El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, puso a San Juan María Vianney, como ejemplo de “santidad sacerdotal”, y destacó que el Santo Cura de Ars, “no se apoltronó en la comodidad asfixiante de un ministerio entendido como mera función burocrática. Se entregó sin retaceos, echó un manto de olvido sobre su persona y no piensa más que en los intereses espirituales de quienes acuden a él”.
Al ofrecer una reflexión para el Año Sacerdotal, el prelado consideró que “las tres horas diarias de adoración ante el Sagrario -de 4 a 7 – y la celebración inmediata de la Eucaristía, constituyeron la fuente vitalizadora de su fecunda actividad pastoral”.
“En las manifestaciones humildes, a veces contrariadas por la mediocridad ambiental, de las diversas y principales actividades de su ministerio, se lo ve poseedor de una sabiduría que no es de este mundo. Es el hombre que mira el bien de las personas: de sus feligreses y de sus penitentes. Sabe que el bien sobre todo bien es Dios y no se cansa de ofrecerlo como lo vive él. Testigo fiel de Dios para un mundo sin Dios. Es consciente de su misión de apóstol y testigo”, subrayó.
Tras calificarlo como “un luchador incansable”, valoró sobre todo las horas que el santo dedicaba para preparar su sermón dominical. “Quienes lo ven y escuchan se conmueven hasta la conversión”, aseguró.
El arzobispo emérito recordó que a su pequeña parroquia en Ars, a sólo 30 kilómetros de Lyon, acudían a confesarse con él y recibir “un decisivo impulso de conversión mediante el consejo y el perdón” numerosas personas, de ínfima y encumbrada situación social. Muchos de los cuales se preguntaban “quién es ese sacerdote sin nivel académico ni prestigio social”.
Monseñor Castagna afirmó que “su única ambición es amar a Dios e intentar, con todas sus fuerzas, que todo el mundo lo ame. De allí su entusiasmo por las misiones”, y lo definió como “un enamorado, cuya felicidad consiste en seguir al Amado hasta la Cruz y morir en ella, y con Él, por los pecadores. Es el secreto de su gigantesca estatura espiritual, de su conversión en víctima de amor, identificado con la Víctima que atrae diariamente sobre el altar”.
“El santo Cura de Ars es un sacerdote feliz, llegado a la plenitud del amor sin resabios de egoísmo, que se siente amado con pureza ejemplar por Jesucristo. Sabe que su respuesta de amor está aún infinitamente lejos del llamado de amor de Dios. No se desalienta. Se reconoce pobre e identifica al Padre Bueno que le obsequia a su Unigénito por amor: “Dios amó tanto al mundo que le dio a su único Hijo” (Juan). Por allí va su vida: respondiendo humildemente al Amor que lo ama. Su espiritualidad se inspira en Jesucristo como el Amor que lo ama hasta la Cruz”, concluyó.
Fuente: Aica online
Al ofrecer una reflexión para el Año Sacerdotal, el prelado consideró que “las tres horas diarias de adoración ante el Sagrario -de 4 a 7 – y la celebración inmediata de la Eucaristía, constituyeron la fuente vitalizadora de su fecunda actividad pastoral”.
“En las manifestaciones humildes, a veces contrariadas por la mediocridad ambiental, de las diversas y principales actividades de su ministerio, se lo ve poseedor de una sabiduría que no es de este mundo. Es el hombre que mira el bien de las personas: de sus feligreses y de sus penitentes. Sabe que el bien sobre todo bien es Dios y no se cansa de ofrecerlo como lo vive él. Testigo fiel de Dios para un mundo sin Dios. Es consciente de su misión de apóstol y testigo”, subrayó.
Tras calificarlo como “un luchador incansable”, valoró sobre todo las horas que el santo dedicaba para preparar su sermón dominical. “Quienes lo ven y escuchan se conmueven hasta la conversión”, aseguró.
El arzobispo emérito recordó que a su pequeña parroquia en Ars, a sólo 30 kilómetros de Lyon, acudían a confesarse con él y recibir “un decisivo impulso de conversión mediante el consejo y el perdón” numerosas personas, de ínfima y encumbrada situación social. Muchos de los cuales se preguntaban “quién es ese sacerdote sin nivel académico ni prestigio social”.
Monseñor Castagna afirmó que “su única ambición es amar a Dios e intentar, con todas sus fuerzas, que todo el mundo lo ame. De allí su entusiasmo por las misiones”, y lo definió como “un enamorado, cuya felicidad consiste en seguir al Amado hasta la Cruz y morir en ella, y con Él, por los pecadores. Es el secreto de su gigantesca estatura espiritual, de su conversión en víctima de amor, identificado con la Víctima que atrae diariamente sobre el altar”.
“El santo Cura de Ars es un sacerdote feliz, llegado a la plenitud del amor sin resabios de egoísmo, que se siente amado con pureza ejemplar por Jesucristo. Sabe que su respuesta de amor está aún infinitamente lejos del llamado de amor de Dios. No se desalienta. Se reconoce pobre e identifica al Padre Bueno que le obsequia a su Unigénito por amor: “Dios amó tanto al mundo que le dio a su único Hijo” (Juan). Por allí va su vida: respondiendo humildemente al Amor que lo ama. Su espiritualidad se inspira en Jesucristo como el Amor que lo ama hasta la Cruz”, concluyó.+


