El nuevo párroco podía apenas descubrir su parroquia. Una niebla se había extendido sobre la campiña y velaba los horizontes. No habiendo encontrado quien les guiara, pasada la aldea de Tossieux, los viajeros se extraviaron y anduvieron durante algún tiempo a la aventura. En unas incultas praderas, los niños apacentaban sus ovejas. El Rdo. Vianney se dirigió a ellos. Los jóvenes pastores, que hablaban el patois de la región, no le entendieron de momento: les preguntaba por el castillo de Ars, creyendo que se levantaba en el mismo pueblo. Hubo de repetir varias veces la misma pregunta. Finalmente, el más listo de todos, llamado Antonio Givre, les puso de nuevo en el verdadero camino. “Amiguito, dijole el sacerdote, al darle las gracias; tu me has mostrado el camino de Ars; yo te mostrar el camino del cielo”.
Después el joven pastor dijo que el sitio donde se hallaban era justo el límite de la parroquia. El cura de Ars se puso de rodillas y rezo.
Muy pronto la humilde caravana comenzó a bajar por la pendiente que conduce al Fontblin. Desde alli el reverendo Vianney descubrió “algunas chimeneas esparcidas alrededor de una modesta capilla”. Al divisar a la luz del crepúsculo aquellas casas cubiertas de paja: “¡Cuan pequeño es!”, pensó; y luego, movido de un sobrenatural pensamiento añadió: “Esta parroquia con el tiempo, no podrá contener a los que acudirán a ella”. Entonces se arrodillo de nuevo y rezo al Ángel de la guarda de aquel pueblo. Su primera visita fue para la iglesia.
Ars acababa de recibir a un sacerdote santo, pero de quien nadie hubiera entonces podido augurar que seria canonizado. Es cierto que el mundo desconocía aun sus grandes virtudes. Más estas no constituyen forzosamente la santidad. Aunque era en extremo celoso y mortificado, no había conseguido en esta época de su vida “aquella inefable dulzura”. Aquel grado maravilloso de penitencia y abnegación, que, en 1925, habían de colocarle entre los más grandes y los más populares de aquellos héroes que se llaman santos.
Por la mañana del día 10 de febrero de 1818, tocaron misa. Así fue como se entero Ars de que ya tenia sacerdote. Algunas almas piadosas se alegraron; no se puede decir que la emoción fuera masiva. “Las gentes, dice la señora de Garets, se sorprendieron al oir tocar a misa y dijeron: ¡Vaya, nos ha llegado un párroco nuevo!



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