El amor a los pecadores; el odio al pecado

Su confesonario

En la homilía que dió el Monseñor Martin, el 4 de Agosto de 1865 (imagen de abajo), en la cual bendijo la Basílica de Ars, que San Juan María Vianney inició pero que no pudo ver terminada,  el Mons. dijo ésta frase:

“Se ha dicho que el gran milagro del Cura de Ars era su confesionario, asediado de día y de noche. Con igual excelencia, podría asegurarse, que su milagro por excelencia fue la conversión de los pecadores. Yo mismo fui testigo de muchas y muy brillantes.”

Basílica de Ars

Basílica de Ars, que San Juan María Vianney comenzó a construir

Constantemente, nuestro santo le decía al Rdo. Raymond: “Oh, amigo mío, sólo el día del Juicio se sabrá cuántas almas han encontrado aquí su Salvación”. “En el fondo, decía Juana María Channay, le impresionaban poco las curaciones milagrosas, decía siempre que el cuerpo era poca cosa. Lo que de verdad le llenaba de gozo era la vuelta de las almas a Dios, lloraba de alegría al contemplar a las personas convertidas al salir de su confesionario”.

Un día, sin esperar una respuesta, el señor Próspero des Garets le preguntó por el número de pecadores que había convertido durante un año. Más de setecientos le respondió.

Y sobra decir, que odiaba el pecado, pero amaba profundamente al pecador, el Rdo. Tocannier contaba ésto de San Juan María Vianney:

“El Cura de Ars tenía un atractivo particular para convertir a los pecadores; podría decirse que les amaba con la misma intensidad con la que odiaba el pecado. Lo detestaba y hablaba de él con horror e indignación, pero tenía para con los culpables una compasión inmensa, y sus gemidos por la pérdida de las almas partían el corazón. Un día de Cuaresma de 1841, exclamaba en su habitación: ‘Dios mío, ¡que tu hayas sufrido tantos tormentos para salvarlos y que ellos se hayan condenados tan fácilmente…!’. Y en los catecismos decía: ‘¡Qué dolor más amargo al pensar que hay hombres que mueren sin amar a Dios!’. Cada noche, durante la oración, apenas podía rezar, tal era su llano, la frase: ‘Dios mío, no permitas que el pecador perezca’, ‘¡Ah, los pobres pecadores!’, ‘Dios mío, si yo pudiera confesarme por ellos’, y había que oír con que tono pronunciaba ésas palabras.”

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Devoto de San Juan María Vianney, amante de la historia, la de la Iglesia y la de los santos. Soy nacido en Monterrey, donde hice mi apostolado y conocí y enamoré de Dios, y del cura de Ars.

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