz y la virtud. ¡Dios mío! ¡Cuántos casados van a condenarse! Mas no entremos ahora en detalles; hablemos solamente de los deberes de los padres para con sus hijos: son tan extensos, que ellos solos nos van a proporcionar asunto para esta platica.</p>
<p style="text-align: justify;">Nada diremos hoy de esos padres y madres cuyo negro y horrendo crimen podría pintaros con trazos duros v enérgicos. Son los que, antes que el mismo Dios, fijan el número de sus hijos, ponen límites a los designios de la divina Providencia, v se oponen a su adorable voluntad. Cubramos con un velo todas esas torpezas, pues Aquel que todo lo ve, todo lo cuenta y todo lo mide, sabrá bien descorrerlo en el gran día de las venganzas. Tus crímenes están por ahora ocultos, amigo mío; mas aguarda unos días, que Dios sabrá muy bien manifestarlos ante el universo entero. Sí, en el día del juicio veremos los horrores que en el matrimonio cometieron, los cuales hubieran hecho temblar a los mismos paganos.</p>
<p style="text-align: justify;">Nada diremos tampoco de esas madres criminales que verían sin pena, ¡ay!, y tal vez con gusto, perecer a sus pobres hijos, antes de darlos a la luz v procurarles la gracia del santo Bautismo: unas, por temor de las penalidades que experimentarán al educarlos; otras, por miedo al desprecio y desvío de un marido brutal y privado de razón; y ya no digo falto de religión, pues los paganos no llegarían a tanto. ¡Dios mío!, es posible que tales crímenes se cometan entre cristianos? Y, no obstante, su número no es escaso! Repitámoslo: ¡Cuantos casados se condenaran! ¿Es que acaso os ha dado Dios un conocimiento y unas facultades superiores a las de las bestias solo para que le infiráis mayores ultrajes? ¿Habrán de servirnos de ejemplo tal vez las aves que pueblan los aires y las fieras que se ocultan en la selva? Mirad cuanta alegría manifiestan esos pobres animales al ver multiplicada su prole; durante el día se ocupan en proporcionar alimento a sus pequeñuelos, y por la noche los cobijan en sus nidos para librarlos de las inclemencias de la intemperie. Si una mano alevosa les arrebata sus hijuelos, los oiréis llorar a su manera; no saben apartarse de su nido, siempre con la esperanza de recobrar sus crías. ¡Qué vergüenza ver que, no ya los paganos, sino hasta los mismos cristianos, hijos de Dios, sean menos fieles en cumplir los designios de la Providencia que las mismas bestias; ¡esos padres y madres a quienes Dios no escogió sino para poblar el cielo! No, no pasemos adelante, dejemos tan asqueroso asunto; entremos en otros puntos que interesaran a mayor numero de los que me escuchan.</p>
<p style="text-align: justify;">Os hablaré con la mayor sencillez posible, a fin de que podáis comprender claramente vuestros deberes y, por ende, cumplirlos.</p>
<p style="text-align: justify;">Digo: 1:° Que, desde el momento en que una madre queda encinta, debe orar especialmente, o dar alguna limosna; y si le es posible, será mejor aun hacer celebrar una Misa para implorar de la Santísima Virgen que la acoja bajo su protección, a fin de que alcance de su divino Hijo que aquel pobre niño no muera antes de recibir el Santo Bautismo. La madre que tenga verdaderos sentimientos religiosos, se dirá a si misma</p>
<p style="text-align: justify;">«¡Ay!, Si tuviese la dicha de ver a este pobre hijo mío convertido en un Santo, contemplarle a mi lado durante toda la eternidad, cantando alabanzas a Dios, ¡cuanta seria mi alegría!». Más no son estos los pensamientos en que se ocupan las madres encintas; unas se sienten apesadumbradas al verse en aquel estado, otras tal vez hasta habrán alimentado el deseo de destruir el fruto que llevan en su seno. ¡Dios mío!, ¿es posible que el corazón de una madre cristiana sea capaz de concebir un crimen tal? Y, sin embargo, ¡cuantas veremos en el día del juicio, que habrán acariciado esos pensamientos de homicidio!</p>
<p style="text-align: justify;">2.° Digo que la madre que está encinta y quiere conservar a su hijo para el cielo, debe evitar dos cosa: la primera es el llevan cargas demasiado pesadas, lo cual podría dañar al hijo y causar su muerte. Lo segundo es tomar ciertos remedios y bebidas que podrían perjudicar al hijo, y dejarse llevar de violentos arrebatos de ira, los cuales podrían ahogarle. Los maridos deben resignarse a lo que tal vez no se resignarían en otro tiempo; si no quieren hacerlo por la madre, háganlo por el pobre hijo, el cual está en peligro de morir sin recibir la gracia del Bautismo: y ¡ello sería la mayor de todas las desgracias!</p>
<p style="text-align: justify;">3.° En cuanto la madre conoce acercarse la hora del alumbramiento, debe ira confesarse, y ello por varias razones. La primera es porque muchas mueren del parto y, por consiguiente, si tuviese la desgracia de estar en pecado, se condenaría. La segunda es porque, hallándose en estado de gracia, todos sus sufrimientos v dolores serán meritorios para el cielo. La tercera es porque así Dios no dejará de concederle cuantas bendiciones desee para su hijo. La madre, al dar a luz, debe siempre conservar el pudor y la modestia en cuanto eso sea posible en tal estado, no perdiendo jamás de vista que se halla en la presencia de Dios y en compañía de su ángel de la guarda. No debe nunca, sin permiso, comer carne los días prohibidos, lo cual atraería la maldición de Dios sobre sí misma y sobre el hijo.</p>
<p style="text-align: justify;">4.° No dejéis pasar más de veinticuatro horas sin bautizar a los hijos ; si no lo hacéis, sin que razones serias para ello lo justifiquen, sois culpables. Al escoger el padrino y la madrina, buscad siempre a personas virtuosas en cuanto os sea posible; y la razón es ésta: cuantas oraciones y buenas obras practiquen los padrinos, en fuerza del parentesco espiritual alcanzarán para vuestros hijos gran copia de gracias celestiales. No nos quepa duda alguna de que en el día del Juicio veremos a muchos que deberán su salvación a las oraciones, buenos consejos y buenos ejemplos de sus padrinos y madrinas. Otra razón os obliga también a ello, y es que, si tenéis la desgracia de fallecer, ellos son los que han de ocupar vuestro lugar para vuestros hijos. Así, pues, si tuvieseis la desgracia de escoger padrinos sin religión, no harían otra cosa que encaminar a vuestros hijos hacia el infierno.</p>
<p style="text-align: justify;">Padres v madres, jamás debéis dejar que vuestros hijos pierdan el fruto del Bautismo; ¡cuán ciegos y crueles seríais! La Iglesia acaba de salvarlos mediante el Bautismo, y ¿vosotros, con vuestra negligencia, los restituiríais al demonio? ¡Pobres hijos!, en qué manos tuvisteis la desgracia de caer! Mas, al trotar de los padrinos, no debemos olvidar que, para responder de un niño, deben estar suficientemente instruidos en la religión, para el caso de que tengan que instruir al ahijado, por faltarle su padre y su madre. Además, es necesario que sean buenos cristianos, y hasta cristianos perfectos; pues deben servir de ejemplo a sus hijos espirituales. Así, no está bien que sirvan de padrinos los que no cumplen el precepto pascual, los que contrajeron un mal hábito y no quieren dejarlo, los que andan por las salas de baile y frecuentan las tabernas; pues los tales, a cada pregunta del sacerdote, pronuncian un falso juramento: cosa grave, como podéis suponer, en presencia del mismo Jesucristo y al pie de las sagradas fuentes del Bautismo. Si no os reconocéis en condiciones de apadrinar cristianamente, debéis renunciar el cargo; y si no lo hicisteis así alguna vez, debéis confesaros de ello, proponiendo no recaer en tal pecado.</p>
