Aunque San Juan María Vianney acogía a todos con igual benignidad, amaba con amor de predilección a sus feligreses. Cuando las confesiones le retenían a todas horas en la iglesia, no podía ver tanto como antes a sus queridos hijos de Ars, como él los llamaba.
Pues mientras algunos peregrinos tenían que aguardar días enteros para hablarle unos minutos, todos los sábados reservaba unas horas especiales a los habitantes de Ars; los demás días, en cuanto se daba cuenta de que deseaban algo, los hacía llamar junto a sí mismo; tanto que las gentes del pueblo que querían prolongar su preparación para confesar se veían obligadas a ocultarse.
Hasta el final de su vida, les dio pruebas de una “abnegación extraordinaria”. En medio de la mayor afluencia de forasteros, lo dejaba todo para acudir a una casa de enfermos. Siempre estaba a su disposición. Un día, hacia las once de la noche, Magdalena Scipiot fue a buscarle porque su madre se hallaba gravemente indispuesta… Le llamó dos o tres veces desde fuera. Se despertó el Santo Cura de Ars, entreabrió la ventana y le gritó: “voy al instante, hija mía”. La señora Scipiot se excusó por haberle molestado. “Oh, no es nada, todavía no he dado mi sangre por vosotros”.
En el invierno de 1823, durante el jubileo de Trevoux, regresó una noche a su parroquia, a pesar del frío y de la nieve, para visitar a una mujer enferma. Llegó agotado de cansancio, blanco de la escarcha y transido del frío. Al verse recriminado por viajar en semejantes condiciones, replicó: “No hay precio para el bien de las almas”.
Así, dejando todo por su parroquia, se convirtió en el más amado de Ars, era “amado como un padre”. Su influencia creció y se extendió sobre todos y en todas las cosas, de modo que, habitantes de Ars, cuando llegaron luego de muchos años, y estando ya allí San Juan María Vianney, expresaban: “Qué os ha hecho éste cura, ¡Ars ya no es Ars!”.
Relato de Magdalena Scipiot, por el Monseñor Convert, que había instado a San Juan María Vianney a no viajar a Ars, y a descansar más.

