‘¿Dónde está el santo’?, preguntaban los recién llegados a Ars. ‘Pasa el santo’, gritaban cuando aparecía el humilde sacerdote… Y, dirigiéndose a los feligreses, después de ver cómo lo aclamaban de ésta manera, decían algunos: “No tenemos más necesidad de maravillas para creer que nuestro Santo Cura de Ars”. Efectivamente, según frase del antiguo obispo de Belley-Ars, y después cardenal arzobispo de Reims, Mons. Luçon, “si jamás ha habido hombre canonizado por la voz popular, éste ha sido nuestro Santo Cura: la sentencia de la Iglesia no hará más que confirmar la sentencia del pueblo”. Algo que se vivió igualmente con S.S. Juan Pablo II y la Beata Teresa de Calcuta en nuestros tiempos.
Preguntaban a un viñador del Mâcnnais qué había visto en la aldea de Ars: “He visto a Dios en un hombre”, respondió. Un joven peregrino decía: “Cuando se ha tenido la dicha de ver a éste sacerdote, no concibo que sea uno capaz de ofender a Dios”. Un señor de Marsella tenía una idea tan elevada de la santidad del Cura de Ars, que no se atrevía a presentarse delante de él sin antes haber purificado su conciencia y haber recibido la comunión en la capilla de Fourvière; lo que le mereció una enorme reprimenda cando San Juan María Vianney se enteró de su excesiva estimación a su persona.
Habiendo llegado hasta Lyon, en 1851, el rumor de que el cura de Ars había predicho “que el Príncipe-Presidente sería asesinado durante una revista que había de pasar”, un desconocido de aspecto no muy tranquilizador fue a encontrar al alcalde de Ars, señor des Garets.
Era un comisario de la policía encargado de investigar acerca de la pretendida profecía. El señor des Garets, alarmado, fue a avisar al Rdo. Vianney, que estaba en el confesionario. “Esté usted tranquilo, no hay nada que temer”, le dijo el rdo. Vianney, sin que el señor des Garets dijera palabra alguna. Mandó entrar al comisario a la sacristía y cerró la puerta.
La conversación duró diez minutos, y la anécdota la continua el señor alcalde:
Se abrió la puerta, y vi salir al señor Cura con aquel hombre que derramaba abundantes lágrimas. Les di alcance, y al dejar la iglesia, me dijo con profunda emoción: ¡Pero el cura de ustedes es admirable, es un Santo!
Éste comisario de policía había sido enviado para una diligencia muy desagradable ante un hombre a quien gustosamente hubiera tomado por un iluminado y perturbador. Se apartaba de él “lleno de admiración por su virtud”.
Muchos eran los que iban a Ars sin creer en su párroco. ¡Un santo… qué cosa más anticuada, prehistórica y supersticiosa!


