Ya antes he mencionado que fueron contados los días y ocasiones en los que el Cura de Ars se ausentó de su iglesia en Ars. Para la Navidad de 1854, le comenzaron a llegar noticias alarmantes de su tierra natal, de Dardilly: Francisco, el hermano mayor, estaba muy enfermo. San Juan María Vianney amaba profundamente a éste hermano, ya que fue compañero suyo de trabajo, y maestro en muchas cosas, además, desde la muerte de su padre, en 1819, vivía en la casa solariega.
Francisco era muy buen cristiano: nunca, ni aun en tiempo de recolección, trabajaba en domingo, y algunas veces nuestro Santo dijo aprender ésto de su hermano. Muy afectado al saber la enfermedad de su hermano, le escribió ésta carta:
He sabido noticias tuyas. Me ocultaban ésto, lo que me ha molestado mucho. Te ruego muy encarecidamente que me mandes noticias de cómo te hallas. Ya hubiera partido, si no nos hallásemos en la octava de Navidad.
Te pido hagas que me contesten enseguida para sacarme de dudas… Adiós, mi querido hermano, espero que iré a verte muy pronto. Recuerdos a mi hermana, que debe estar muy apenada.
Juan María Vianney
Entretanto los días iban transcurriendo y Francisco esperaba a Juan María. El 25 de enero de 1855 pidió a su hijo Antonio a que fuera a Ars a buscar a su tan deseado hermano. Así fue como se supo entre los habitantes de Dardilly que el Rdo. Vianney iba a llegar. “¿Si lográsameos retenerle ésta vez?” se decían los unos a los otros. Pero mejor les presento ésta carta, que presento en Rdo. Toccanier al obispo de Belley, en 29 de enero de 1855:
Monseñor:
Tengo el honor de informar a Vuestra Excelencia que la vigilancia de mi santo cura no me inspirará en adelante ninguna inquietud: que la Providencia vela de un modo visible para conservarlo entre nosotros.
He aquí la prueba. El 26 de éste mes, el párroco Vianney, a instancias de su sobrino, que le daba prisa para que fuera a Dardilly a ver a su hermano enfermo, me lo avisó él mismo y añadió: ‘Lástima que no haya tomado mis medidas: ya no volveré’.
No pudiendo oponerme a éste acto fraternal, me ofrecí a acompañarle. Montamos en el coche; venía con nosotros su sobrino, el cochero y el Hermano sacristán (el hermano Jerónimo), a quien el Rdo. Vianney en principio quería dejar. Algunos habitantes de Ars y los peregrinos se apresuraban a arrodillarse a nuestro paso para recibir la bendición del santo Cura, y después entraban a la iglesia para pedir a Dios un buen viaje y un pronto regreso. Sus oraciones, en cuanto a éste último punto, fueron escuchadas más allá de toda esperanza.
Poco habituado a andar en coche, y debilitado por la indisposición que sabéis, y que tanto han exagerado los periodistas, no pudo soportar mucho tiempo los vaivenes de la carretera. Al llegar a Parcieux, mucho antes del puente del Saona ( a 17 km de Ars): ‘No puedo seguir adelante, me dijo, me siento desfallecer’. Los caminos estaban cubiertos de nieve y hielo. Ya en la subida de Grandes Balmes, el dolor de estómago se apoderó de él. Bajó del coche, y emprendió la cuesta a pie. Después se puso a temblar. Quisimos cortar una estaca de una cerca, pero se opuso porque ‘hubiera sido un robo’. Pasó un hombre que llevaba rodrigones; le compró uno por cuarenta céntimos. Así anduvo de tres a cuatro kilómetros, muy despacio, ora en coche, ora a pie, alternativamente.
