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	<title>San Juan María Vianney &#187; Anecdotario</title>
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	<description>El atractivo de un alma pura</description>
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		<title>Sus ansias de soledad</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Jul 2010 10:27:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Al ver al Cura de Ars sonriente y solicito entre la turba de peregrinos, nadie fuera de sus familiares, hubiera sospechado que le perseguía sin cesar el deseo de la soledad, y de momento, parecería inverosímil esta afirmación de Catalina Lassagne: &#8220;Estuvo en la parroquia por espacio de 41 años, siempre contra su voluntad&#8221;, &#8220;desde [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Al ver al Cura de Ars sonriente y solicito entre la turba de peregrinos, nadie fuera de sus familiares, hubiera sospechado que le perseguía sin cesar el deseo de la soledad, y de momento, parecería inverosímil esta afirmación de Catalina Lassagne: &#8220;Estuvo en la parroquia por espacio de 41 años, siempre contra su voluntad&#8221;, &#8220;desde los once años de edad, le comentaba al conde des Garets, alcalde de Ars, la gracia de poder vivir en la soledad&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Este deseo se lo había inspirado desde la infancia su gusto por la oración: había conocido desde joven que el silencio y el recogimiento favorecen los impulsos del alma hacia Dios. Cuando llegó al sacerdocio, un nuevo motivo se añadió: &#8216;Ignorante e incapaz como él se creía, ¿no había tentado al cielo con aceptar la cura de almas?&#8217; Y decía: &#8216;No es el trabajo lo que cuesta; es la cuenta que hay de dar de la vida de párroco&#8217;. Y, realmente, ésto permaneció hasta que murió. En 1858 (a los 72 años de edad) durante una misión que el Rdo. Descôtes predicaba en su parroquia, se acercó con cierto aire de regocijo al púlpito. &#8220;¡Oh, le dijo, esta vez sí que nos convertirá! -En cuanto a usted, señor Cura, replicó el misionero, no hay que temer nada. Yo respondo de ello.- Ah, amigo mío, suspiró el Santo, tomando de repente una expresión grave, usted no sabe lo que es pasar de una parroquia al tribunal de Dios&#8221;. (Relatado por el mismo misionero en 1860)</p>
<p style="text-align: justify;">Cuenta Catalina Lassagne, que en 1827, apenas dos años de haber llegado a Ars, estaba haciendo gestiones en la Curia para pedir el traslado de parroquia, sobre todo por las calumnias recibidas por sus mismos compañeros sacerdotes. Un secreto también le agobiaba: su excelencia le ofrecía la parroquia de Fareins; él duda, ya que su deseo no había sido atendido y preferirá quedarse en su humilde aldea, pensando que tal vez luego, pueda tener la soledad que tanto añoraba.</p>
<p style="text-align: justify;">En 1830, cuando ya las multitudes le envolvían, sus sentimientos eran los mismos, pero sus deseos eran mucho más intensos. Su vecino de Chaleins, el Rdo. Mermod, acude a él para recibir consejos de vida perfecta: &#8220;Conviene no ser párroco durante toda la vida, le dice nuestro santo, pues es necesario reservarse algún tiempo para prepararse a morir&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">25 años depsués, el canónigo Camelet, superior de los misioneros de Pon-d&#8217;Ain, recibirá semejantes confidencias: &#8220;Yo no quisiera morir párroco, porque no conozco ningún santo que haya muerto con éste cargo. Desearía poder disponer de dos años para llorar mi pobre vida&#8230;¡Oh, me parece que entonces amaría de veras al buen Dios!&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">De éstos deseos y de éstos gemidos llegaron alguna vez los ecos al obispo de Belly-Ars, Mons. Devie, que se hacía el sordo. Pero la persistencia de Juan María Vianney en solicitar su <em>exeat </em>demuestra que no perdió la esperanza en ser escuchado, que según los que le conocen, no era un esperanza, sino una necesidad.</p>
<p style="text-align: justify;">El miércoles, colocaré las cartas y relatos de los más intensos intentos de traslado de San Juan María Vianney.</p>
