Misterio en el confesionario

ConfesionarioCuraDeArs

En el año de 1849, la señorita María Roch, de París-Montrouge, quiso recurrir a las luces de San Juan María Vianney: estaba afligida por ciertas penas interiores muy vivas, y creía que solamente un hombre de Dios como el cura de Ars podría librarla de ellas.

Después de una larga espera, la señorita Roch pudo acercarse al confesionario; desde su sitio, dirigió sus miradas al rincón oscuro donde trabajaba San Juan María Vianney, ¿qué veía allí? Dos rayos de fuego parecían salir del rostro del Santo, cuyos rasgos aparecían confusos, como eclipsados, por aquellos intensos resplandores. ¿Era aquella mujer un objeto de una alucinación o confusión? No, la señorita Roch era muy dueña de sí, y la luz solar no podía en aquellas horas penetrar en aquel rincon oscuro de la iglesia de San Juan Bautista. No tuvo valor para entrar en el confesionario y se marchó.  Pero el Cura de Ars ya había leído su corazón.

Al día siguiente, al salir del catecismo, y sin que ella le hubiese explicado cosa alguna, pasó por su lado, y deteniéndose le dijo: “Hija mía, esté usted tranquila; todo irá bien”.

¿Qué veía el Cura de Ars? ¿Qué sentía durante aquellos minutos que no era de éste mundo? Sólo el podía decirlo, y jamás lo hizo. Por dicha nuestra, hubo terceras personas que fueron favorecidas siendo testigos de las cosas que le sucedían y que hablaron en sus procesos de canonización.

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Devoto de San Juan María Vianney, amante de la historia, la de la Iglesia y la de los santos. Soy nacido en Monterrey, donde hice mi apostolado y conocí y enamoré de Dios, y del cura de Ars.

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