<p style="text-align: justify;">5.° No debéis tener en vuestra cama a los hijos menores de dos años. — Pero, me diréis, es que a veces hace mucho frío, o estamos muy cansados. Mas no hay en todo esto razón alguna que pueda excusaros delante de Dios. Además, cuando os casasteis, muy bien sabíais que estaríais obligados a cumplir las cargas y deberes de dicho estado. Padres v madres hay tan faltos de instrucción religiosa, o tan poco celosos de sus deberes, que llegan a admitir en su cama a hijos de quince y dieciocho años, y hasta a veces a hermanos y hermanas juntos. Dios mío!, ¡en qué estado de ignorancia se hallan tales padres y madres! Mas vuelvo al asunto, y os digo que cuantas veces acostáis a vuestros hijos menores de dos años en vuestra propia cama, ofendéis a Dios. ¡Cuántas madres hallaron ahogado al hijo por la mañana! Y aunque Dios os haya preservado de ella, no sois menos culpables que si hubieseis ahogado a vuestros hijos cuantas veces los habéis acostado junto a vosotros en la cama. -Pero, me diréis, cuando están bautizados ya no se pierden; antes al contrario, van al cielo. Es indudable que ellos no se pierden, mas os perderéis vosotros; y además, ¿sabéis por ventura a qué destinaba Dios a tales niños? Tal vez ese hijo habría sido un santo sacerdote. Habría llevado muchas almas a Dios; al celebrar todos los días la santa Misa, habría dado más gloria a Dios que todos los ángeles v santos juntos en el cielo; habría sacado más almas del purgatorio que las lágrimas y las penitencias de todos los solitarios reunidos ante el tribunal de Dios. ¿Comprendéis ahora la trascendencia de dejar morir a un niño, aunque esté bautizado? Si la madre de San Francisco Javier, aquel gran santo que tantos idólatras convirtió, lo hubiese dejado perecer, ¡ay!, cuantas almas en el infierno le echarían en cara, en el día del Juicio, el haber sido la causa de su desgracia, pues aquel niño estaba destinado a convertirlas! Dejáis perecer a esa hija que tal vez se hubiera consagrado a Dios; con sus oraciones y buenos ejemplos hubiera llevado muchas almas al cielo. Tal vez hubiera sido madre de familia, y habría educado santamente a sus hijos, los cuales a su vez hubieran educado a otros, y así la religión se hubiera mantenido y conservado en numerosas generaciones. No dais grande importancia a la perdida de un niño, alegando como pretexto el estar va bautizado ; más aguardad el día del juicio y entonces veréis y tendréis que reconocer lo que no habéis sabido nunca comprender en este mundo. Si los padres y las madres reflexionasen a menudo sobre esto, cuantas más mamas habría en el cielo.</p>
<p style="text-align: justify;">6.° Digo que los padres se hacen muy culpables acariciando a sus hijos de una manera inconveniente.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero, me diréis, ningún mal cometemos; es solo para acariciarlos.<br />
- Más yo os contestare que ofendéis a Dios, y atraéis la maldición sobre aquellos pobres niños.<br />
7.° Hay madres tan faltas de religión, o si queréis, tan ignorantes, que, para mostrar a una vecina la robustez de sus hijos, los desnudan por entero; otras, para vestirlos, los dejan al descubierto ante cualquiera clase de gente. Pues bien, esto no deberíais hacerlo, aunque no lo viese nadie. ¿Por ventura no debéis respetar la presencia de su Ángel de la guarda? Lo mismo debo deciros respecto a la forma de darles el pecho. ¿Puede una madre cristiana dejar sus senos al descubierto?, y aunque los cubra, ¿no debe también volverse hacia el lado donde nadie la vea?<br />
Otras, con el pretexto de que están criando, se presentan constantemente solo medio cubiertas: ¡que abominación!, ¿no es esto para hacer ruborizar a los paganos? A fin de no exponerse a miradas pecaminosas, se ve uno obligado a huir de su compañía. ¡Que horror!<br />
- Pero, me diréis, aunque haya otra gente, bien debemos alimentar y vestir a nuestros pequeñuelos cuando lloran.<br />
- Más yo os contestare que, cuando lloran, ciertamente que debéis hacer todo lo posible para que callen; pero vale más dejarlos llorar un poco que ofender a Dios. ¡Cuantas madres son causa de malas miradas, de malos pensamientos, de tocamientos deshonestos! Decidme, ¿estas son aquellas madres cristianas que tan reservadas deberían aparecer? ¡Dios mío!, ¿qué juicio se les espera? Otras son tan crueles que, en verano, dejan correr toda la mañana a sus hijos solo a medio vestir. Decidme, infelices, ¿no estaríais mejor entre las bestias salvajes? ¿Donde esta vuestra religión y el celo por el cumplimiento de vuestros deberes? ¡Ay!, religión, apenas si tenéis, y vuestros deberes jamás los conocisteis. Todos los días lo estáis dando a entender. Pobres hijos, ¡cuan desgraciados los que pertenecéis a tales padres!</p>
<p style="text-align: justify;">8.° Digo también que debéis vigilar a vuestros hijos cuando los enviáis al campo; entonces, lejos de vuestra presencia, se entregan a cuanto el demonio les inspira. Me atrevería a deciros que cometen toda suerte de deshonestidades, y que emplean a veces la mitad del día en cometer actos abominables. Ya se yo que la mayor parte ignoran el mal que hacen; más aguardad a que tengan conocimiento. No se olvidara el demonio de excitarles el recuerdo de lo que hicieron en otros tiempos, a fin de hacerlos consentir en el pecado. ¿Sabéis de lo que es causa vuestra negligencia o ignorancia? Vedlo aquí tenedlo muy presente. Muchos de los niños que enviáis al campo cometen sacrilegio en su primera comunión; contrajeron hábitos vergonzosos: y o no se atreven a declararlos, o no se han enmendado de ellos. Entonces, si un sacerdote quiere evitar su condenación, se resiste a absolverlos; y sus padres se lo echarían en cara y se quejarán diciendo: Lo ha hecho porque se trata de mi hijo. Vamos, miserables, vigilad con mayor diligencia a vuestros hijos, y no serán despedidos del santo tribunal. Si, no lo dudéis, muchos de vuestros hijos comenzaron su reprobación en aquellos tiempos en que se iban al campo.</p>
<p style="text-align: justify;">- Pero, me diréis, no podemos irles continuamente a la zaga, otras ocupaciones tenemos.<br />
- No me meto yo con eso; más lo que os digo es que deberéis dar cuenta de sus almas como si fuesen la vuestra propia.<br />
- Más no dejamos de hacer cuanto esta en nuestra mano.<br />
-Yo no sé si hacéis cuanto podéis o no ; más lo que me consta es que, si vuestros hijos se condenan por vuestra causa, os condenareis también vosotros; esto es lo que yo se y nada más. En vano me objetareis que voy en esto demasiado lejos; los que no hayan perdido enteramente su fe habrán de convenir en que es así, tal como digo.</p>
<p style="text-align: justify;">9.° Debéis evitar que vuestras hijas o vuestras criadas duerman en habitaciones donde por la mañana hayan de entrar los mozos o criadas en busca de forrajes, patatas, etcetera. Hay que hacer constar, para vergüenza de padres y dueños, que no faltan pobres hijas o criadas que se ven obligadas a levantarse y a vestirse delante de gente relajada y sin religión. Muchas veces las camas de esas pobres niñas, ni tan solo están protegidas por cortinas ni pabellones.</p>
<p style="text-align: justify;">- Pero, me diréis, muy costoso nos seria practicar todo esto.<br />
- Costoso o no, esto es lo que debéis hacer; y si no, por ello serás juzgado y recibirás el correspondiente castigo. Tampoco debéis tener a los hijos en vuestro cuanto, en cuanto lleguen a la edad de siete u ocho años. ¡Ay, que no vais a daros cuenta del mal que hacéis pasta que Dios os llame a juicio!</p>
