Peregrinando para aprender latín

Peregrinando para aprender latín

Si eres nuevo por aquí, quizá quiseras suscribierte al feed RSS. Gracias por visitar El Cura Vianney!

Por segunda vez en su vida, Juan María Vianney iba a dejar los campos de Dardilly y la casa de sus padres. A pesar de que había cambiado mucho desde el tiempo de su primera comunión, los mrados de la granja de Point-du-Jour hallaron el joven, al mismo niño amable y candoroso de entonces. Sin ser todavía perfecto, el futuro santo mostrará bien pronto a qué grado de virtud será capaz de elevarse. Casi en cada comida se contentaba con la sopa, sin probar otra cosa, aunque se lo rogasen. Y esto en la edad del desarrollo, cuando el apetito tiene necesidades imperiosas y exigentes. Juan María, que seguía su plan al imponerse estas penitencias, todavía deseaba mortificarse más: para atraer sobre sus estudios las bendiciones del cielo, pidió a su tía que le sirviese a él el caldo antes de poner la manteca. Ya fuese por olvido, ya pasa simplificar, Margarita Humbert le servía varias veces como a los demás de la familia. Mas el sobrino, a quien su natural viveza dominaba todavía durante algunos instantes, al tomar las primeras cucharadas, ponía un rostro malhumorado como si se le atragantase cada sorbo (lo contó la misma Margarita Humbert en el proceso de canonización). Día vendrá en que, ayudado por la gracia, conservará su sonrisa aún en los peores momentos de su vida.

Siempre amigo de los necesitados, llevaba a casa de los Humbert, para que pasasen la noche, cuantos mendigos encontraba en el camino, algo que ya hacía su padre, cuando un santo fue acogido en casa de los Vianney. Más de una vez llenó la casa de pobres. Un día, que iba a Dardilly para ver a sus padres y hermanos, dio a un hombre lleno de miseria unos zapatos nuevos que le había comprado su padre. Podía creerse dueño de los mismos, por haberlos comprado con el precio de su trabajo. Sin embargo, le reprenderon seriamente al verle llegar descalzo a la casa de su familia. Pero no pudo enmendarse. En otra ocasión se cruzó por el camino con un pobre rodeado de niños pequeños. Movido a compasión, le dio los siete francos que llevaba consigo. Había dado ya comienzo a sus estudios de seminarista. Pasaba  las mañanas y las tardes en la casa de su mentor, el señor Balley. Al llegar era recibido por la amable sonrisa de la señorita Margarita Balley, la cual bajo el traje del mundo, conservaba el alma y las maneras de Sor María Josefa Dorotea. Su hermano Carlos tenía fama de ser un buen teológo. En varias ocasiones había rehúsado la cátedra de moral del seminario mayor de Lyon. Si su trato era grave y su voz recia, su mirada, en cambio, era muy dulce y venébola. Juan María se sintió cómodo muy pronto con él.

Más ¡ay! la gramática latina le pareció demasiado díficil. El joven estudiante era pronto y agudo en sus respuestas; gustaba mucho oírle hablar; pero entraba con dificultad en los estudios; en cuanto sentía una pluma en sus dedos se manifestaba lerdo y cortado. Sin que careciese de ella, su inteligencia estuvo como latente durante muchos años. Los primeros rudimentos de la gramática son cosa de memoria; en Juan María ésta facultad se había enmohecido mientras había tenido brillante su azada; había olvidado las pocas nociones gramaticales adquiridas en la escuela del Ciudadano Dumas. Y no es posible emprender el estudo de la sintaxis latina sin conocer antes la francesa, ¡qué labor más aplastante!

El pequeño Deschamps y los hermanos Loras, que retenían con tanta facilidad las declinaciones y conjugaciones y aunque era bien educados, se reían con disimulo al oír tropezar al mayor de sus compañeros en lo que ellos habían aprendido como cosa de juegos. El señor Balley no tenía ciertamente ganas de reír ¿Aquel joven de juicio recto y profunda piedad, tendría que arredrarse al primer obstáculo? ¡Terrible tarea, más dura que la del campo a las órdenes de su padre! Obstinadamente, llegada la noche, el alumno ya de veinte años, a la débil luz de una lamparilla, se inclinaba por horas ante los libros. Después, con fervorosa oración, pedía al Espíritu Santo que grábase aquello en esa “pobre cabeza”. Y al día siguente, echaba de ver aquellos datos en la cabeza, descubriendo que durante la noche habían huído. Pasado el tiempo, el padre Deschamps explicaba como tenía que ayudarle buscando en el diccionario las definiciones y traducciones convenientemente correctas. Uno de los hermanos Loras,  que quizá era el más adelantado, también buscaba tiempo libre para ayudarle al pobre Juan María. Un día, cansado de “la torpeza del mayor”, le pegó en presencia de los otros. Juan María, se arrodilló ante el niño de 12 años para pedirle perdón, algo que conmovió al niño, y ambos lloraron disculpandóse mutuamente. Más tarde, Matías Loras, fue misionero en Estados Unidos, y obispo en Dubuque, donde tuvo gran fama de santidad, y la gente lo elegía como patrono en las confirmaciones. Jamás olvidó las palabras y acciones de “el hermano mayor Juan María”.

