El demonio se ocupa de él

El demonio se ocupa de él

Había llegado el tiempo del trabajo arduo: el confesionario y los tormentos del demonio.

San Juan María Vianney, contra  lo que se cree, era muy escéptico de cosas extraordinarias, ya había sufrido ataques del demonio antes, y ya había realizado exorcismos, pero siempre se conducía con prudencia y más escepticismo que otra cosa. De hecho, se tardó en adjudicar sus ataques nocturnos a Satanás.

Un día, en medio del silencio de la noche, fueron golpeadas las puertas y se oyeron gritos en el patio de la casa parroquial. ¿Serían ladrones que querían robar los regalos que le había hecho el vizconde de Ars? El Cura de Ars bajó precipitadamente, y no vio nada. Sin embargo, las noches siguientes temió quedarse sólo.

He aquí dos relatos que recopiló Francis Trochu, uno de Andrés Verchère, el 4 de Junio de 1864, y el otro del 2 de octubre de 1876. Andrés nació en Savigneux el 1 de Septiembre de 1798 y falleció en Ars en 1879, a los 81 años de edad. La anécdota data de 1826.

Hacía muchos días, yo tenía 28 años, y era robusto, yo era el carretero del pueblo. Un día el santo Cura vino a mi encuentro y me dijo, diciendóme de los horribles ruidos: ‘No sé si son los ladrones… ¿Quieres dormir en la casa parroquial?’.

- Con mucho gusto, señor Cura, voy a cargar mi fusil. Le respondí.

Llegada la noche, me dirigía a la casa parroquial. Estuve hablando con el señor Cura, junto al fuego, hasta cosa de las diez. Entonces me dijo que nos fuéramos a acostar. Cedióme su habitación y él entro en la contigua. Yo no podía dormir. Hacia la una oí que sacudían con violencia la empuñadura y e picaporte de la entrada del patio. A la vez, contra la misma puerta, resonaban golpes de maza, mientras dentro la casa se llenaba de un ruido atronador, como el rodar de muchos coches.

Tomé mi fusil, y me precipité a la ventana, que abrí con violencia y no vi nada. Miré y no vi nada. La casa tembló durante un cuarto de hora. Mis piernas hacían lo mismo y me resentí por ello por espacio de ocho días. Cuando el estrépito comenzó, el señor Cura encendió una lámpara y se vino conmigo

- ¿Has oído algo?. Me dijo

- Claro está, puesto que me he levantado, y me ve usted con el fusil. Le respondí.

- La casa se conmovía como si templase el suelo. Le dije

- ¿Tienes miedo?. Me preguntó.

- No, no tengo miedo, pero siento que se me doblan las piernas. Creo que se hunde la casa.

- ¿Qué piensas de ésto?

- Creo que es el diablo, le dije.

Cuando hubo cesado el ruido, nos volvimos a nuestras camas. El señor Cura, a la noche siguiente, me rogó que volviese con él: ‘¡Señor Cura, ya tengo bastante!’ le dije.

Después, en la Providencia de Ars, el Rdo. Vianney, comentando los apuros del primero de sus guardianes, se reía de su espanto: “Mi pobre Verchère, temblaba de pies a cabeza con su fusil… ¡Ni siquiera se daba cuenta de que lo tuviese!”, comentó la anécdota Juana-María Chanay, la cocinera de la Providencia.

Pero luego, hubo otro guardián, ya que éste hombre se negaba, a pesar de los ruegos del Rdo. Vianney, así que el alcalde de Ars envió a su hijo Antonio, de 26 años de edad, y que tomó por compañero a Juan Cotton, jardinero del castillo de Ars, de 18 años de edad. Durmieron unas doce noches en la casa parroquial, a la que iban luego de la oración de la tarde.

“No oímos ningún ruido. No así el señor Cura que dormía en el cuarto de al lado. Más de una vez tenía el sueño perturbado y entonces nos preguntaba si habíamos escuchado algo”. Entonces nisitris respondíamos que ningún ruido llegaba a nosotros. Sin embargo, por un momento, percibí un sonido semejante al que se produciría si con una hija de un cuchillo se golpease un vaso de agua. Habíamos colgado nuestros relojes junto al espejo de su cuarto. ‘Estoy maravillado de que vuestros relojes no estén hechos añicos’”, comentaba Juan Cotton.

Muchos otros jóvenes, entre ellos Edmo Scipiot, administrador del castillo de Ars, se apostaron de centinelas en el campanario e incluso en la iglesia. Tampoco ellos oían ruido alguno; solamente, dice Magdalena Scipiot, veían una lengua de fuego que se precipitaba sobre la casa del señor Cura.

Imágen: Habitación de San Juan María Vianney.
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