<p style="text-align: justify;">Acabáis de ver como vuestros hijos, aunque pequeños, os han hecho cometer ya muchas faltas; más ahora veréis como, al ser mayores, serán causa de muchísimas otras, muy graves y muy funestas para ellos y para vosotros. Habréis de convenir conmigo en que, a medida que vuestros hijos van creciendo, debéis redoblar vuestras oraciones y cuidados, pues los peligros son mayores y las tentaciones aumentan. Mas, decidme, ¿es esto lo que hacéis? Desgraciadamente, no. Mientras vuestros hijos eran pequeños, procurabais hablarles de Dios, y los acostumbrabais a rezar las oraciones; vigilabais su comportamiento, les preguntabais si habían ido a confesarse, si habían asistido a la santa Misa; cuidabais de que acudiesen al catecismo. Mas, en cuanto llegaron a los dieciocho o veinte años, lejos de mantenerlos en el amor y temor de Dios, de pintarles la felicidad de los que le sirven en esta vida, el pesar que sentiremos al morir y vernos perdidos; ¡ay!, esos pobres hijos se os presentan llenos de vicios, habiendo quebrantado ya mil veces los divinos preceptor sin conocerlos; su corazón esta lleno de las cosas terrenas y vacío de las cosas de Dios. Y solo le habláis del mundo. Si se trata de una madre, comenzara a recordar a su hija que fulana se ha casado ya con aquel joven; que halló buen partido; que ojalá le cupiese a ella la misma suerte. Aquella madre solo tendrá en la cabeza a su hija, esto es, hará todos los posibles para que brille en el mundo. La llenará de cosas vanas y frívolas, quizá hasta contraer deudas: la enseñará a andar erguida, diciéndole que anda toda encorvada, y ofrece mal aspecto. ¡Os extraña que existan madres tan ciegas! Cuanto abundan eras infelices que solo procuran la perdición de sus hijas. Otras veces, al verlas salir por la mañana, antes cuidan de mirar si llevan el tocado arreglado, la cara y las manos limpias, que de preguntarles si ofrecieron a Dios su corazón, si rezaron las oraciones de la mañana y si consagraron el día al Señor: de esto ni se habla. Otras veces les dirán que no han de ser ariscas, que deben ser afables con todo el mundo; que han de pensar en adquirir muchas relaciones, para así establecerse con mar facilidad. ¡Cuantos padres o madres, en su ceguera, dicen a sus hijas: Si te portas bien, si haces con diligencia esto que te mando, te permitiré ir a la feria de Montmerle, o a tal o cual fiesta mayor: es decir, si haces siempre lo que yo quiero, te arrastrare hacia el infierno! ¡Dios mío!, ¡así hablan los padres cristianos, cuando debieran orar noche y día por sus hijos, a fin de que Dios les inspirase un grande horror a los placeres, y un grande amor para Él, a fin de salvar su alma! Y lo más triste es lo que sucede con aquellas hijas que por su propio impulso se resisten a salir de casa: entonces son sus padres los que las incitan, diciendo: Si permaneces siempre en casa, mucho tardaras en casarte, nadie lo sabrá en el mundo. ¿Quieres, madre infeliz, que tu hija adquiera relaciones?, no te preocupes, ya las adquirirá, sin que debas inquietarte mucho; deja que pase algún tiempo, y veras las relaciones que adquirió.</p>
<p style="text-align: justify;">La hija, cuyo corazón tal vez no está tan corrompido como el de la madre, dirá: «Como mandéis; pero esto el Señor cura no lo quiere; nos dice que esto atrae la maldición de Dios sobre los matrimonios; por mi gusto no iría al baile, ¿que os parece, madre?». &#8212; «Dios mío, cuan tonta eres, hija mía, al hacer caso del cura; oficio suyo es darnos advertencias; con ello se gana la vida, más una toma lo que quiere y deja lo otro para los demás». &#8211; «¿Pero podremos así cumplir el precepto pascual?» &#8211; «¡Ah!, pobre niña, si no nos quiere absolver, iremos a otro; lo que uno no quiere siempre se halla otro que lo acepta. Eso si, ten juicio, hija mía; vuelve temprano; pero diviértete ahora que tienes edad par a ello». En otra ocasión será una vecina que diga: «Concedéis demasiada libertad a vuestra hija, un día os dará un disgusto». &#8211; «¡Mi hija !, contestara, ah, no, estoy muy tranquila en cuanto a esto. Además, le he recomendado mucha prudencia, y ella me ha prometido seguir mis consejos; cónstame de cierto que solo se trata con personas decentes.» Aguarda un poco, madre ciega, y verás el fruto de su prudencia. Al divulgarse el crimen, será gran tema de escándalo para la parroquia, y llenara de deshonra y oprobio a toda la familia; más, aunque no se divulgue, ni se descubra nada, tu hija llevara bajo el velo del matrimonio un corazón y un alma corrompidos por las impurezas a que se entrego antes de casarse, las cuales serán fuente de maldición para toda su vida.</p>
<p style="text-align: justify;">- Pero, dirá la madre, al darse cuenta de que se propasa, ya la advertiré para que se detenga; le privare el salir, o, en todo caso, ¡con el bastón la haré volver!</p>
<p style="text-align: justify;">- No la permitirás salir en adelante; propósito inútil, ya se arreglara ella sin tu permiso, y si haces ademán de negárselo, también sabrá insultarte, burlarse de ti y marcharse. Tu la habrás empujado, más no serás quien la detenga. Al ver esto, tal vez te eches a llorar, más ¿de que servirán tus lágrimas?, de nada, si no es recordarte el engaño de que has sido victima, y que hubieras debido ser mas prudente y dirigir mejor a tus hijos. Si dudas de lo que te digo, escúchame un momento, y, a pesar de la dureza de tu corazón con el alma de tus hijos, podrás ver como solo el primer paso es el difícil; una vez los dejaste extraviar, pierdes sobre ellos todo señorío, y ellos las más de las veces acaban de la manera más desastrosa.</p>
<p style="text-align: justify;">Refiérese en la historia que un padre tenía un hijo del cual recibía toda suerte de consuelos; era juicioso, obediente, reservado, en fin, un modelo que edificaba a toda la parroquia. Un día hubo unos festejos en un lugar vecino, y el padre le dijo: «Hijo mío, tu no sales nunca, vete un momento a divertirte con tus amigos, todos son personas decentes, no estarás con malas compañías». Y el hijo contesto: «Padre mío, mi mayor placer, mi mayor recreo, es estar en vuestra compañía». Ved aquí una excelente respuesta para tu hijo: preferir la compañía del padre a todos los placeres y a todas las compañías. «Hijo mío, le dijo aquel padre ciego, si esto es así, iré yo también contigo».Y padre e hijo partieron. La segunda vez que ocurrió un caso semejante, el hijo no necesito ya tantas instancias para decidirse; la tercera partió solo; ya no necesitaba a su padre; al contrario, aquel comenzaba a estorbarle; sin necesidad de nadie sabia hallar perfectamente el camino. Su pensamiento no se ocupaba en otra cosa que en las músicas que oyó y en las personas con quienes habló. Acabó por dejar aquellas practicas religiosas que se había impuesto cuando estaba entregado del todo a Dios; trabó relaciones con una joven mucho peor que el. El vecindario comenzó a hablar del joven como de un novel libertino. En cuanto su padre se dio cuenta de ello, quiso interponerse en su carrera y le prohibió salir para cualquier lugar sin su permiso; más ya no encontró en el hijo aquella antigua sumisión. ¡Nada pudo detenerle; burlabase de su padre, diciéndole que, porque ahora no podía el ya divertirse, quería también impedírselo a los demás. El padre, desesperado al ver que la cosa no tenia remedio, mesabase los cabellos. La madre, que apreciaba mejor que su marido los daños de aquellas malas compañías, muchas veces le había advertido el peligro, diciéndole que otro día se arrepentiría; más era ya demasiado tarde. Un día, al volver el hijo de sus correrías, el padre le pegó. El hijo, al verse aborrecido de sus padres, sentó plaza en el ejercito, y, al cabo de algún tiempo, recibieron en su casa una carta en la que se les notificaba que aquel hijo había perecido aplastado a los pies de los caballos. ¡Ay!, ¿donde fue a parar aquel pobre joven? Dios quiera que no fuese al infierno. Sin embargo, si se condenó, lo cual parece probable según todas las apariencias, su padre fue el verdadero causante de su perdición. Y aunque el padre se abandonase a la penitencia, todas las lágrimas y todas las mortificaciones serian incapaces de sacar al pobre hijo de aquel lugar de tormento. ¡Ah!, ¡desgraciados padres los que arrojáis vuestros hijos a las eternas llamas!</p>
