El Rdo. Vianney no prescribió ninguna vestimenta para el colegio, ni les impuso reglas escritas, ni tampoco contempló si quiera el someterlas al voto religioso; sin embargo, a pesar de no vivir como religiosas, les indujo a la práctica de la virtud. Catalina Lassagne había de estar cerca de 22 años como directora de la fundación y siempre fue digna de la infinita y fiel confianza que le brindaba el Cura de Ars. Alma sencilla y de fe arraigada, aprendió de él a soportar sin queja, las privaciones, las angustias y el rudo trabajo.
Juana María Channay, si bien muy abnegada, puso a prueba la paciencia de Catalina Lassagne, debido a su quisquilloso carácter. En 1830, la joven directorio sufrió el enorme dolor de ver morir a su compañera, pero sobre todo amiga, Benita Lardet. Su suplente fue María Filliat, una persona de carácter imperioso y propensa a contradecir todo lo que Catalina proponía o decidía. El Cura de Ars le decía que era necesario forjar y hermosear su corona, y además, hacía falta personas de carácter como educadoras.
Pero, como dice Francis Trochu, lejos de destacar los defectos de los que colaboraron, es imperioso decir que todos cuantos participaron en “La Providencia” no tuvieron otra paga más que los alimentos y los gastos ordinarios de la vida; sólo recibían la satisfacción de hacer el bien por el prójimo. El día de San Martín de 1824, Catalina y Benita, después de haber preparado los enseres indispensables, se instalaron en la escuela. Todo en ella era extremadamente pobre. El Rdo. Vianney había prometido asegurar a las profesoras manutención y techo, pero no encontraron ni siquiera algo para cocinar la primera comida. Ése primer día, decidieron no ir a comer a sus casas, pero sus madres les llevaron comida.
Al día siguiente, por la mañana, las niñas de la aldea se reunieron en torno a las jóvenes maestras. “Pero bien pronto -dice Catalina- por ser una escuela enteramente gratuita, las parroquias vecinas quisieron aprovecharse y nos enviaron niñas de Mizerieux, Savignux, Villanueve, etc. Fue necesario transformar el desván en dormitorio. El primer año (1825-1826) alojamos a diez y seis alumnas”.
Así, de ninguna manera prevista, se fundó un pequeño orfanato. No se exigía ninguna retribución en metálico, ya que San Juan no lo permitía bajo ninguna circunstancia. Los padres procuraron las camas y las ropas y tomaron la costumbre de llevar provisiones… Poco a poco todo terminó por arreglarse.
Debemos rendir homenaje a otras personas que ayudaron mucho a San Juan María Vianney en la fundación y buena marcha de ésta obra llamada “La providencia”: la señorita Beger, de Lyon que según Catalina, “sin quedarse en la escuela, se encargó de los gastos del ajuar”; la señora Guillermet, “una excelente viuda de Chaleins, que fue muy útil en los comienzos ayudando a Catalina y Benita”; las señoritas Ricotier, que pusieron a dispocisión de Catalina y Benita su modesta fortuna y compraron varios inmuebles, de cuyas rentas se fueron cobrando para beneficio de “La providencia”.
Nota: Pormenores tomados por los relatos que dieron Catalina Lassagne y Juana María Channey en el proceso ordinario. Imágen del edificio de lo que fue “La Providencia”, tomada en 1920.

