La paciencia al máximo

La paciencia al máximo

De su paciencia de cuentan pruebas estupendas, como la que cuenta el maestro Juan Pertinand, en el proceso apostólico continuativo:

Un día, sorprendimos, sin saberlo, al Rdo. Vianney, a un niño de la parroquia cuando intentaba apoderarse de las limosnas de las misas. El alcalde fue conmigo a avisar a sus padres. La madre del ladrón en ciernes, pensando que era el señor Cura quien había denunciado al culpable, fue al día siguiente a la sacristía y le reprochó duramente. Estaba yo de pie junto a la puerta, en la iglesia, oyendo aquella lluvia de improperios. “Tiene usted razón”, se contentaba con responder el bueno del señor párroco “pero no me reprenda, ore por mí, para que me convierta”, le decía.

Oí decir a Catalina Lassagne que al principio de estar en la parroquia, fue a su casa un hombre y le llenó de insultos. Él escucho sin decir palabra; después, por desgracia, quiso acompañarle y darle un abrazo antes de despedirle… El sacrificio le causo tan viva expresión que a duras penar pudo subir a su cuarto y tuvo que echarse en la cama. En un momento de llenó de ronchas…

Le vimos varias veces, cuando alguien le hablaba con dureza, conservar la calma, pero su cuerpo era enseguida presa de cierto temblor: “Cuando se ha vencido una pasión, decía, hay que dejar que los miembros tiemblen”.

Una vez también, Juana-María Channey, ocurrió en algo en la Providencia que le contrarió fuertemente. “Si no fuese porque quiero convertirme, me enfadaría de veras” nos dijo. Y al pronunciar éstas palabras, conservaba toda su serenidad.

Otro día me dijo también Andrés Treve, pero no puedo precisar la época ni el lugar, que un día le dieron un bofetón y que dijo como respuesta: “¡Amigo, la otra mejilla tendrá celos”!

Ésta admirable paciencia se manifestó de un modo especial entre la multitud. En efecto, allaí era donde encontraba ocasión siempre nueva de perpetuo renunciamiento. Los que querían acercársele tenían tanta ansía de verle y los que ya le habían visto, de verle otra vez. De aquí que el canónigo Gardette dijera:

“que en torno a su persona, se formaban como unas corrientos que lo agitaban en todos los sentidos. Casi estrujado, parecía siempre un ángel de la caridad y de dulzura. en sus facciones, se leía cansancio, pero nunca las impresiones de la baja naturaleza, y sin embargo, a causa precisamente de su temperamento tan enérgico y sensible a la vez, sintió vivamente las contrariedades. Conocía lo fugaz del tiempo y las miserias reales de tantas almas, y tal persona le entretenía con sus ternas repeticiones; tal otra le contaba cosas insignificantes… Pero con todos se mostraba tan caritativo y paciente que se retiraban llenos de contento y paz”.

Tomado de “El Cura de Ars”, de Francis Trochu, y “Pequeña memoria sobre el Rdo. Vianney”, de Catalina Lassagne
Imagen: Cama que “usaba” el cura de Ars (no la usaba, se hizo una cama de paja)
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Devoto de San Juan María Vianney, amante de la historia, la de la Iglesia y la de los santos. Soy nacido en Monterrey, donde hice mi apostolado y conocí y enamoré de Dios, y del cura de Ars.

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