<p style="text-align: justify;">Os parecerá todo esto un poco extraordinario; no obstante, examinando de cerca la conducta de muchos padres, veremos que esto es lo que hacen a todas horas. Si aun dudáis de lo que os digo, investiguémoslo más de cerca. ¿No es cierto que todos los días os quejáis de vuestros hijos? ¿Que os lamentáis de que no os quieren obedecer?, lo cual es verdad. Es que os olvidáis tal vez del día que dijisteis a vuestro hijo o a vuestra hija: Si quieres ir a la feria de Montmerle, o al sarao de la taberna, no tengo en ello inconveniente; vuelve empero temprano. Y el hijo os contestaría tal vez que estaba dispuesto a hacer vuestra voluntad.</p>
<p style="text-align: justify;">-Vamos, que no sales nunca, bien lo mereces unas horas de placer.<br />
-Al principio no le denegáis el permiso. Pero mas adelante, no tendréis ya necesidad de empujarle, ni aun de darle licencia. Entonces os quejareis porque sale sin deciros nada. Vuelve atrás tu mirada, madre infeliz, y te acordaras de que ya le diste el permiso una vez por todas. Haceos cargo de lo que ha de suceder cuando le dais libertad para ir a todos aquellos lugares donde su cabeza destornillada le conduzca. Queréis que vuestra hija adquiera relaciones para casarse. En efecto, a fuerza de correrías, adquirirá muchas relaciones, y, multiplicara sus crímenes. Y ellos constituirán como una montaña de pecados que impedirán que la bendición de Dios se derrame sobre estos jóvenes cuando entren en el matrimonio. ¡Ay!, ¡tales personas están ya malditas de Dios! Mientras el sacerdote levanta su mano para bendecírlas, Dios, desde lo alto, lanza la maldición sobre sus cabezas. De ahí para tales infelices una espantosa fuente de desgracias. Aquel nuevo sacrilegio, añadido a los demás, le arranca la fe para siempre. Una vez entraron en el estado de matrimonio, en el cual piensan ser ya todo permitido, su vida no es para ellos otra cosa que un abismo de corrupción, capaz de pacer estremecer al infierno, si lo presenciase. Pero, ¡ay!, todo esto dura poco tiempo. No tardan en llegar la tristeza, el odio, las riñas, los malos tratos de una o de otra parte entre los esposos.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasados unos cinco o seis meses de matrimonio, vera el padre llegar a su hijo enfurecido y desesperado, maldiciendo al padre, a la madre, a la mujer, y quizá hasta a los que negociaron el casamiento. Su padre, extrañado, le preguntara que le pasa: «Soy un desgraciado. ¡Ojala me hubieseis aplastado al nacer, ojala me hubieseis envenenado antes de casarme!<br />
- Pero, hijo mío, le dirá su padre todo contrariado, has de tener paciencia. Quizá te dueles de un mal que será pasajero.<br />
- No me habléis, que, si cediese a mis impulsos, seria capaz de dispararme un tiro o arrojarme al río: tanto me fastidia estar todo el día disputando o riñendo».<br />
- Si, padre insensato, dejemos que el cura diga lo que quiera, es preciso adquirir muchas relaciones, pues sin ellas ¿quien se casaría? Vete cuando quieras, hijo mío, sé juicioso, vuelve temprano y esta tranquilo.</p>
<p style="text-align: justify;">No hay duda de que, si hubieses sido juicioso, si hubieses consultado al Señor, no lo habrías casado con tan mala estrella, pues Dios no lo hubiera permitido; sino que, como al joven Tobías (Tob., VII.), El mismo le hubiera elegido una esposa que, al entrar en la casa, habría traído allí la paz, la virtud y toda suerte de bendiciones. He aquí, amigo mío, lo que has perdido al despreciar los consejos de tu pastor, y seguir los consejos de tus ciegos padres.</p>
<p style="text-align: justify;">Otra vez será una pobre hija la que comparecerá molida a golpes, para deshacerse llorando en el regazo de su madre. Mezclaran juntas sus lágrimas: «Madre mía!, ¡cuan desgraciada soy al haber tomado un marido como el que tengo: es tan brutal como malvado! Temo que algún día oigáis decir que me ha matado». &#8211; «Mas, responderá la madre ¿por que no haces siempre lo que te manda?» &#8211; «No me pierdo por este lado; mas nada le contenta, siempre esta enojado.» &#8211; «Pobre hija, le dirá la madre, si hubieses acertado a casarte con fulano, que te pidió en matrimonio, hubieras sido mucho más feliz».</p>
<p style="text-align: justify;">Te engañas, madre; no es esto lo que le debes contestar, sino «¡Pobre hija!, si hubiese yo acertado a inspirarte el temor y amor de Dios, si nunca lo hubiese permitido correr detrás de los placeres, Dios no hubiera permitido tu desgracia».  ¿Que lo parece, mujer?, deja que el cura diga lo que le venga en mientes, sal siempre que quieras, se juiciosa, vuelve temprano y está tranquila. Todo esto está muy bien, pero escúchame.</p>
<p style="text-align: justify;">Cierto día me ocurrió pasar junto a un gran fuego, y tome un puñado de paja seca, la eche en la hoguera y le dije que no ardiese. Los que lo presenciaban, me dijeron burlándose de mi: «Es en vano que se lo advirtáis esto no impedirá que quede al momento hecha cenizas. &#8211; ¿Y como?, les conteste, cuando yo le he mandado no abrasarse». &#8211; ¿Que te parece, madre?, ¿no reconoces en esto tu ejemplo? ¿ no es ésta tu conducta o la de tu vecina? ¿No recomendaste a lo hija la prudencia al concederle permiso para salir? &#8211; No hay duda. &#8211; Anda, mujer, te dejaste dominar por la ceguera, y fuiste el verdugo de tus hijos. Si son desgraciados en el matrimonio, tu sola eres la causa de ello. Dime: si hubieses tenido algún sentimiento de religión o de afecto a tus hijos, ¿no debieras haber trabajado con todas tus fuerzas para pacer que evitasen el mal que tu misma cometiste cuando te hallabas en el mismo caso de tu hija?  Más claro: no contenta con haber sido lo desgraciada, quieres que también lo sean tus hijos. Y tu, hija mía, ¿eres desgraciada en lo nueva casa? Mucho lo siento, ello me causa pena; pero me extraña menos que si me dijeses que eres feliz; atendiendo a las disposiciones con que lo casaste.</p>
<p style="text-align: justify;">Ha llegado la corrupción a un tan alto grado entre los jóvenes de nuestros tiempos, que resulta tan imposible hallar quienes reciban santamente dicho sacramento, como es imposible hacer que un condenado suba al cielo.<br />
- Pero, me diréis: existen todavía algunos.<br />
- ¡Amigo mío!, ¿dónde están? ¡Ay!, si, los padres no tienen reparo alguno en dejar solos a la hija con un joven durante tres o cuatro horas durante las veladas.<br />
- Pero, me diréis, son muy juiciosos.<br />
- Si, no hay duda que son juiciosos; así ha de hacérnoslo creer la caridad. Pero dime, mujer, ¿eras tu muy juiciosa cuando te hallabas en el mismo caso de tu hija?</p>
<p style="text-align: justify;">Terminemos diciendo que, si los hijos son desgraciados en este mundo y en el otro, es por culpa de sus padres, que no pusieron todos los medios que estaban a su alcance para dirigirlos santamente por el camino de la salvación, donde no hay duda que el Señor los hubiera bendecido. Cuando, en nuestros días, un  joven o una joven quieren casarse, se los lleva a abandonar a Dios. ¡Pobres padres y pobres madres, cuantos tormentos os aguardan en la otra vida! Mientras subsista vuestra descendencia, os haréis participantes de todos los pecados que en ella se cometan, y recibiréis el castigo cual si vosotros los hubieseis cometido, y aun más, tendréis que dar cuenta de todas las almas que de vuestra descendencia se condenen. Todas esas almas os acusarán de haber sido causa de su perdición. Lo cual se comprende fácilmente. Si hubieseis educado bien a vuestros hijos, estos a su vez hubieran educado bien a los suyos: y unos y otros se habrían salvado. Mas no esta todo aquí, sino que además seréis responsables, delante de Dios, de todas las buenas obras que vuestra descendencia hubiera podido practicar hasta la consumación de los siglos, y no practicó por vuestra culpa.</p>