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		<title>Cómo actuar en las injurias y en las alabanzas</title>
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		<pubDate>Thu, 20 May 2010 11:50:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[San Juan María Vianney no ignoraba las denuncias formuladas contra él ante su prelado. Más de una vez algunos colegas amigos le rogaban que hablase en su defensa. Pero él siempre optaba por callarse, y para dar razón de su silencio, refería una anáecdota sacada de su libro favorito, &#8216;Vida de Santos&#8217;: Un santo dijo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">San Juan María Vianney no ignoraba las denuncias formuladas contra él ante su prelado. Más de una vez algunos colegas amigos le rogaban que hablase en su defensa. Pero él siempre optaba por callarse, y para dar razón de su silencio, refería una anáecdota sacada de su libro favorito, &#8216;Vida de Santos&#8217;:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>Un santo dijo un día a uno de sus religiosos: &#8220;Ve al cementerio e injuria a los muertos&#8221;. El religioso obedeció, y al volver, le preguntó el santo: &#8220;¿Qué te han contestado?&#8221;. &#8220;Nada&#8221;. &#8220;Pues bien, vuelve y haz de ellos grandes elogios.&#8221;</p>
<p>El religioso obedeció de nuevo: &#8220;¿Qué te han dicho ésta vez&#8221;. Nada, tampoco, respondió. &#8220;¡Ea!, tanto como si te injurian, como si te alaban, pórtate como los muertos&#8221;.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Y continuaba una vez, luego de ésta anécdota, con ésto:</p>
<blockquote style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Hoy he recibido dos cartas, en una me dicen que soy un santo, y en la otra que soy un charlatán. La primera nada me ha añadido, la segunda, nada me ha quitado; así que si estuviese tentado de orgullo, tendría con qué curarme.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">
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		<title>También protegió a Ars de calamidades</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Jan 2010 12:05:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Incluso, desde el punto de vista materia, Ars parecía estar bajo una singular protección, nos lo cuenta Magdalena Mandy Scipiot: Oí decir a mi madre, que después de 1825, época en que el cura Vianney llegó a la parroquia, hasta su muerte,  no había granizado jamás, lo cual atribuía a la intercesión del Santo Cura, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Incluso, desde el punto de vista materia, Ars parecía estar bajo una singular protección, nos lo cuenta Magdalena Mandy Scipiot:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>Oí decir a mi madre, que después de 1825, época en que el cura Vianney llegó a la parroquia, hasta su muerte,  no había granizado jamás, lo cual atribuía a la intercesión del Santo Cura, tanto más cuanto que él mismo pedía oración para apartar del pueblo de éste terrible azote.</p>
<p>Se ha hecho notar, que durante su ministerio ningún temporal asoló aquel municipio. Mi madre escribía después de cierta tempestad: &#8216;La tormenta no ha sido para nosotros sino una voz que se ha ido extinguiendo.</p>
<p>Y como mi madre veía de lejos la luz de las ventanas, veía que esos días, el señor Cura había pasado la noche en oración.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Nada tiene de extraño, después de ésto, que tantos forasteros que no podían detenerse en Ars sino por un breve tiempo, quedasen tan impresionados y enamorados de aquella bendita aldea, tan despreciada hasta entonces. Los que se habían podido compenetrar bien del espíritu que allí reinaba, y habían logrado gozar de su paz, gustaban de volver, y se hubiera dicho que su pueblo natal era para ellos un destierro. Aquí un relato de alguno de aquellos peregrinos:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>No fue sin un gran sentimiento que nos alejamos de Ars, ¿Cómo nos enamoramos de ese pueblo tan rápido?