En enero de 1791, cuando entró en vigor la Constitución civil, en la comarca de Lyon, Juan María Vianney no cumplía aún los cinco añitos de edad. Don Jacobo Rey, llevaba de cura de Dardilly por 39 años, seguía como el cura del pueblo, tuvo la tentación de presentar el juramento civil cismático. Pero, si hay que dar crédito a las tradiciones locales, ilustrado por su coadjutor y colegas vecinos, no tardó en reconocer y reprobar su falta. Permaneció durante algún tiempo en su parroquia, celebró la Misa en una casa particular y después se retiró a Lyon, y de ahí se desterró en Italia.
Si bien la salida del cura no dejó de conmover, no causó la turbación que se podía esperar. La iglesia permaneció abierta, pues llegó otro sacerdote enviado por el obispo, que no fue enviado por Roma, sino por delegados, y habían jurado la constitución civil, es decir, eran cismáticos, amigos de Napoleón.
¿Pero cómo podían sospechar los sencillos pueblerinos de Dardilly, que su cura era un cismático, simpatizante del gobierno de Napoleón? Esto dado que no había ningun cambio significativo en las ceremonias, en los adornos, en los métodos parroquiales. Y claro, Mateo Vianney, y sus hijos, no eran la excepción.
Pero poco a poco se fueron dando cuenta: Catalina, la hija mayor, aunque no tenía apenas 12 años, fue la primera en sospechar. En el púlpito no habla de lo mismo ni de la misma manera que el señor Rey. Las palabras ciudadano, civismo, constitución, eran el adorno y tema principal de sus sermones, e incluso, en ocasiones lanzaba ofensas a sus predecesores. Además, la concurrencia a la iglesia era más abigarrada, y a pesar de ellos, menos numerosa que antes; personas muy fervorosas ya no acudían a misa como antes. Por el contrario, acudían a misa personas que jamás habían acudido antes. Así que Catalina expresó todas estas inquietudes a su madre.
Así andaban las cosas, cuando los Vianney recibieron una visita de un pariente suyo que vivía en Ecully: “Amigos míos, qué hacen!, los buenos sacerdotes negaron el juramento, ustedes han acudido a Misa de un juramentado. A los buenos sacerdotes, los persiguen y hacen que dejen sus iglesias. Por dicha, quedan algunos en Ecully entre nosotros. Es a éstos a los que se deben de dirigir. Su cura, al ser juramentado, se ha separado de la Iglesia Católica, y por tanto, no es un cura al cual deben seguir”.
Puesta fuera de sí, por esta revelación, la madre de Juan María no tuvo reparo en reprocharle tal pecado al cura juramentado, y reprocharle su divorcio con la verdadera Iglesia de Dios. Al trarle a la memoria el pasaje del Evangelio, donde dice que la rama separada del tronco será arrojada al fuego, lo arrastró a ésta confesión: “Es cierto, señora, la cepa vale más que el sarmiento”.
María Vianney hubo pues, que explicar ésta situación a toda la familia y el porqué dejar de acudir a Misa en Dardilly, pero se cuenta que el pequeño Juan María Vianney “quedó horrorizado por el pecado y se retiró de enfrente del cura juramentado”. Desde entonces, la iglesia parroquial dejó de ser el lugar de oración de la familia Vianney. Por otra parte, no tardó mucho en ser clausurada.
Relatado por la hermana de San Juan María Vianney, Margarita, y el que fuera su vicario por años, Reverendo Raymond.

