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A 147 años de su muerte, tenemos la oportunidad de reflexionar brevemente en torno a algunos de los rasgos característicos del Santo Cura de Ars.
En cierta ocasión, llego un párroco joven a una parroquia vecina a aquella de Ars y se dio cuenta de que mucha gente de su comunidad acudía a la parroquia de Ars. Él, siendo un sacerdote bien preparado académicamente, con muchas y muy recientes innovaciones pastorales, trató de retener a los suyos en su comunidad. Pero la gente seguía acudiendo a Ars. Entonces el párroco le dirigió una carta al cura de Ars recordándole que era una persona poco preparada, poco culta. De hecho se había enterado de que el obispo le había pedido que estudiara teología moral en sus ratos libres, que no eran muchos. Concretamente la teología moral de San Alfonso María de Liborio. Y le dijo: “gente tan poco preparada como usted debería abandonar la parroquia. No sé cómo se atreve a confesar”. El párroco de Ars, San Juan María Vianney, recibió la carta, la leyó y pocos días después le contestó. Le dijo que le agradecía sus observaciones; que en verdad él se sentía muy limitado y que le agradecía mediara ante el Obispo para que le exonerara de la atención pastoral de la parroquia.
El joven párroco tomó la carta entre sus manos y la llevó al obispado, seguro de que el Obispo le atendería y finalmente el Cura de Ars sería removido. El señor Obispo escuchó atentamente al párroco, leyó la carta que le había dirigido a san Juan María Vianney y después le hizo este comentario: “Mira. Él se queda en su parroquia y tú te quedas en la tuya. Sin embargo te voy a hacer una observación. Tú estás envidioso. Si la gente de tu parroquia va a la parroquia en Ars, es porque encuentra en Ars lo que no encuentra en tu parroquia”. El párroco le dijo al Obispo: “Mire, tenemos estos planes, estas actividades…” El Señor Obispo, habiendo comprendido, le respondió: “No me refiero a eso. Lo que sucede es que en Ars encuentran a uno que es sacerdote, que es totalmente sacerdote, que es enteramente sacerdote. Cuando en tu parroquia encuentren eso, entonces ya no irán a otra parroquia, mientras en tu parroquia no encuentren eso, seguirán yendo a Ars”.
“Un sacerdote, alguien que es enteramente sacerdote, alguien que es totalmente sacerdote”. De este sacerdote, el santo Cura de Ars, podemos tomar este detalle: llega él a una pequeña comunidad, no muy distinta de las comunidades de la región. Recordemos que han pasado décadas de la ‘descristianización’, iniciada con la revolución francesa. Se puede decir que Ars, siendo pequeña parroquia de apenas 400 habitantes, no es ni mejor ni peor que las demás. Aunque a veces se ha dramatizado la situación pastoral de la parroquia de Ars. Se trata de una parroquia con muchas de la región. No son precisamente los habitantes de Ars anticlericales, como a veces se ha dicho. Consta que un sacerdote que precedió al santo Cura de Ars, el P. Enteplas, fui bien recibido. Poco después, enfermo, fue bien atendido por la comunidad y cuando falleció, la comunidad se reunió en tomo a su cadáver para orar con el, para encomendarlo a Dios. No es, pues, una comunidad que odie o que rechace al sacerdote. Se ve por este detalle que acabo citar. Lo que si encuentra el Santo Cura de Ars, es que en su comunidad, como en todas las comunidades de la arquidiócesis de Lyon y de muchas otras diócesis francesas, abunda la ignorancia. Es decir, hay una casi nula instrucción religiosa. Además ha proliferado el alcoholismo tanto en hombres, como en mujeres; tanto en los adultos, como en los jóvenes. Repito: esto que encontró el santo cura de Ars, lo hubiera encontrado en muchas parroquias de la región. El santo cura de Ars, cuando llega a esta parroquia tiene poco mas de 32 años y se propone en el nombre de Dios y para la Gloria de Dios transformar esa parroquia. Lo que algunos han descrito como una pequeña selva, el quiere convertirla en un hermoso jardín. Ante el sagrario el santo cura de Ars elabora un programa que consta de 7 puntos. Los voy a comentar brevemente porque son muy interesantes, son las prioridades pastorales de un sacerdote que no a descuidado la oración que se entrega a la atención de sus hermanos. Se trata de un programa elaborado ante el sagrario, subrayo esto por que es un programa motivado por el amor a Dios y el Amor al prójimo.