&#8230; Es que, en aquella tierra sin lustre, habíamos encontrado aquella paz que convierte en patria al lugar donde se gusta. Vueltos al bullicio y la agitación de la ciudad, no podíamos sustraernos al malestar y a la tristeza. Los hombres nos parecían groseros y enemigos; las conversaciones, los gritos y aún el aspecto del trabajo argüían desequilibrio y dolor. La atmósfera de paz y armonía cristianas que acabábamos de perder nos había hecho más impresionables a las miserias humanas. En adelante, tendremos que refugiarnos en nuestros recuerdos de Ars como en un Santuario, y habremos de resucitar en nuestra alma la santa figura del Rdo. Vianney, para que nos aliente y nos consuele de nuevo.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">El autor de éste relato fue Brac de la Berrère, un importante político de Lyon.</p>
<p style="text-align: justify;">El Rdo. Toccanier, que disfrutaba del insigne favor de ayudar a nuestro Santo, recibía de una persona de insigne piedad estas líneas:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>¡Oh, Ars! Si yo pudiese trasladarme ahí como mi pensamiento, me verías ahí todos los días. Apenas he partido y mi alma desearía volver&#8230; Todavía sueño en la felicidad de aquellos días que ya han pasado, de aquellos días en que estuve en vuestra bendita aldea&#8230; ¡Qué feliz es usted!</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">La carta la había enviado la Baronesa de Belvey, en cartas del 17 de Diciembre de 1855 y del 19 de Noviembre de 1856.</p>
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		<title>La paciencia al máximo</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Jan 2010 11:14:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[De su paciencia de cuentan pruebas estupendas, como la que cuenta el maestro Juan Pertinand, en el proceso apostólico continuativo: Un día, sorprendimos, sin saberlo, al Rdo. Vianney, a un niño de la parroquia cuando intentaba apoderarse de las limosnas de las misas. El alcalde fue conmigo a avisar a sus padres. La madre del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">De su paciencia de cuentan pruebas estupendas, como la que cuenta el maestro Juan Pertinand, en el proceso apostólico continuativo:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>Un día, sorprendimos, sin saberlo, al Rdo. Vianney, a un niño de la parroquia cuando intentaba apoderarse de las limosnas de las misas. El alcalde fue conmigo a avisar a sus padres. La madre del ladrón en ciernes, pensando que era el señor Cura quien había denunciado al culpable, fue al día siguiente a la sacristía y le reprochó duramente. Estaba yo de pie junto a la puerta, en la iglesia, oyendo aquella lluvia de improperios. &#8220;Tiene usted razón&#8221;, se contentaba con responder el bueno del señor párroco &#8220;pero no me reprenda, ore por mí, para que me convierta&#8221;, le decía.</p>
<p>Oí decir a Catalina Lassagne que al principio de estar en la parroquia, fue a su casa un hombre y le llenó de insultos. Él escucho sin decir palabra; después, por desgracia, quiso acompañarle y darle un abrazo antes de despedirle&#8230; El sacrificio le causo tan viva expresión que a duras penar pudo subir a su cuarto y tuvo que echarse en la cama. En un momento de llenó de ronchas&#8230;</p>
<p>Le vimos varias veces, cuando alguien le hablaba con dureza, conservar la calma, pero su cuerpo era enseguida presa de cierto temblor: &#8220;Cuando se ha vencido una pasión, decía, hay que dejar que los miembros tiemblen&#8221;.</p>
<p>Una vez también, Juana-María Channey, ocurrió en algo en la <em>Providencia </em>que le contrarió fuertemente. &#8220;Si no fuese porque quiero convertirme, me enfadaría de veras&#8221; nos dijo. Y al pronunciar éstas palabras, conservaba toda su serenidad.</p>
<p>Otro día me dijo también Andrés Treve, pero no puedo precisar la época ni el lugar, que un día le dieron un bofetón y que dijo como respuesta: &#8220;¡Amigo, la otra mejilla tendrá celos&#8221;!</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Ésta admirable paciencia se manifestó de un modo especial entre la multitud. En efecto, allaí era donde encontraba ocasión siempre nueva de perpetuo renunciamiento. Los que querían acercársele tenían tanta ansía de verle y los que ya le habían visto, de verle otra vez. De aquí que el canónigo Gardette dijera:</p>