Llegados a Parcieux, emprendió el regreso a Ars con el cochero y el bueno del sacristán. En cuanto a mí, como sabía que le era agradable que se adelantasen a los deseos de su corazón, continué con el viaje con su sobrino, hasta Neuville, donde encontramos un coche. Los caminos estaban tan resbaladizos, que llegamos a Dardilly ya de noche. ¡Pero cuál no fue la decepción de su pobre hermano al no ver al único al que esperaba! Sin embargo, mi presencia le complació. Hacia las diez de la noche, el señor cura de Dardilly, que le había llevado el santo Viático, juzgó oportuno administrarle la extremaunción.
Sentía ansias por ver nuevamente a mi santo Cura. Así que, al día siguiente por la mañana, partí enseguida para Ars. Pregunté al hermano Jerónimo si les había ocurrido algo durante el regreso. ¡Oh prodigio! Sabéis, monseñor, cuán débil estaba el párroco Vianney. Pues al volver hacia Ars, no parecía el mismo: había recobrado su todo su vigor, y no bajó del coche hasta delante de la puerta de la casa parroquial. En cuanto llegó, se sentó en el confesionario, y por la noche, rezó la oración como solía.
Un episodio de éste viaje: en la subida de Tevioux, el coche que conducía al Rdo. Vianney se cruzó con la diligencia que hacía el servicio de Ars a Lyon. Iba llena de peregrinos, los cuales, al no encontrar al que buscaban, volvían muy afligidos. Por suerte, conocieron al santo sacerdote. Enseguida bajaron del coche, dejaron que éste se marchara vacío y escoltaron al Rdo. Vianney hasta Ars, donde entraron con él a la iglesia. “Entre éstos peregrinos, le pregunté, había sin duda grandes pecadores? -Oh sí, amigo mío, algunos llevaban hasta cuarenta años sin confesarse. -Ve usted, señor Cura, cómo el mismo Dios le ha impedido avanzar, para volverle, sin demora a la obra que le es agradable sobre todas, la salvación de las almas”. No me respondió palabra.
Por lo que a mí toca, Monseñor, previendo que los habitantes de Dardilly se aprovecharían de la enfermedad de su hermano para hacer otra vez presión al cura de Ars, por prudencia, pregunté al enfermo si tenía algo de particular de decirle: “No, respondió Francisco Vianney, tan sólo deseaba verle”. A mi regreso referí éstas palabras a mi santo Cura. Venían muy a propósito, pues dos horas más tarde llegaba el vicario de Dardilly: “Su hermano desde absolutamente verle, le dijo éste sacerdote”… -No es posible trasladarme a Dardilly; he tenido ya que dejar el camino. -Sin embargo, señor cura, su hermano quiere decirle algo muy importante. De lo contrario yo no hubiese venido. -No, amigo mío, ya sé a qué atenerme, el señor misionero me ha repetido ya las palabras de mi hermano Francisco.
Francisco tenía una enfermedad mortal. Vivió aún muchos días, sin tener el consuelo, muy legítimo, de verse asistido en sus últimos momentos por su querido hermano Juan-María. Ocho días antes de morir, decía a su hija que lloraba a su cabecera: “Consuélate; viviré hasta el Viernes Santo”. Efectivamente, en el día del Viernes Santo, del 6 de abril de 1855, murió Francisco Vianney. El Sábado Santo, su hermano no pensó siquiera en ir a sus exequias; lloró en silencio en su retiro del confesionario, donde, por ser Pascua el día siguiente, hubo de permanecer por un espacio de dieciocho horas continuas.
Catalina Lassagne escribe ésto en su Memoria:
Fuente: Francis Trochu publicó la carta del Rdo. Toccanier, y el fragmento de Catalina Lassagne, de su libro ‘Petit mémorie, p. 31-32. Imágen: Casa donde vivieron los Vianney, en la que murió el hermano mayor, Francisco Vianney.Aún a ésto se resignó. Estaba convencido de que esta vez los habitantes de Dardilly renovarían las tentativas para retenerle entre ellos… se acordó de que, en enero, Dios había permitido aquel cansancio excesivo para evitar que cayera en el lazo… Así fue cómo Dios hizo lo que le plugo, a pesar de los planes y combinaciones de los hombres, y de los hombres santos como el Cura de Ars.