<p style="text-align: justify;">¿ Qué os parece todo esto, padres y madres que me escucháis? Si no perdisteis enteramente la fe, ¿no tendréis motivos de llorar al ver el mal que hicisteis y la imposibilidad en que os halláis de repararlo? ¿Tenia yo razón al principio, cuando os decía ser casi imposible declararos la magnitud de vuestros deberes? Mas lo que hoy os he dicho, es solamente una pequeña parte de tan importante y extensa materia.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Cuántos padres arrastran consigo a sus hijos hacia el infierno! ¡Dios mío!, ¿podremos pensar en todos esos males sin estremecernos?<br />
- Pero me diréis: «No dejamos de hacer cuanto esta en nuestra mano».<br />
- Hacéis cuanto esta en vuestra mano, es verdad; más para perderlos, no para salvarlos. Para terminar, quiero convenceros de que no hacéis todos los posibles para salvarlos. ¿Dónde están las lágrimas que derramasteis, las limosnas que repartisteis para implorar su conversión? Pobres hijos, ¡cuan desgraciados por pertenecer a unos padres que sólo trabajan por haceros desgraciados en este mundo y aun mucho más en el otro! Siendo yo vuestro padre espiritual, voy a daros ahora un consejo: Cuando veáis que vuestros padres faltan a Misa o a las funciones, trabajan en domingo, comen carne los días prohibidos, dejan de frecuentar los sacramentos, no procuran instruirse en la religión; haced vosotros todo lo contrario, para que vuestros buenos ejemplos los salven a ellos, lo cual seria para vosotros una gran victoria.</p>
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		<title>Regalo para la clausura del Año Sacerdotal</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Jun 2010 12:51:19 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Y se fue el Año Sacerdotal. La página, surgió como un recurso para éste año, ya que vi que había poco material de San Juan María Vianney, tanto en libros como en internet, por lo menos para mí ha sido díficil, me tardé dos años en conseguir el libro de Francis Trochu, y luego conseguí los de Catalina Lassagne y el libro de homilías en francés&#8230; la página surgió para compartir un poco lo que había aprendido de éste gran santo.</p>
<p style="text-align: justify;">Soy laico, no soy sacerdote ni seminarista, pero San Juan María Vianney, además de ser mi patrono en mi parroquia en Monterrey, en lo personal ha sido ejemplo y enseñanza, cada día que aprendo más, me sorprende y me cautiva más, y me motiva a ser mejor cristiano y persona.</p>
<p style="text-align: justify;">Espero que la página cumpla un poco como éso: ayuda para conocerle, y que en todos los artículos hayan descubierto algo nuevo, y útil en su vida espiritual.</p>
<p style="text-align: justify;">Les preparé un ebook de poco más de 100 páginas, con homilías y pasajes de su vida, algunos ya en el blog, otros tantos no. Tiene licencia creative commons, o sea, pueden publicar, imprimirlo, lo que sea, sólo coloquen el autor original o enlace a éste blog. Espero les guste.</p>
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		<title>Homilía de Corpus Christi</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jun 2010 11:45:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estas palabras nos recuerdan todas las miserias de la vida, el menosprecio con que hemos de mirar las cosas creadas y perecederas, el deseo con que debemos esperar la salida de este mundo para encaminarnos a nuestra verdadera patria, ya que esta tierra no lo es. Consolémonos, sin embargo, del destierro a que estamos sujetos; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Estas palabras nos recuerdan todas las miserias de la vida, el menosprecio con que hemos de mirar las cosas creadas y perecederas, el deseo con que debemos esperar la salida de este mundo para encaminarnos a nuestra verdadera patria, ya que esta tierra no lo es.</p>
<p>Consolémonos, sin embargo, del destierro a que estamos sujetos; en él tenemos un Dios, un amigo, un consolador y un Redentor, que puede endulzar nuestras penas, haciéndanos vislumbrar grandes bienes, desde este valle de miserias; lo cual debe llevarnos a exclamar, como la Esposa de los Cantares: «¿Habéis visto a mi amado? Y si lo habéis visto, decidle que no hago más que penar» (Cant., V, 8.) ¿Hasta cuándo, Señor, exclama el santo Rey Profeta en sus transportes de amor y arrobamiento, hasta cuándo prolongaréis mi destierro lejos de Vos? (Ps. CXIX, 5.). Mas dichosos que los santos del Antiguo Testamento, no solamente poseemos a Dios por la grandeza de su inmensidad, en virtud de la cual se halla en todas partes; sino que le tenemos con nosotros tal cual estuvo durante nueve meses en el sello de María, tal cual estuvo en la cruz. Más afortunados aún que los primeros cristianos, quienes hacían cincuenta o sesenta leguas de camino para tener la dicha de verle, nosotros le poseemos en cada parroquia, cada parroquia puede gozar a su gusto de tan dulce compañía. ¡Oh, pueblo feliz!</p>
<p><a name="more"></a><br />
¿Cuál es mi propósito. Vedlo aquí. Quiero mostraros la bondad de Dios en la institución del adorable sacramento de la Eucaristía y los grandes provechos que de este sacramento podemos sacar.</p>
<p>I.- Digo yo que lo que hace la felicidad de un buen cristiano, hace la desgracia de un pecador. ¿Queréis de ello una prueba? Vedla aquí. Para el pecador que no quiere salir del pecado, la presencia de Dios se convierte en un suplicio: quisiera él borrar el pensamiento de que Dios le está mirando y le juzgará, se oculta, huye de la luz del sol, se hunde en las tinieblas, siente indecible horror por todo lo que puede evocarle aquel pensamiento; un ministro de Dios le estorba, le causa odio, huye de Él, cuando piensa que tiene un alma inmortal, que hay un Dios que le recompensará o castigará durante toda la eternidad; conforme a sus obras; le parece que tales pensamientos son otros tantos verdugos que le atormentan sin cesar. ¡Ah!, ¡triste existencia la de un pecador que vive en pecado! ¡Es en vano que te ocultes de la presencia de Dios, nunca podrás conseguirlo! «¿Adán, Adan, donde estás?» «Señor, exclama, he pecado y temo vuestra presencia» (Gen., III, 9-10). Adán, temblando, corre a ocultarse, y es precisamente en el momento en que creía no ser visto de Dios cuando se hizo oír su voz : «Adán en todas partes me hallarás; has pecado, y Yo he sido testigo de tu crimen; mis ojos estaban fijos en ti». «Caín, Caín, ¿dónde está tu hermano?». Al oír la Voz del Señor, Caín quedó estupefacto. Pero Dios le persiguió con la espada en el cinto: «Caín, la sangre de tu hermano clama venganza» (Gen., IV, 9-10). Cuan cierto es que el pecador se halla en un continuado espanto y desesperación. ¿Qué hiciste, pecador? Dios te castigará. No, no, exclama, Dios no me ha visto, «no hay Dios». ¡Ah!, desgraciado, Dios te ve y te castigará. De lo cual concluyo que en vano el pecador querrá tranquilizarse, olvidar sus pecados, huir de la presencia de Dios y procurarse todo cuanto su corazón pueda desear; a pesar de todo esto, no dejará de ser un desdichado; en todas partes arrastrará sus cadenas y su infierno. ¡ Ah !, ¡ triste existencia 1 No vayamos más lejos; estos pensamientos son demasiados desesperanzadores; de ningún modo nos conviene hoy_ este lenguaje; dejemos a esos pobres desgraciados en las tinieblas, ya que en ellas quieren vivir; dejemos que se condenen, ya que no quieren salvarse.<br />
«Venid, hijos míos, decía el santo Rey David, venid, pues tenga grandes cosas que anunciaros ; venid, y os diré cuán bueno es el Señor para los que le aman. Tiene preparado para sus hijos un alimento celestial que da frutos de vida. En todas partes hallaremos a nuestro Dios; si vamos al cielo, allí estará; si pasamos el mar, le veremos a nuestro lado. Si nos sumergimos en la profundidad caótica de las aguas, hasta allí nos acompañará» (Ps. XXXIII; CXXXVIII. XXII.).</p>
