Hablando con la Virgen, en persona

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La narradora es Estefanía Duriè, nacida en Arfenille, en el Allier, mujer inteligente, reservada y digna de toda confianza la cual se dedicaba a hacer cuestaciones para las obras de San Juan María Vianney, llegó a Ars por la mañana del 8 de mayo de 1840. Ése día llevaba una suma bastante considerable destinada a fundaciones de misas. Pasó primeramente al orfanato, la Providencia, donde comió, para luego entregar el dinero a quien correspondía. He aquí lo que sucedió:

Acababa de dar la una. El señor Cura estaba solo en su cuarto. Catalina Lassagne me abrió la puerta de la casa parroquial. Comencé a subir la escalera, cuando he aquí que el Cura de Ars hablaba como si alguien estuviera con él. Subí sin hacer ruido, y escuché a una voz dulce que decía: “¿Qué queréis?”

- ¡Ah, mi buena madre! Yo os pido la conversión de los pecadores, el consuelo de los afligidos, el alivio de los enfermos, y en particular, de una persona que hace mucho tiempo que padece y que desea morir o curarse”. La voz respondió: “Se curará, pero más tarde”.

Al oír esas palabras, entré súbitamente en el cuarto, cuya puerta estaba entreabierta. Como yo padecía de un cáncer, estaba convencida de que todo aquello iba por mí. ¡Cuál no fue mi sorpresa al ver, que delante de la chimenea, a una señora de estatura regular, vestida con un ropaje de radiante blancura sobre el cual se veían esparcidas unas rosas de oro! Su calzado me pareció blanco como la nieve. En sis manos brillaban los más ricos diamantes y su frente estaba circundada de una diadema  de estrellas tan relucientes como el sol. Me quedé deslumbrada.

Cuando pude dirigir hacia ella mi mirada, vi cómo sonreía dulcemente. “Mi buena madre, llevadme al cielo.

- Más tarde

- ¡Ah! Ya es tiempo, Madre mía

- Tu serás siempre mi hija, y yo seré siempre tu Madre.”

Después de haber pronunciado esas palabras, desapareció. Permanecí por unos momentos fuera de mí, estupefacta del favor que se me había concedido. ¡Es posible ver cosa tan hermosas y ser tan ingrata! Me decía. Al volver en mí, vi al señor Cura, delante de su mesa, de pie, con las manos juntas en el pecho, el rostro resplandeciente y la mirada inmóvil.  Temí que hubiese muerto, me acerqué a él y le tire de la sotana: “Dios mío, ¿sos vos?

- No, no, Padre mío, soy yo (y mientras pronunciaba yo éstas palabras volvió en sí y se movió), ¿Dónde estaba usted padre? ¿Qué ha visto?

- He visto a una señora

- Yo también, ¿Quién era  ésta señora?

- Si usted habla de ello, no ponga jamás los pies en Ars.

- ¿Puedo decirle lo que pienso? Me parece que era la Santísima Virgen María.

-Yo no se equivoca usted… ¿también usted la ha visto?

- Sí, la he visto y le he hablado… Ahora explíqueme usted qué le ocurría, cuando pensaba que había muerto.

- ¡Oh no! Es que estaba demasiado contento de ver haber visto a mi madre.

- Padre mío, le debo haberla visto… Cuando vuelva conságreme a ella, para que a su vez me consagre a su Divino Hijo”

El Cura de Ars me lo prometió y después me dijo:

- “Usted curará

- Pero padre, ¿cuándo?

- Un poco más tarde. No pregunte usted más.”

Después en un tono muy suave añadió:

- “Con la Santísima Virgen y Santa Filomena, nos conocemos muy bien”.

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