Los adelantos de Juan María en los primeros meses, fueron casi nulos, a pesar de que tenía una gran tenacidad al tiempo de estudiar. Sin embargo, su tía Humert, preocupada por la languidez de su dieta escueta, le hizo saber al padre Balley sobre la situación de nuestro santo. El párroco de Ecully, por ser él mismo igual de asceta, no hizo gran caso, y sólo le dijo éstas palabras al joven Vianney: “Mira, hijo mío, es muy bueno orar y hacer penitencia, pero es menester también alimentarse y no arruinar la salud”. Entretanto, se le aproximaba una crisis vocacional al joven estudiante, pudiendo tener un desenlace fatal: su trabajo era duro y tenaz, pero no veía ningún fruto. Comenzó a pensar en el hogar y en el trabajo en los campos con su padre, en cuyos cultuvos, y gracias a su robustez, los frutos eran fáciles. “Quiero volver a mi casa”, dijo tímidamente el joven Juan María Vianney al padre Balley.

Con su mirada penetrante, el experto maestro Balley exgrimió en toda profundidad la tribulación de su joven discípulo. Le dijo: “¿A dónde irás hijo mío? No harás nada más que acrecentar tus penas… Bien sabes que tu padre no desea otra cosa que estés a su lado; al verte triste, sin embargo, no te dejará volver. Entonces ¡adiós tus planes! ¡adiós sacerdocio! ¡adiós almas!”. Sólo éste pensamiento hizo meditar al joven, y así fue que el maligno dejó de tentarlo, por lo pronto, claro, sin que hiciese ésto que su cabeza fuera menos rebelde. Para mover el cielo, recurrió a algo heroico: Hizo voto de peregrinar a pie, mendigando de ida y regreso, al Sepulcro de San Francisco de Regis, apóstol del Velay y del Vivarais.

Así que en 1806, durante el buen tiempo, se puso en marcha, desde Ecully hasta Lalouvesc, alrededor de cien kilómetros, a pie y mendigando, ida y vuelta. Vivió cosas propias de los mendigos: fue echado de fincas y de casas a las que se acercaba a pedir agua o un poco de pan, y aunque tenía dinero ahorrado por si lo necesitaba, no quiso usarlo. La noche siguiente a ésta, tuvo más suerte y encontró unos corazones no tan duros, y le proporcionaron una cena modesta, y le permitieron llegar al Santurario, que estaba a poco más de 1100 metros de altura entre las montañas del Alto Vivarais. Llegó muy cansado, pero a la mar de contento.

Recorrido de Ecully a Lalouvesc a pie

Ver mapa más grande

Llegando a aquel lugar, Juan María no pensó en otra cosa que postrarse en el sepulcro de San Francisco de Regis (el ataúd de roble que estaba, fue cubierto por uno de bronce en 1834), y decirle, inocenetemente, el motivo de su peregrinaje: Alcanzar “la gracia de saber el latín necesario para cursar teología”. Y se le fue concedida, pero en una medida muy justa y modesta. Dios, que tiene sus designios para cada una de sus almas, quería, al probar la fe de su siervo, disponerse para unos más duros combates heroicos, que le darían la fama y el cielo.

Juan María Vianney veneró el viejo templo que estaba en ruinas, contemplandólo y recorriendólo mientras oraba. Recordó al apóstol de Vivarais, que aunque devorado por una fiebre, predicó una misiones en el año 1640, con mucho celo, pues sentía cercana su muerte. El 26 de diciembre, abrasado en sed y de haber confesado desde las 2 am hasta las 2 de la tarde, dió la Misa y siguió confesando en un cuarto sin ventanas. Al final cayó desvanecido. Lo llevaron al fuego, pero ya no volvió en sí. Una tisis galopante acabó con él la media noche del 31 de diciembre, a la edad de 43 años. Éste ejemplo lo recordó y estando en el mismo lugar. Recorría en fin, el templo, meditando éstos ejemplos, sin sospechar que él mismo atraería a miles de personas a la confesión, y que igual de enfermo, ejercería su ministerio hasta su partida con el Señor.

En Lalouvesc se confesó y comulgó. Le refirió al padre jesuita que lo había confesado las penurias y lo difícil que había sido mendigar en el peregrinaje, y si era necesario hacerlo también en el viaje de regreso; el reverendo Tocannier menciona que el mismo Juan María Vianney, decía que la orden fue regresar, y ya no pedir limosna, sino darla él, hasta la llegada a Ecully. Se regresó a pie, pero él pagó sus servicios de comida y hospedaje. Además, dio limosna a todo aquél que se la pidiera, signo de que él mismo no tenía aspecto de mendigo, y le agradó tanto ésta nueva manera de vivir lo que enseña la Escritura: “Vale más dar que recibir”, que aseguró luego: “Jamás haría ni aconsejaría a nadie hacer el voto de mendigar.”

Las contrariedades de éste viaje, y las malas experiencia que tuvo al hacerse mendigo, lo hicieron palpar en carne propia la miseria de la pobreza sin alberge y le hicieron muy indulgente y compasivo para los pobres nómadas que sólo viven de las limosnas.

Related Posts with Thumbnails

Post Author

This post was written by Simbelmynë! who has written 118 posts on San Juan María Vianney.

Devoto de San Juan María Vianney, amante de la historia, la de la Iglesia y la de los santos. Soy nacido en Monterrey, donde hice mi apostolado y conocí y enamoré de Dios, y del cura de Ars.

Trackbacks/Pingbacks

  1. Bitacoras.com - 20. jun, 2009

    Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Por segunda vez en su vida, Juan María Vianney iba a dejar los campos de Dardilly y la casa de sus padres. A pesar de que había cambiado mucho desde el tiempo de su primera comunión, los mrados de la granja de Point-du-Jour h…..

  2. San Juan María Vianney » Blog Archive » Predicción de una muerte cercana - 02. ago, 2009

    [...] su marido, al santuario de Louvesc. El Cura de Ars le habló complacido de San Francisco de Regis, cuyo sepulcró también él había visitado, y a quien era acreedor de tantos favores. La señora Pauze, creyendo que no le volvería ver antes [...]

Leave a Reply