PRIMER PUNTO DEL PROGRAMA DEL ANTO CURA DE ARS:
Visitar cada uno de los hogares
Es decir, no esperar a que la comunidad se acerque al párroco, el ha de tomar las indicativa y ha de visitar cada uno de los hogares, para conocer a cada uno de los integrantes de las familias. Para el es importante, muy importante, el contacto fresco y positivo con las familias. “Nada sustituye este contacto personal”, decía el santo cura de Ars. “Es necesario-subraya el-, el conocer a los fieles y el darse a conocer a los fieles”. Una observación, dice el que al principio procurara tocar los temas que son de dominio de la gente para, poco a poco, empezar a hablarles de Dios y terminar hablando constante, frecuente y alegremente a Dios. No hacer odioso el tema religioso. Al contrario, hacerlo amable para la gente guste de esa miel que es la palabra de Dios, que es el encuentro con el sacerdote. Visitar cada uno de los hogares, así será mas fácil que los miembros de la comunidad correspondan, visitando al párroco y sobre todo, visitando a Jesús sacramentado. Conocer y darse a conocer para dar a conocer a Jesús. Ese seria el primer punto del plan pastoral del santo cura de Ars.
SEGUNDO PUNTO
ASEGURAR LA COOPERACION DE LA MAYORIA POSIBLE
Es decir, el santo cura de Ars no piensa que el solo pueda hacer todo. Lo contrario, el sabe que para un mejor trabajo es necesario, utilizando un lenguaje mas nuestro, mas actual, el trabajar en equipo. Frase suya es la siguiente:” más pueden hacer mejor las tareas “. Y no se que se trata de que el párroco se desentienda de ciertas actividades y las delegue a los laicos, se trata de que todos, párroco y laicos, trabajen por una misma empresa, en una misma tarea, en esta caso: la evangelización y la santificación de cada uno de los miembros del pueblo de Dios. Asegurar, repito, la cooperación de los mas posibles. El sacerdote no esta llamado hacer todo, pero si esta llamado a animar a todos, para que todos, cumpliendo con el deber que brota del bautismo, nos empeñemos en la tarea de la evangelización.
TERCER PUNTO
MEJORAR A LOS BUENOS
El Santo Cura de Ars observa que en su pequeña comunidad, pequeña comunidad, no falta gente buena, tanto entre los adultos, como entre los jóvenes. Sin embargo, el pastor no debe contentarse con verlos buenos, tiene que mejorarlos, tiene que animar la superación de los feligreses, tiene que ayudar al crecimiento personal, familiar, parroquial, de aquellos que han recibido de Dios la semilla de la bondad y la han cultivado generosamente. Frase suya es la siguiente: “Todo hombre puede y debe ser mejor. Ayudarle a él es para el párroco, grato deber”.
El santo cura de Ars, en un comentario posterior, dirá que el no animar a los fieles para que sean mejores es un pecado de omisión. La nuestra es una tarea de animación y no podemos decir que todo está hecho. Siempre, sacerdotes y laicos, podemos y debemos dar más, ¿por qué? Por que nadie ha dado todo. Queremos darlo, pero nadie ha dado todo. De ello debemos ser conscientes, pedirle a Dios el don de la generosidad y animar a todos a corresponder al Señor generosamente.
CUARTO PUNTO
ATRAER A LOS INDIFERENTES
La mayor parte de la comunidad de Ars, como la mayor parte de las comunidades parroquiales de nuestra región, están compuestas por gente bautizada más no practicante, gente indiferente. Para que una comunidad sea evangélica hay que seducir a los muchos con el imán del testimonio. La gente no dejará de ser indiferente mientras no encuentre en el sacerdote un vivo ejemplo a seguir.
