Era indudable que desde hacía tiempo antes, presentía las cosas, no sólo las próximas, sino también su propia muerte. Decía Catalina Lassagne: “Después de su último intento de fuga (1853), nuestro cura no hablaba ya de partir, si no era de la presente vida a la eternidad. Decía con frecuencia: ‘Nos estamos yendo; pronto tendremos que morir’”.
Antes de la festividad del Corpus Christi le regalaron una hermosa cinta, y Catalina le dijo: “Podrá servirle en la procesión para sostener la custodia”, él con una pícara y tímida sonrisa me dijo: “No la usaré dos veces”. Y en efecto, el día del Corpus Christi, el 23 de Junio de 1859, no tenía la fuerza suficiente para llevar el Santísimo Sacramento de un lugar a otro; se lo dieron solamente para dar la bendición.
Hacia la fiesta de todos los santos del año 1858 envió a Catalina al castillo de Cibeins “para cobrar una cantidad de veinte sueldos diarios que le daban de limosna”, Catalina dijo: “Será la última vez”, refiriendóse a que ella no quería ir, pero el Cura le respondió: “Sí, será la última vez”.
A mediados de Julio del año 1859, la señora Pauze, de Saint-Etienne, se presentó en el confesionario del Rdo. Vianney. Esta señora tenia la piadosa costumbre de ir todos los años en peregrinación a pie, junto con su marido, al santuario de Louvesc. El Cura de Ars le habló complacido de San Francisco de Regis, cuyo sepulcró también él había visitado, y a quien era acreedor de tantos favores. La señora Pauze, creyendo que no le volvería ver antes de partir, se despidió del Cura de Ars. “Sí, sí, hija mía, nos veremos dentro de tres semanas”, le replicó el cura. La señora Pauze se volvió a su casa muy pensativa: ¿acaso el cura de Ars tenía la intención de ir a Saint-Etienne?… La señora le dijo a su familia éstas pal,abras, cuyo sentido no acertaron a descubrir. Pues bien, “tres semanas más tarde el Cura de Ars y su penitente, muertos al mismo tiempo, podían verse en el cielo”.
El 18 de Julio de 1859, 17 días antes de su muerte, la señorita Estefanía Duriè, quien estuvo presente frente al cura de Ars en uno de sus éxtasis, volvió a Ars después de sus ejercicios espirituales en Louvesc, y se dirigió al confesionario del Rdo. Vianney. Estefanía, contó la charla que tuvo ese día con el cura, durante el proceso de canonización.
“- Creo, padre, que no he hecho bien los ejercicios espirituales, pues me ha preocupado su salud; le creía a usted enfermo.
- Es verdad, que en éstos momentos estoy enfermo, pero mi carrera toca a su término; éste es mi último año… Otras veces le he dicho lo mismo a fin de desviarr una curiosidad inútil; ahora se lo digo tal como lo sé: es mi último año… No hable de ello, hija mía. Me quedan muy pocos días, y necesito tiempo para prepararme. Si usted lo dijera, todos se apresurarían a confesarse, y acabarían por agotarme.
- ¡Oh, entonces ya no es usted sacerdote!
- Soy un gran pecador; este pensamiento siempre me hace llorar.
- ¿Y qué será de mí?
- Si tengo la dicha de ir al Cielo, pediré a Dios que continúe siendo tu guía.
- ¡Oh, padre mío! Pídale al Señor que le deje todavía algún tiempo entre nosotros.
- No, no puedo pedir ésto… Nuestro Señor Dios no lo permitiría… He de dejar pronto éste mundo. -Y añadió, derramando abundantes lágrimas- No sé si he cumplido bien las funciones de mi ministerio.
- Si usted se queja, padre, ¿qué he de hacer yo, que he de quedarme aún en este mundo?
- Lo que usted hace no es de temer tanto como mi ministerio sacerdotal.
- Padre, su trabajo es mejor que el mío.
- ¡Cuánto temo la muerte! ¡Ah soy un gran pecador!
- Usted mismo ha dicho que la bondad de Dios es mayor que todas nuestras faltas… Ya quisiera yo estar tan segura como usted de ir al cielo… Pero padre, ¿cuándo morirá usted?
- Si no es a finales de éste mes, será a principios del otro.
- ¿Cómo podré saber el día si usted no me lo quiere decir?
- Alguien se lo dirá; usted asistirá a mi entierro, y pasará la última noche junto a mi lecho de muerte.”
La señorita Duriè no se atrevía a dar crédito a semejante predicción. Pero antes de absolverla, el santo insistió, diciendo: “Hija mía, reciba ésta última absolución del padre de su alma”. Recibió el Sacramento de la Penitencia, y volvió a la carga:
“- Por favor padre, dígame el día en que morirá.
- No hija mía, no; ahora no puede saberlo, se quedaróa usted aquí y tendría demasiadas molestias; ya lo sabrá usted a su debido tiempo”.
La señorita Duriè salió de Ars el 22 de Julio, llena de encargos de parte del Rdo. Vianney. Al llegar a Roanne, doce días más tarde, encontró a un religioso, el padre Valon, quien le dijo: “Acabo de enterarme que el Cura de Ars está enfermo”. Se acordó ella de aquella charla, y emprendió enseguida el viaje de regreso a Ars. Pero no había de ver vivo al “padre su alma”. Cuando, a las cinco de la tarde, entró en la vieja casa parroquial, oyó el rumor de los sollozos. El Santo cura de Ars había fallecido en la noche
Nota: El relato de la primera partes, lo contó Catalina Lassagne en “Annal’s d’ Ars”, y la charla de la señorita Duriè, es tomado del proceso del ordinario, p. 1451-1452.



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