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	<title>San Juan María Vianney &#187; En el confesionario</title>
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	<description>El atractivo de un alma pura</description>
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		<title>Ya conocía la oración de don Hipólito</title>
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		<pubDate>Thu, 06 May 2010 10:06:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Un día de 1845, un arquitecto de Beaucaire, Hipólito Pagés, de 45 años de edad, se disponía a confesarse con el Cura de Ars, a quien había visto otrs veces, cuando se sintió atormentado por ciertos remordimientos de no haberse hecho sacerdote (remordimientos que por otra parte jamás había manifestado a nadie).  San Juan María [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Un día de 1845, un arquitecto de Beaucaire, Hipólito Pagés, de 45 años de edad, se disponía a confesarse con el Cura de Ars, a quien había visto otrs veces, cuando se sintió atormentado por ciertos remordimientos de no haberse hecho sacerdote (remordimientos que por otra parte jamás había manifestado a nadie).  San Juan María Vianney, luego de la confesión, le dijo:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>Hijo mío, conozco los motivos humanos que impulsan a uno de sus parientes a hablar a usted del sacerdocio. Si al verle a usted por primera vez, hubiese creído que le convenía ser sacerdote, yo se lo habría dicho.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Efectivamente, un pariente del señor Pagés, había deseado su entrada al Seminario por un sentimiento de pura vanidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Otra vez, el Cura de Ars, le dijo al mismo penitente: &#8220;Muchas gracias por tener con tanta frecuencia piedad de mí&#8221;. En una de sus oraciones cotidianas, el fervoroso arquitecto, pensando en el Cura de Ars, rezaba esta fórmula: &#8220;Señor, tened misericordia de él, así como de mis parientes y bienhechores&#8221;. Y tenía costumbre de repetir el nombre de todos aquellos por quienes quería rogar.</p>
<p style="text-align: justify;">Le siguió diciendo el Rdo. Vianney:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>Hace usted muy bien de nombrar delante de Dios a sus parientes y bienhechores, solamente que nombre a algunos que tienen menos necesidad de oraciones que a otros a quienes olvida. ¡Dichoso el amigo de un padre que tiene un hijo tan piadoso</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Y claro, el señor Pagés rogaba cada día por el señor Claparède, amigo de su padre.</p>
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		<title>¿Ha llegado a convertir a algún borracho?</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Feb 2010 01:18:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Se puede presumir que en la mayor parte de la impresión fue tan viva y el golpe de la gracia tan fuerte, que permanecieron fieles al cumplimiento de su penitencia, todos los penitentes que se acercaron al Rdo. Vianney. Lo que es cierto es que el Santo triunfó en cosas muy difíciles y obtuvo la perseverancia de muchas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Se puede presumir que en la mayor parte de la impresión fue tan viva y el golpe de la gracia tan fuerte, que permanecieron fieles al cumplimiento de su penitencia, todos los penitentes que se acercaron al Rdo. Vianney. Lo que es cierto es que el Santo triunfó en cosas muy difíciles y obtuvo la perseverancia de muchas personas a los que no les suele confiar.</p>
<p style="text-align: justify;">He aquí un fragmento relatado por el Rdo. Toccanier:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>El director del seminario mayor de Brou, Rdo. Niermont, me rogó un día, que preguntase al Cura de Ars si había llegado a convertir algún borracho. Se lo pregunté en la sacristía delante de muchos testigos. He aquí la respuesta que recibí:</p>
<p>&#8216;Sí, amigo mío, todavía no ha mucho que una mujer vino a darme las gracias, diciendo: Hasta el presenta, era muy desgraciada con mi pobre marido: recibía de él más palos que pedazos de pan. Pues bien, desde que le conoció a usted, es más manso que un cordero.&#8217;</p>