<blockquote style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">&#8220;que en torno a su persona, se formaban como unas corrientos que lo agitaban en todos los sentidos. Casi estrujado, parecía siempre un ángel de la caridad y de dulzura. en sus facciones, se leía cansancio, pero nunca las impresiones de la baja naturaleza, y sin embargo, a causa precisamente de su temperamento tan enérgico y sensible a la vez, sintió vivamente las contrariedades. Conocía lo fugaz del tiempo y las miserias reales de tantas almas, y tal persona le entretenía con sus ternas repeticiones; tal otra le contaba cosas insignificantes&#8230; Pero con todos se mostraba tan caritativo y paciente que se retiraban llenos de contento y paz&#8221;.</p>
</blockquote>
<address>Tomado de &#8220;El Cura de Ars&#8221;, de Francis Trochu, y &#8220;Pequeña memoria sobre el Rdo. Vianney&#8221;, de Catalina Lassagne</address>
<address>Imagen: Cama que &#8220;usaba&#8221; el cura de Ars (no la usaba, se hizo una cama de paja)</address>
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		<title>¿Cómo enamorarlos de la Eucaristía?</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jan 2010 11:48:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Para atraer con más eficacia a los habitantes de Ars hacia la Eucaristía, el Cura de Ars se esforzó en comicarle el gusto por las cosas santas, a que él ya había llegado. Todos los domingos sacaba a las miradas de aquellas buenas gentes los estandartes más hermosos y los ornamentos más ricos. Durante mucho [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Para atraer con más eficacia a los habitantes de Ars hacia la Eucaristía, el Cura de Ars se esforzó en comicarle el gusto por las cosas santas, a que él ya había llegado. Todos los domingos sacaba a las miradas de aquellas buenas gentes los estandartes más hermosos y los ornamentos más ricos. Durante mucho tiempo, el Santo en persona ensayó a los niños del coro y los preparó tan bien, que ése coro seguía cantando cuando, en 1849, el hermano Atanasio tomó la dirección del ceremonial.</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>Su sentido litúrgico era tan fino y ensayaba a los niños con tanta precisión de buen gusto, que Mons. de Langalerie, en un retiro de párrocos, lo propuso como modelo al clero de su diócesis: &#8216;¿Quieren ver una iglesia donde se observan a la letra todas las ceremonias? Vayan a Ars; el hermano Atanasio es una ceremonia viviente. Su ejemplo os dirá lo que podéis conseguir, si queréis&#8221;.</p>
<address>(Mons. Convert, Le Frère Athanase, Tevoux, Jeannin, 1912, p.4)</address>
<address></address>
</blockquote>
<address style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">En ciertos días, la compostura de los feligreses de Ars edificaba particularmente a los peregrinos, que ya en 1830, abarrotaban a Ars. Todos los años por la solemnidad del Jueves Santo, para conmemorar la constitución de la Eucaristía &#8220;el Rdo. Vianney, dice el canónigo Pelletier, procuarba que el monumento fuese espléndido y disfrutaba contemplando los adornos que realzan la majestad del Tabernáculo. Todo el coro -que había hecho ensayas duramente en 1845- estaba tapizado de estandartes. Una iluminación bien distribuida resplandecía con mil y una luces. Todo ello se hacía para no turbar y para ayudar al recogimiento de los fieles, que imitaban, como niños pequeños, la actitud orante del santo Cura de Ars&#8221;. Efectivamente, aquel día toda la iglesia estaba en perpetua oración, Por la noche, se celebraba la Hora Santa. El señor cura, de rodillas, sin que se sentara un sólo instante, pasaba en vigilia toda la noche del Jueves al Viernes Santos. Así, con ejemplos y gran dedicación, enamoró a los fieles de Ars de las cosas sagradas.</span></address>
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