<p>Nuestro Dios no nos pierde de vista, cual una madre que está vigilando al hijito que da los primeros pasos. «Abraham, dice el Señor, anda en mi presencia y la hallarás en todas partes.» «¡ Dios mío !, exclama Moisés, servíos mostrarme vuestra faz: con ella tendré cuanto puedo desear» (Exod, XXIII, 13.). Cuán consolado queda un cristiano, al pensar que Dios le ve, que es testigo de sus penalidades y de sus combates, que tiene a Dios de su parte. Digámoslo mejor, ¡todo un Dios le estrecha dulcemente contra su seno! ¡Pueblo cristiano! ¡Cuán dichoso eres al gozar de tantos favores que no se conceden a los demás pueblos! Razón tenía al decirnos, que si la presencia de Dios es una tiranía para el pecador, es en cambio una delicia infinita; un cielo anticipado para el buen cristiano.</p>
<p>Hermoso y consolador es lo que os acabo de decir, más aún no es todo, es poca cosa todavía, me atrevo a decir, en comparación del amor que Jesucristo nos manifiesta en el adorable sacramento de la Eucaristía. Si me dirigiese a gente incrédula o impía, que se atreve a dudar de la presencia de Jesucristo en este adorable sacramento, comenzaría por aportar pruebas tan claras y convincentes, que morirían de pena por haber dudado un misterio apoyado en argumentos tan fuertes v persuasivos. Les diría yo: si es verdad la existencia de Jesucristo, también es verdad este misterio, ya que Aquél, después de haber tomado un fragmento de pan en presencia de sus apóstoles, les dijo: «Ved aquí pan; pues bien, voy a transformarlo en mi Cuerpo; ved aquí vino, el cual voy a transformar en mi sangre; este cuerpo es verdaderamente el mismo que será crucificado, y esta sangre es la misma que será derramada en remisión de los pecados ; y cuantas veces pronunciéis estas palabras, dijo además a sus apóstoles, obraréis el mismo milagro; esta potestad la comunicaréis unos a otros hasta el fin de los siglos»(Matth., XXVI ; Luc., XXII.). Mas ahora dejemos a un lado estas pruebas; tales razonamientos son inútiles para unos cristianos que tantas veces han gustado las dulzuras que Dios les comunica en el sacramento del amor.</p>
<p>Dice San Bernardo que hay tres misterios en los cuales no puede pensar sin que su corazón desfallezca de amor y de dolor, El primero es el de la Encarnación, el segundo es el de la muerte y pasión de Jesús, y el tercero es el del adorable sacramento de la Eucaristía. Al hablarnos el Espíritu Santo del misterio de la encarnación, se expresa en términos que nos muestra la imposibilidad de comprender hasta dónde llega el amor de Dios a los hombres, pues dice: «Así amó Dios al mundo», como si nos dijese: dejo a vuestra mente, deja a vuestra imaginación la libertad de formar sobre ello las ideas que os plazca; aunque tuvieseis toda la ciencia dé las profetas, todas las luces de los doctores y todos los conocimientos de los ángeles, os sería imposible comprender el amor que Jesucristo ha sentido por vosotros en estos misterios. Cuando nos habla San Pablo de los misterios de la Pasión de Jesucristo, ved cómo se expresa : «Con todo y ser Dios infinito en misericordia y en gracia, parece haberse agotado por amor nuestro. Estábamos muertos y nos dió la vida. Estábamos destinados a ser infelices por toda una eternidad, y con su bondad y misericordia ha cambiado nuestra suerte» (Eph., II, 4-6.). Finalmente, al hablarnos, San Juan, de la caridad que Jesucristo mostró con nosotros al instituir el adorable sacramento de la Eucaristía, nos dice «que nos amó hasta el fin» (Joan., XIII, 1.) es decir, que amó al hombre, durante toda su vida, con un amor sin igual. Mejor dicho, nos amó cuanto pudo. ¡Oh, amor, cuan grande y cuán poco conocido eres!</p>
<p>Y pues, amiga mío, ¿no amaremos a un Dios que durante toda la eternidad ha suspirado por nuestro bien? ¡Un Dios que tanto lloró nuestros pecados, y que murió para borrarlos! Un Dios que quiso dejar a los ángeles del cielo, donde es amado con amor tan perfecto y puro, para bajar a este mundo, sabiendo muy bien que aquí sería despreciado. De antemano sabía las profanaciones que iba a sufrir en este sacramento de amor. No se le ocultaba que unos le recibirían sin contrición; otros sin deseo de corregirse; ¡ay!, otros tal vez, con el crimen en su corazón, dándole con ello nueva muerte. Pero nada de esto pudo detener su amor. ¡Dichoso pueblo cristiano! «Ciudad de Sión, regocíjate, prorrumpe en la más franca alegría, exclama el Señor por la boca de Isaías, ya que tu Dios mora en tu recinto» (Is.,XII,6.). Lo que el profeta Isaías decía a su pueblo, puedo yo decíroslo con más exactitud. ¡Cristianos, regocijaos!, vuestro Dios va a comparecer entre vosotros. Este dulce Salvador va a visitar vuestras plazas, vuestras calles, vuestras moradas; en todas partes derramará las más abundantes bendiciones. ¡Moradas felices aquellas delante de las cuales va a pasar! ¡Oh, felices caminas los que vais a estremeceros bajo tan santos y sagrados pasos! ¿Quién nos impedirá decir, al volver a discurrir por la misma vía : Por aquí ha pasado mi Dios, por esta senda ha seguido cuando derramaba sus saludables bendiciones en esta parroquia?</p>
<p>¡Qué día tan consolador para nosotros. Si nos es dado gozar de algún consuela en este mundo, ¿ no será, por ventura, en este momento feliz? Olvidemos, a ser posible, todas nuestras miserias. Esta tierra extranjera va a convertirse en la imagen de la celestial Jerusalén; las alegrías y fiestas del cielo, van a bajar a la tierra. «Péguese la lengua a mi paladar, si es capaz de olvidar estos grandes beneficios» (Ps. CYXXVI, 6.). ¿Que el cielo prive a mis ojos de la luz, si ellos han de fijar sus miradas en las cosas terrenas?</p>
<p>Si consideramos las obras de Dios: el cielo v la tierra, el orden admirable que reina en el vasto universo, ellas nos anuncian un poder infinito que lo ha creado todo, una sabiduría infinita que todo lo gobierna, tina bondad suprema y providente que cuida de todo con la misma facilidad que si estuviese ocupada en un solo ser: tantos prodigios han de llenarnos forzosamente de sorpresa, espanto y admiración. Mas; fijándonos en el adorable sacramento de la Eucaristía, podemos decir que en él está el gran prodigio del amor de Dios con nosotros; en él es donde su omnipotencia, su gracia y su bondad brillan de la manera más extraordinaria. Con toda verdad podemos decir que éste es el pan bajado del cielo, el pan de los ángeles, que recibimos coma alimento de nuestras almas. Es el pan de los fuertes que nos consuela y suaviza nuestras penas. Es éste realmente «el pan de los caminantes»; mejor dicho, es la llave qué nos franquea las puertas del cielo. «Quien me reciba, dice el Salvador, alcanzará la vida eterna: el que me coma no morirá. Aquel, dice el Salvador, que acuda a este sagrado banquete, hará nacer en él una fuente que manará hasta la vida eterna» (Ioan., VI, 54.55; IV, 14.).</p>
<p>Mas, para conocer mejor las excelencias de este don, debemos examinar hasta qué punto Jesucristo ha llevado su amor a nosotros en este sacramento. No era bastante que el Hijo de Dios se hiciese hombre por nosotros; para dejar satisfecho su amor, era preciso ofrecerse a cada uno en particular. Ved cuánto nos ama. En la misma hora en que sus indignos hijos activaban los preparativos para darle muerte, su amor le llevaba a obrar un milagro cuyo objeto es permanecer entre ellos. ¿Se ha visto, podrá verse amor más generoso ni mas liberal que el que nos manifiesta en el Sacramento de su amor? ¿No habremos de afirmar, con el Concilio de Trento, que en dicho Sacramento es donde la liberalidad v generosidad divinas han agotado todas sus riquezas? (Ses., XIII, cap. II.). ¿Nos será dado hallar sobre la tierra, y hasta en el cielo, algo que con este misterio pueda ser comparado? ¿Se ha visto jamás que la ternura de un padre, la liberalidad de un rey para sus súbditos, llegase hasta donde ha llegado la que muestra Jesucristo en el Sacramento de nuestros altares? Vemos que los padres, en su testamento, dejan las riquezas a sus hijos; mas en el testamento del Divino Redentor, no son bienes temporales, puesto que ya los tenemos, sino su Cuerpo adorable y su Sangre preciosa lo que nos da. ¡Oh, dicha del cristiano, cuán poco apreciada eres¡.  