Si el sacerdote, con su estilo de vida, no es una provocación, en el buen sentido, la comunidad no se convierte. En cambio, si el sacerdote vive de una manera alegre y coherente, provoca una reacción positiva, el deseo en muchos de cuestionarse, de cambiar, de mejorar. Los indiferentes van a recibir, gracias al testimonio constante, coherente, claro, transparente del sacerdote, la gracia de la conversión y el deseo de acercarse más y más a Dios. Por eso es tan importante, junto con la palabra del sacerdote. Las palabras finalmente se olvidan, el ejemplo es el que permanece. Es más fácil tener una imagen visual que una auditiva. Palabras del santo cura de Ars comentando ese cuarto punto de su programa de pastoral: “Hay que sembrar, mediante el buen ejemplo; el deseo de ser bueno”. Y el sacerdote, por vocación, está llamado a ser transparencia un Dios que es infinitamente bueno, eternamente bueno y que trata bien a todos.
QUINTO PUNTO
CONVERTIR A LOS PECADORES
Se ha hablado de mejorar a los buenos. Se ha hablado de atraer a los indiferentes. Ahora se habla de convertir a los pecadores. Inicia este punto, el santo Cura de Ars, advirtiendo que el primero que debe pedir la gracia de la conversión debe ser el propio sacerdote. Antes que pensar en los pecados de la comunidad tiene que repasar los propios; antes que pensar en la conversión de los demás, debe pensar en la propia conversión. Solamente el sacerdote en proceso de conversión será instrumento eficaz para la conversión de los demás pecadores, uno de los cuales es él. “Todos somos pecadores, pero algunos no nos reconocemos como tales, o no sentimos el deseo de dejar de serlo. Hay que se la ocasión de la que Dios se sirva para tocar el corazón del hombre”, decía San Juan María Vianney.
“Dios, nuestro Señor –dice en cura de Ars-, puede hacerlo todo y puede hacerlo solo, pero en la tarea de la conversión ha querido servirse de elementos pecadores, de sacerdotes limitados y pecadores, para hacer que los hombres se conviertan y sientan el deseo de ser buenos”. Como decía uno de los religiosos trapenses asesinados hace pocos años en el norte de Argelia, en el manuscrito que él había redactado y el cual fue encontrado: “El que intente darme muerte y logre hacerlo, creerá, siendo un musulmán, dar gloria a Dios. Yo no me siento mejor ni peor que los demás, solo sé –solía decir este sacerdote- que no tengo la inocencia de la infancia y he de pedir por él y por un servidor, para que Dios, a los dos, nos conceda la gracia de la conversión y nos tenga en el cielo”. Pero es interesante esta frase: “no me siento mejor ni peor que él, sólo sé que no tengo la inocencia de la infancia”.
SEXTO PUNTO
ORAR POR TODOS
El sacerdote puede llegar a muchos con su trabajo pastoral, sin embargo, le es imposible llegar físicamente a todos. Místicamente o espiritualmente el sacerdote puede llegar, debe llegar a todos. Por lo tanto, “el primer deber del sacerdote –subraya- y del párroco, es orar por su comunidad”. Debe hacerlo todos los días y hacerlo con mucha devoción. Tomando una frase reciente, en este caso del Papa Juan Pablo II, a un grupo de sacerdotes portugueses, decía: “El párroco tiene que orar por aquellos que no orar, por aquellos que no saben orar, por aquellos que no pueden orar. El párroco debe orar siempre, ese es su primer deber y nada sustituye ese deber, ni siquiera la más intensa actividad pastoral. El sacerdote se debe a todos, y en la oración habla a Dios de los hombres, para después, en la precitación, hablar de Dios a los hombres”. Y aquí retoma el santo cura de Ars un pensamiento que es propio de la patrística y que después retomó santo Domingo de Guzmán: “No hay sacerdote sin oración” ¿Por qué? Porque sacerdocio y oración se relacionan profundamente. Una viva oración hará posible una vida evangélica del párroco. Un párroco que no ora, que no ora intensamente, no puede ser un buen párroco, podrá hacer mucho, pero no podrá ser un buen párroco.
