El Reverendo Vianney, solía levantarse a las tres de la mañana e ir directo al confesionario, donde las personas ya tenías incluso días de hacer fila, luego de allí tocaba las campanas para el Ángelus, la Misa, el catecismo y volvía a el confesionario.
Un día, al impartir el catecismo, llamó a un jóven y le dijo: Anda al cementerio, y maldícelos, y regresa. Al regresar, el Rdo. Vianney, le preguntó: ¿Qué te respondieron? El jóven dijo: Nada. “Ahora ve y bendícelos”. Al regresar, el Rdo. Vianney le preguntó: ¿Qué te respondieron? El joven dijo: Nada. Acto seguido, el Rdo. Vianney: Así debemos ser nosotros cuando nos maldigan o nos bendigan.
Después al ir a la Misa, el Reverendo Vianney dijo: Cuando me dirigía a la Misa, me tope a dos persona, una me dijo que soy un santo en vida, un soldado incansable de Dios; la otra me dijo que soy un farsante y un hipócrita. Ni la primera me agregó en nada ante Dios, ni la segunda me quitó nada ante Él.