No, Jesús no podía llevar su amor más allá que dándose a Sí mismo; ya que, al recibirlo, le recibimos con todas sus riquezas. ¿No es esto una verdadera prodigalidad de un Dios para con sus criaturas. Si Dios nos hubiese dejado en libertad de pedirle cuanto quisiéramos, ¿nos habríamos atrevido a llevar hasta tal punto nuestras esperanzas? Por otra parte, el mismo Dios, con ser Dios, ¿podía hallar alga más precioso para darnos?, nos dice San Agustín. Pera, ¿sabéis aún cuál fué el motivo que movió a Jesucristo a permanecer día y noche en nuestras templos? Pues fué para que, cuantas veces quisiéramos verle, nos fuese dado hallarle. ¡Cuán grande eres, ternura de un padre. ¡Qué cosa puede haber más consoladora para, un cristiano, que sentir que adora a un Dios presente en cuerpo y alma! «Señor, exclama el Profeta Rey, ¡un día pasado junta a Vos es preferible a mil empleados en las reuniones del mundo»! (Pes., LXXXIII, 11.). ¿Qué es, en efecto, lo que hace tan santas y respetables nuestras iglesias?, ¿no es, por ventura, la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo? ¡Ah!, ¡pueblo feliz, el cristiano!</p>
<p>II.- Pero, me preguntaréis, ¿qué deberemos hacer para testimoniar a Jesucristo nuestro respeto y nuestra gratitud? Vedlo aquí:</p>
<p>1.° Deberemos comparecer siempre ante su presencia con el mayor respeto, y seguirle con alegría verdaderamente celestial, representándonos interiormente aquella gran procesión que tendrá lugar después del juicio final. Para quedar penetrados del más profundo respecto, bastará recordar nuestra condición de pecadores, considerando cuán indignos somos de seguir a un Dios tan santo y tan puro, Padre bondadoso al que tantas veces hemos despreciado y ultrajado, y que con todo nos ama aún y se complace en darnos a entender que está dispuesto a perdonarnos nuevamente. ¿Qué es lo que hace Jesucristo cuando le llevamos en procesión? Vedlo aquí. Viene a ser como un buen rey en medio de sus súbditos, como un padre bondadoso rodeado de sus hijos, como un buen pastor visitando sus rebaños. ¿En qué debemos pensar cuando marchamos en pos de nuestro Dios? Mirad. Hemos de seguirle con la misma devoción y adhesión que los primeros fieles cuando moraba aquí en la tierra prodigando el bien a todo el mundo. Sí, si acertamos a acompañarle con viva fe, tendremos la seguridad de alcanzar cuanto le pidamos.</p>
<p>Leemos en el Evangelio que un día, en el camino por donde pasaba el Señor, había dos ciegos, los cuales se pusieron a dar voces diciendo: «¡Jesús, hijo de David, ten piedad de nosotros!» Al verlos el Divino Maestro, movióse a compasión, y les preguntó qué querían. «Señor, le respondieron, haced que veamos.» «Pues ved», les dijo el Salvador (Matth., XX, 30-34.). Un gran pecador llamado Zaqueo, deseando verle pasar, se encaramó a un árbol; pero Jesucristo, que había venido para salvar a los pecadores, le dijo: «Zaqueo, baja del árbol pues quiero alojarme en tu casa», ¡En tu casa!, lo cual es como si le dijese: Zaqueo, desde hace mucho tiempo, la puerta de tu corazón está cerrada por el orgullo y las injusticias; ábreme hoy, pues vengo para otorgarte el perdón. Al momento, bajó Zaqueo, humillóse profundamente ante su, Dios, reparó todas sus injusticia no deseando ya por herencia otra cosa que la pobreza y el sufrimiento (Luc., XIX, 1-10.). ¡Oh, instante feliz, el cual le valió una eternidad de dicha! Otro día pasando el Salvador por otra calle, seguíale una pobre mujer, afligida por espacio de. doce años a causa de un flujo de sangre: Se decía ella : «Si tuviese la dicha de tocar aunque sólo fuese el borde de sus vestiduras, estoy cierta que curaría » (Matth., IX, 20-22.). Y corrió, llena de confianza, a arrojarse a los pies del Salvador, y al momento quedó libre de su enfermedad. Si tuviésemos la misma fe y la misma confianza, obtendríamos también las mismas gracias; puesto que es el mismo Dios, el mismo Salvador y el mismo Padre, animado de la misma caridad. «Venid. decía el Profeta, venid, salid de vuestros tabernáculos, mostraos a vuestro pueblo que os desea y os ama.» ¡Ay!, ¡cuántos enfermos esperan la curación! ¡Cuántos ciegos a quienes habría que devolver la vista! ¡Cuantos cristianos, de los que van a seguir a Jesucristo, tienen sus almas cubiertas de llagas! ¡Cuántos cristianos están en las tinieblas y no ven que corren inminente peligro de precipitarse en el infierno! ¡Dios mío!, ¡curad a unos e iluminad a otros! ¡Pobres almas, cuán desdichadas sois!</p>
<p>Nos refiere San Pablo que, hallándose en Atenas, vió escrito en un altar: «Aquí reside el Dios desconocido» (Ignoto Deo (Act. XVII, 23).). Pero, ¡ay!, podría deciros yo lo contrario: vengo a anunciaros un Dios que vosotros conocéis como tal, y no obstante no le adoráis, antes bien le despreciáis. Cuántos cristianos, en el santo día del domingo, no saben cómo emplear el tiempo, y, con todo, no se dignan dedicar ni tan sólo unos momentos a visitar a su Salvador que arde en deseos de verlos juntos a sí, para decirles que los ama y que quiere colmarles de favores. ¡Qué vergüenza para nosotros! ¿Ocurre algún acontecimiento extraordinario?, lo abandonáis todo y corréis a presenciarlo. Mas a Dios no hacemos otra cosa que despreciarle, huyendo de su presencia; el tiempo empleado en honrarle siempre nos parece largo, toda práctica religiosa nos parece durar demasiado. ¡Cuán distintos eran los primeros cristianos. Consideraban como las más felices de su vida los días y noches empleados en las iglesias cantando las alabanzas del Señor o llorando sus pecados; mas hoy, por desgracia; no ocurre lo mismo. Los cristianos de hoy, huyen de Él y le abandonan, y hasta algunos le desprecian; la mayor parte nos presentamos en las iglesias, lugar tan sagrado, sin reverencia sin amor de Dios, hasta sin saber para qué vamos allí. Unos tienen ocupado su corazón y su mente en mil cosas terrenas o tal vez criminales; otros están allí can disgusta y fastidio; otros hay que apenas si doblan la rodilla en las momentos en que un Dios derrama su sangre preciosa para perdonar sus pecados; finalmente, otros, aun no se ha retirado el sacerdote del altar, ya están fuera del templo. Dios mío, cuán poco os aman vuestras hijos, mejor dicho, cuanto os desprecian. En efecto, ¿cuál es el espíritu de ligereza y disipación que dejéis de. mostrar en la iglesia? Unos duermen, otros hablan, y casi ninguno hay que se ocupe en lo que allí debería ocuparse.</p>
<p>2.° Digo que habiendo sido los hombres criados por Dios y enriquecidos sin cesar por su mano con los más abundantes favores, debemos todos testificarle nuestra agradecimiento, y a la vez afligirnos por haberle ultrajado. Nuestra conducta debe ser la de un amigo que se entristece por las desgracias que a su amigo sobrevienen: a esto se llama mostrar una amistad sincera. Sin embargo, por favores que haya podido prestar un amigo, nunca hará lo que Dios ha hecho por nosotros. &#8211; Pero, me diréis, ¿quiénes deben, al parecer de usted, sentir un amor más intenso y más ardiente a la vista de los ultrajes que Jesucristo recibe de los malos cristianos? &#8211; Es indudable que todos han de afligirse por los desprecios de que es objeto, todos han de procurar desagraviarle; mas entre los cristianos hay algunos que están obligados a ello de un modo especial, y san los que tienen la dicha de pertenecer a la cofradía del Santísimo Sacramento. He dicho: «Que tienen la dicha». ¿Habrá otra mayor que la de ser escogidas para desagraviar a Jesucristo de los ultrajes que recibe en el Sacramento de su amor? No os quepa duda; vosotros, como cofrades, estáis obligados a llevar una vida mucho más perfecta que el común de los cristianos. Vuestros pecados son mucho más sensibles a Dios Nuestro Señor. No es bastante can llevar un cirio