El Cura de Ars, con su amor a Dios y a las almas, tenía como en la sangre lo que se ha llamado “instinto de conquista”, que como define el Mons. Hedley es “el celo de las almas que consta de tres cualidades: amor a Dios, amor a las almas y lo que yo llamaría espíritu de conquista”. Naturalmente enérgico y emprendedor, había soñado con una existencia muy ocupada y provechosa. En aquel reducido campo de acción al que fue confinado, hubiera podido disfrutar de muchos momentos libres, y sin embargo le veremos siempre en plena actividad y desde las primeras semanas en Ars sus jornadas serán interminables, pero fecundas.
Mucho antes de rayar el alba, cuando en Ars todo el mundo descansaba, se hubiera podido vislumbrar, a través del cementerio, un vago resplandor. El Rdo. Vianney con una linterna en la mano, pasaba de la casa parroquial a la iglesia. El buen cura se dirigía al lugar de la oración. Se encaminaba enseguida al presbiterio y allí se ponía de rodillas. En el silencio de la noche, pedía al Señor, en voz alta, que tuviese piedad de su rebaño y de su pastor.
Un día, Catalina Lassagne lo oyó rogar: “¡Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; consiento sufrir cuanto quieras durante toda mi vida… sí, durante cien años los dolores más vivos, con tal de que se conviertan“. Al llegar la luz del día, la gente ya lo podía ver a través de la luz de las ventanas.
Así hubiera pasado toda la mañana, pero el ministerio pastoral le reclamaba otro tipo de acciones. Los que le llamaan por algún enfermo no tenían necesidad de buscarle en la casa parroquial, ya que los primeros años, sin la afluencia de gente, siempre estaba en la iglesia; incluso, no salía de la iglesia hasta después del Angelus de la tarde.
Sin embargo, casi todos los días, visitase o no a las familias del lugar, hacía por la tarde una pequeña excursión por la campiña. Aprovechaba también de ella para orar, ya levantando el corazón a Dios, o con el rezo del breviario. Procuraba siempre decir alguna palabra los que trabajaban en los campos, y con el rosario, rezaba mientras caminaba por los silos. Su alma rogaba por soledad y paz.
En medio de aquella encantadora naturaleza, su pecho se dilataba a gusto, y hacía bien en disfrutar porque se acercaba el tiempo en que no tendría ni una hora de reposo, y no podía salir de su confesionario, a pesar de ser un sumo amante de la naturaleza , y confinado a paredes sin la frescura del aire ni el calor del sol. “Su mayor satisfacción, era rezar en el bosque. Sólo allí con su Dios, contemplaba las grandes se servía de todo, aun del canto de las aves, para elevarse a Él” (Catalina Lassagne)
Imágen: Una de las cascadas que están alrededor de Ars.


Hola Edmundo!
La verdad quiero felicitarte por tan hermoso trabajo, esta muy completo y detallado.
Me siento tan orgullosa de ti, de ser tu amiga y de darme cuenta que sigues enamorado de Dios, eso me da tanto dicha porq eso es lo que necesita el mundo de gente como tu que demuestra su amor a Dios. Con obras y no con palabras que DIOS te de siempre todas las armas para luchar incansablemente en este hermoso trabajo que estas haciendo.
Te quiero mucho.
Atte:
Karla Treviño.