SEPTIMO PUNTOY ÚLTIMO PUNTO
EL PARROCO TIENE QUE HACER PENITENCIA
Primero, por sus propios pecados y por los de la comunidad. La tarea sacerdotal supone frecuentemente renuncias, sacrificios, sufrimientos. El Señor no nos ha pedido sino seguirlo con la Cruz a cuestas. Dice el santo Cura de Ars: “las renuncias, los sacrificios, los sufrimientos, hay que aceptarlos teniendo en la mente y en el corazón la gloria de Dios y el bien del prójimo”. El párroco no puede ni debe aspirar a una vida cómoda o tranquila, repito, debe buscar ante todo la gloria de Dios y el bien del prójimo. Y una de las tareas del sacerdote junto con la oración y predicación es el hacer penitencia, la mortificación, primero por los propios pecados, y, después por los del pueblo, y concluye diciendo el Cura de Ars: “El sacerdote de Dios nunca debe evitarse lo amargo, pero provechoso sabor de la Cruz, no le está permitido al sacerdote negarse a la mortificación”. “Ante una comunidad tan necesitada –hace un comentario un estudioso del Cura de Ars– el joven pastor sintió su impotencia, no la autosuficiencia, sino su impotencia, pero no se desalentó, contaba con Dios y con el tiempo”. De ahí dos virtudes muy necesarias para el sacerdote, sobre todo el párroco, primero la caridad que se transforma en confianza, y segundo, la paciencia, ¿Porqué? Porque los cambios, cuando se dan, se dan poco a poco, y, bendecidos por Dios, resultan duraderos.
En la vida del cardenal Newman, el converso del anglicanismo al catolicismo, encontramos un detalle que nos puede iluminar. El cardenal Newman, antes de ser cardenal y miembro del oratorio de san Felipe Neri en Inglaterra, tiene un amigo al que aprecia, al que mucho estima. El amigo, como él, se ha convertido del anglicanismo; como él, es ya sacerdote católico; como él, es miembro del oratorio. En cierta ocasión el cardenal Newman le nota un poco triste, melancólico, se acerca a él y le pregunte qué es lo que tiene, qué es lo que le pasa. Le responde: “no tengo nada”. Pasan los días, lo sigue observando distanciado afectivamente, le vuelve a preguntar: “¿qué te pasa?” Y el sacerdote contesta: “no, no tengo nada”, después simplemente desaparece.
El sacerdote abandona el ministerio, se una a una mujer; abandona a la Iglesia Católica y comienza a publicar artículos en los principales diarios de Inglaterra en contra del que será cardenal Newman. El amigo se vuelve el enemigo, y algunos aconsejan al cardenal Newman que escriba, que se defienda del que está atacando a su persona. El cardenal Newman prefiere callar ante los hombres y hablar ante Dios. Pocos meses después el sacerdote que ha apostatado, enferma y muere, y la mujer con quien ha vivido esos meses le manda un recado al cardenal Newman. Le dice: “Tu amigo ha muerto”. El cardenal Newman, por la noche, se acerca al lugar en donde le están velando. Se acerca, saluda amable y deferentemente a todos, se acerca al ataúd, y se arrodilla. No se escucha una plegaria, pero sí se ven rodar lágrimas por sus ojos, por sus mejillas. Después de una oración de unos minutos se retira y la mujer le dice: “¿Usted que grase pondría en la lápida de su amigo?”, porque ella advierte que siempre admiró a aquel sacerdote. Y el cardenal Newman, con esa agudeza suya, le dijo: “yo sugiero esta frase que se conserva en una lápida colocada al oeste de Londres: ‘No rechaces, Señor, para siempre la obra de tus manos’”. Y él insistirá, me refiero al cardenal Newman, en la necesidad que tenemos los sacerdotes de frecuentarnos, de ayudarnos, de apoyarnos. La necesidad que tenemos de Dios y de nosotros, como presbiterio que somos, como familia sacerdotal que somos.
Termino mi intervención recordando aquello que ha quedado para la historia y que nos ayuda siempre recordarlo. El célebre predicador dominico, el P. Lacordaire, de incógnito de acerca a Ars. Quiere conocer al párroco de Ars. Se ha disfrazado. Quiere no ser reconocido. Sin embargo, alguien cerca de Ars lo observa atentamente y descubre que es el gran predicador de Notre Dame. Después de un titubeo inicial él admite que sí, es el P. Lacordaire. Y pregunta el que lo ha reconocido su motivo de su viaje a Ars, un pueblecito pequeño e insignificante comparado con la majestuosa París, y él responde: “Vengo a ver cómo vive un sacerdote lo que yo predico. Porque yo lo predico y él lo vive”.
Fuente: Transcripción de una conferencia pronunciada en el Curso para animadores de la pastoral presbiteral en Guadalajara, mayo 2006