<p>Un vicario, que estaba con nosotros, refirió a su vez que conocía un caso semejante: un hombre de su parroquia, dado mucho tiempo a la embriaguez, empleaba, desde su viaje a Ars, un remedio heroico para enmendarse: iba a Misa dando un largo rodeo, con tal de no pasar delante de la taberna, cuya vista era para él una tentación horrible.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">A un bebedor incorregible de Chaleins, mi antigua parroquia, declara en el Proceso Mons. Mermod, entonces cura de Gex, lo convirtió el Cura de Ars. Durante los tres años después que vivió, no probó un sólo sorbo de vino, y llevó una vida ejemplar. Cosa notable: aquel buen cristiano que fue un día a encontrarme a la casa parroquial: tenía muy buen asepcto, y sin embargo, quería confesarse, porque según decía, había de morir. Movido por sus ruegos, le di la absolución y la comunión. Una hora más tarde, había muerto.</p>
<address style="text-align: justify;">El relato del Rdo. Toccanier tomado de Francis Trochu, y el del cura de Gex, de Monnin</address>
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		<title>El amor a los pecadores; el odio al pecado</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jan 2010 20:52:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En la homilía que dió el Monseñor Martin, el 4 de Agosto de 1865 (imagen de abajo), en la cual bendijo la Basílica de Ars, que San Juan María Vianney inició pero que no pudo ver terminada,  el Mons. dijo ésta frase: &#8220;Se ha dicho que el gran milagro del Cura de Ars era su confesionario, asediado de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En la homilía que dió el Monseñor Martin, el 4 de Agosto de 1865 (imagen de abajo), en la cual bendijo la Basílica de Ars, que San Juan María Vianney inició pero que no pudo ver terminada,  el Mons. dijo ésta frase:</p>
<blockquote style="text-align: justify;"><p>&#8220;Se ha dicho que el gran milagro del Cura de Ars era su confesionario, asediado de día y de noche. Con igual excelencia, podría asegurarse, que su milagro por excelencia fue la conversión de los pecadores. Yo mismo fui testigo de muchas y muy brillantes.&#8221;</p></blockquote>
<div id="attachment_762" class="wp-caption aligncenter" style="width: 394px"><a href="http://elcuravianney.com/wp-content/uploads/2010/01/ars.jpg"><img class="size-full wp-image-762  " title="Basílica de Ars" src="http://elcuravianney.com/wp-content/uploads/2010/01/ars.jpg" alt="Basílica de Ars" width="384" height="288" /></a><p class="wp-caption-text">Basílica de Ars, que San Juan María Vianney comenzó a construir</p></div>
<p>Constantemente, nuestro santo le decía al Rdo. Raymond: &#8220;Oh, amigo mío, sólo el día del Juicio se sabrá cuántas almas han encontrado aquí su Salvación&#8221;. &#8220;En el fondo, decía Juana María Channay, le impresionaban poco las curaciones milagrosas, decía siempre que el cuerpo era poca cosa. Lo que de verdad le llenaba de gozo era la vuelta de las almas a Dios, lloraba de alegría al contemplar a las personas convertidas al salir de su confesionario&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Un día, sin esperar una respuesta, el señor Próspero des Garets le preguntó por el número de pecadores que había convertido durante un año. Más de setecientos le respondió.</p>
<p style="text-align: justify;">Y sobra decir, que odiaba el pecado, pero amaba profundamente al pecador, el Rdo. Tocannier contaba ésto de San Juan María Vianney:</p>
<blockquote style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">&#8220;El Cura de Ars tenía un atractivo particular para convertir a los pecadores; podría decirse que les amaba con la misma intensidad con la que odiaba el pecado. Lo detestaba y hablaba de él con horror e indignación, pero tenía para con los culpables una compasión inmensa, y sus gemidos por la pérdida de las almas partían el corazón. Un día de Cuaresma de 1841, exclamaba en su habitación: &#8216;Dios mío, ¡que tu hayas sufrido tantos tormentos para salvarlos y que ellos se hayan condenados tan fácilmente&#8230;!&#8217;. Y en los catecismos decía: &#8216;¡Qué dolor más amargo al pensar que hay hombres que mueren sin amar a Dios!&#8217;. Cada noche, durante la oración, apenas podía rezar, tal era su llano, la frase: &#8216;Dios mío, no permitas que el pecador perezca&#8217;, &#8216;¡Ah, los pobres pecadores!&#8217;, &#8216;Dios mío, si yo pudiera confesarme por ellos&#8217;, y había que oír con que tono pronunciaba ésas palabras.&#8221;</p>
</blockquote>
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