Sobre la comunión eucarística

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Vengan a la comunión, vengan a Jesús, vengan a vivir de Él, al final a vivir por Él.

Todos los seres  de la creación tienen necesidad de nutrirse para vivir; por esto el “buen Dios” ha hecho crecer los arboles y las plantas; existe  así una bella mesa bien servida donde todos los animales vienen a tomar cada uno el alimento que les conviene.  También las almas deben nutrirse. Cuando Dios quiso dar un alimento  a nuestra alma, para sostenerla en el peregrinaje de la vida, Él puso su mirada sobre la creación y no encontró nada que fuera digno de ella. Ahora se replegó  sobre sí mismo y decide darse a sí mismo… ¡Oh alma mía!, cuan grande eres, en el momento que sólo Dios puede satisfacerte.

“Todo aquello que pidan al Padre en mi nombre, Él se los concederá”. Nunca habríamos pensado pedir a Dios a su Hijo. Mas esto que el hombre no puede decir o concebir, y que no habría nunca osado decidir, Dios, en el su amor lo ha concebido y lo ha realizado. ¿Habríamos osado decir a Dios que su Hijo muriera por nosotros, que nos diera  de comer su carne, de beber su sangre? ¿Si todo esto no fuera verdadero, el hombre habría por tanto podido imaginarse cosas que Dios no puede hacer?; ¿habría ido más delante de Dios en la invención de su amor? Lo cual no es posible.

Cuando nuestro Señor viene a habitar en un alma, la llena de contento,   la llena de alegría y felicidad; y  le comunica aquel amor generoso de hacer todo y de sufrir todo para agradarle.

(Ante la Eucaristía)No digan que no son dignos. Es verdad: no son dignos, pero están necesitados.

Si nuestro Señor habría tenido en mente “nuestro ser dignos”, no habría nunca instituido su sacramento de amor, porque ninguno en el mundo es digno, mas Él pensaba en nosotros necesitados y  que tenemos todos necesidad.

No digan que tienen demasiadas miserias…  Preferiría  mejor que digan que están demasiado enfermos  que por tanto, no quieren  la medicina.

Es una gran desgracia  que se descuide recurrir a este divino alimento para atravesar el desierto de la vida. Es como la persona que muere de hambre junto a una mesa bien servida.

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Devoto de San Juan María Vianney, amante de la historia, la de la Iglesia y la de los santos. Soy nacido en Monterrey, donde hice mi apostolado y conocí y enamoré de Dios, y del cura de Ars.

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