en la mano, para dar a entender que somos cantados entre los escogidos de Dios; es preciso que nuestro comportamiento nos singularice, como el cirio nos distingue de los que no lo llevan. ¿Por qué llevamos esos cirios que brillan, si no es para indican que nuestra vida debe ser un modelo de virtud, para mostrar que consideramos como una gloria el ser hijos de Dios y que estamos prestos a dar la vida por defender los intereses de Aquel a quien nos hemos consagrado perpetuamente? Sí, esforzarse en adornar las iglesias y los altares es dar, ciertamente, señales exteriores muy buenas y laudables; pero no hay, bastante. Los bethsamitas, cuando el arca del Señor pasó por su tierra, dieron muestras del mayor celo y diligencia; en cuanto la divisaron, salió el pueblo en masa para precederla; todos se ocuparon diligentemente en preparar la leña para ofrecer los sacrificios. Sin embargo, cincuenta mil hubieron de morir, por no haber guardado bastante respeto (1 Reg., VI.). ¡Cuánto ha de hacernos temblar este ejemplo! ¿Que objetos guardaba aquella arca. Un poco de maná, las tablas de la Ley; y porque los que a ella se acercan no están bien penetrados de su presencia, el Señor los hiere de muerte. Pero, decidme, ¿quiénes de los que reflexionen tan sólo por un momento sobre la presencia de Jesucristo, no quedarán sobrecogidos de temor? ¡Cuántos desgraciados forman parte del cortejo del Salvador, con un corazón lleno de culpas! ¡Ah, infeliz!, en vano doblarás la rodilla, mientras un Dios se yergue para bendecir a su pueblo; sus penetrantes miradas no dejarán por eso de ver los horrores que cobija tu corazón. Mas, si nuestra alma está pura, entonces podremos figurarnos que vamos en pos de Jesucristo como en pos de un gran rey, que sale de la capital de su reino para recibir los homenajes de sus súbditos y colmarlos de favores.</p>
<p>Leemos en el Evangelio que aquellos dos discípulos que iban a Emmaús andaban en compañía del Salvador sin conocerle; y cuando le hubieron reconocido, desapareció. Enajenados por su dicha, decíanse el uno al otro: «Cómo se explica que no le hayamos reconocido, ¿Acaso nuestros corazones no se sentían inflamados de amor cuando nos hablaba explicándonos las Escrituras?» (Luc., XXIV, 13-32.) . Mil veces más dichosos que aquellas discípulos somos nosotros, va que ellos iban en compañía de Jesucristo sin conocerle, mas nosotros sabemos que quien marcha en nuestra compañía presidiéndonos, es nuestro Dios y Salvador, el cual va a hablar al fondo de nuestro corazón, en donde infundirá una infinidad de buenos pensamientos y santas inspiraciones. «Hijo mío, te dirá, ¿por qué no quieres amarme? ¿Por qué no dejas ese maldito pecado que levanta una muralla de separación entre ambos? ¡Ah!, hijo mío, aquí tienes el perdón, ¿quieres arrepentirte?» Pero ¿qué le responde el pecador? «No, no, Señor, prefiero vivir bajo la tiranía del demonio y ser reprobado, a imploraros perdón.»</p>
<p>Mas, me dirá alguno, nosotros no decimos esto al Señor. &#8211; Pero ya replica que se lo, decís repetidamente, o sea, cada vez que Dios os inspira el pensamiento de convertiros. ¡Ah, desgraciado! día vendrá en que pedirás lo que hoy rehúsas, y entonces tal vez no te será concedido. Es muy cierto, que si tuviésemos la dicha de que Dios se nos hiciese visible, como ha acontecido a muchos santos, ya en la figura de un niño en el pesebre, ya traspasado por los clavos en la cruz, sentiríamos hacia Él mayor respeta y amor; pera esto no lo merecemos, y si nos aconteciese un caso semejante nos creeríamos ya santos, lo cual sería un motivo de orgullo. Mas, aunque Dios no nos otorgue esta gracia, no deja por ello de estar presente, y presto a concedernos cuanto le pidamos.</p>
<p>Refiérese en la historia que, dudando un sacerdote de esta verdad, después de haber pronunciado las palabras de la consagración: «¿Cómo es posible, decía entre sí, que las palabras de un hombre abren tan gran milagro?» Mas Jesucristo, para echarle en cara su poca fe, hizo que la santa Hostia sudase sangre en abundancia, hasta el punto que fué preciso recoger ésta con una cuchara (Las maravillas divinas en la Santa Eucaristía, por el P. Rossignoli, S. J., CXIII. maravilla.). Y el mismo autor nos refiere también que un día se pegó fuego a una capilla, y ardió toda la construcción hasta quedar destruída; mas la santa Hostia quedó suspendida en el aire sin apoyarse en ninguna parte. Habiendo acudido un sacerdote para recibirla en un vaso, vino en seguida ella misma a posarse allí (es el milagro de las sagradas Hostias de Faverney; en la diócesis de Besançon, ocurrido el día 26 de mayo de 1608. Cfr. Monseñor de Segur, en La Francia al Pie del Santísimo Sacramento, XV.).</p>
<p>Si amásemos a Dios, sería para nosotros una gran alegría, una gran dicha el venir todas los domingos al templo a emplear algunos momentos en adorarle y pedirle perdón de los pecados; miraríamos aquellos instantes como los más deliciosos de nuestra vida. ¡Cuán consoladores y suaves son los momentos pasados con este Dios de bondad! ¿Estás dominado por la tristeza?, ven un momento a echarte a sus plantas, y quedarás consolado. ¿Eres despreciado del mundo?, ven aquí,  y hallarás un amigo que jamás quebrantará la fidelidad. ¿Te sientes tentado?, aquí es donde vas a hallar las armas más seguras y terribles para vencer a tu enemigo. ¿Temes el juicio formidable que a tantos santos ha hecho temblar?, aprovéchate del tiempo en que tu Dios es Dios de misericordia y en que tan fácil es conseguir el perdón. ¿Estás oprimido por la pobreza?, ven aquí, donde hallarás a un Dios inmensamente rico, que te dirá que todos sus bienes son tuyos, no en este inundo sino en el otro: Allí es donde te preparo riquezas infinitas; anda, desprecia esos bienes perecederos y en cambio obtendrás otros que nunca te habrán de faltar. ¿Queremos comenzar a gozar de la felicidad de los santos ?, acudamos aquí y saborearemos tan venturosas primicias.</p>
<p>¡Cuán dulce es gozar de los castos abrazos del Salvador! ¿No habéis experimentado jamás una tal delicia? Si hubieseis disfrutado de semejante placer, no sabríais aveniros a veros privados de él. No nos admire, pues, que tantas almas santas hayan pasado toda su vida, día y noche, en la casa de Dios, no sabiendo apartarse de su presencia.</p>
<p>Leemos en la historia que un santo sacerdote hallaba tal delicia y consuelo en el recinto de los templos, que hasta se acostaba sobre las gradas del altar, para que, al despertarse, le cupiese la dicha de hallarse junto a su Dios; y Dios, para recompensarle, permitió que ni muriese al pie del altar. Mirad a San Luis: durante sus viajes, en vez de pasar la noche en la cama, la pasaba al pie de los altares, junto a la dulce presencia del Salvador. ¿Por qué, pues, sentimos nosotros tanta indiferencia y fastidio al venir aquí? Es que nunca hemos disfrutado de tan deliciosos momentos?<br />
¿Qué debemos sacar de todo esto?, vedlo aquí. Hemos de tener como uno de los instantes más felices de nuestra vida aquel en que nos es dado estar en compañía de tan buen amigo. Formemos en su cortejo con santo temor; como pecadores, pidámosle, con dolor y lágrimas en las ojos, perdón de nuestros pecados, y podemos estar ciertos de que lo alcanzaremos. Si nos hemos reconciliado, imploremos el don precioso de la perseverancia. Digámosle formalmente que preferimos mil veces morir antes que volver a ofenderle. Mientras no améis a vuestro Dios, jamás vais a quedar satisfechos: todo os agobiará, todo os fastidiará; mas, en cuanto le améis, comenzaréis una vida dichosa; y en ella podréis esperar tranquilamente la muerte! ¡Aquella muerte feliz, que nos juntará a nuestro Dios! ¡Ah, dulce felicidad!, ¿cuándo llegarás? ¡Cuán largo es el tiempo de espera!, ¡ven!, ¡tú nos procurarás el mayor de todos los bienes, o sea la posesión del mismo Dios!</p>
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