Cuando el señor Courbon nombró al reverendo Vianney vicario de Ecully, el señor Balley manifestó claramente que el motivo por el cual deseaba tenerlo a su lado era para ayudarle a terminar sus estudios pendientes de teología. En los momentos libres fue abierto de nuevo El ritual de Tolón y el maestro le pudo explicar de una manera más practica el dogma, la moral y la liturgia católica. Cuando salían juntos, su párroco y mentor, Padre Balley, le proponía a su vicario “casos de conciencia”, más o menos díficiles; el joven sacerdo había de buscar por sí mismo la solución y exponer los motivos que le motivaban a resolver en tal o cual sentido.
Pero Dios no puso a San Juan María Vianney en Ecully sólo para ejercer de aprendizaje del ministerio parroquial: lo colocó en una fuerte y verdadera escuela de santidad.
Según se ha dicho, el Reverendo Balley era un sacerdote muy mortificado. Entre él y su coadjutor se estableció muy pronto una especie de emulación de austeridad. El proceso apostólico, de su proceso de canonización, dice: “Era, al decir del señor Pelletier, arcipreste de Treffort, un santo junto a otro santo, trabajando juntos”. Luego de un tiempo, y siendo ya el famoso cura de Ars, San Juan habría dicho: “Hubiera acabado yo por ser mejor, si hubiese tenido la dicha de estar toda la vida junto al padre Balley. Nadie como él hacía ver hasta qué punto el alma puede desasirse de los sentidos y el hombre asemejarse a los ángeles… Para tener deseos de amar a Dios, sólo bastaba oírle decir: ‘Dios mío, os amo de todo corazón’”.
Durante los primeros meses de sacerdote de San Juan María Vianney, y a dispocisión del señor Courbon, no tenía licencia para impartir el sacramento de la confesión, algo paradojico para el que fuera el gran confesor de la Iglesia. El 14 de agosto se había ordenado sacerdote, y luego nombrado vicario parroquia de Ecully… junto a su padre, el señor Balley.
Los feligreses de Ecully participaron de la alegría de su pastor: “El señor Vianney nos edificó mucho cuando estudiaba entre nosotros, ¿qué no hará ahora que es sacerdote?”. En efecto, se entregaron a él plena e inmediatamente con total confianza. Pero al principio siempre fuera de el sacramento de la penitencia. El primer penitente que se postró frente a él fue ni más ni menos que su confesor, el padre Balley. Al buscar un nuevo director espiritual, el austero y santo párroco de Ecully no encontró otro más apto para recibir los secretos de su alma que el campesino que díficilmente había terminado sus estudios y que apenas tenía licencia de ser confesor. El digno anciano había tenido ocasión de palpar la obra de la gracia en él, y expuso al señor Courbon que ya era tiempo de “desligar los poderes” a su joven vicario, amigo e hijo. Inmediatamente aceptó tal demanda, cuenta Catalina Lassagne.
El primer acto de su ministerio data de 27 de agosto de 1815, era un bautismo. Desde que se supo que estaba “aprobado” para confesar de parte de los señores del Arzobispado, su confesionario se vio sitiado, y los enfermos no preguntaban ni se confesaban sino con él. Cuenta su hermana, Margarita Vianney: “Ésto le quitó tanto tiempo, que llegó a descuidar su comida”. Más su trabajo comenzaba a ser muy fructuoso, pues “un gran número de personas que hasta entonces no habían sido muy edificantes en la parroquia, cambiaron de conducta luego de confesarse con él”.
Preparaba y explicaba cuidadosamente el catecismo, haciendóse pequeño entre los pequeños. A los menos aventajados, los llevaba aparte, y les explicaba con mucha paciencia, recordando sus tiempo de estudiante y las ayudas que recibió de sus compañeros.
En el púlpito era breve, pero claro, y a veces duro. Comenzaba con ello, un ministerio que le costaría rudos esfuerzos. Decía su hermana Margarita Vianney: “Según mi parecer, todavía no predicaba bien, pero cuando le tocaba a él la homilía, toda la gente de alrededor de la iglesia corría a oírlo”. No tenía reparo en decir verdades y en fustigar vicios, recordemos que Ecully no era para nada una cuna de virtudes, la Revolución Francesa había abierto profundas llagas, y su cercanía a una gran ciudad no era algo bueno para ayudar a cerrarlas. Una ocasión, ya en Ars, dijo a la gente: “En el lugar que estuve de vicario, un joven que debia de ser padrino, y que a causa de ello había contratado un violinista para bailar, fue aplastado por una viga; no tuvo ni un momento para prepararse. El músico fue, ciertamente, pero cuando llegó, las campanas anunciaban las exequias de aquel pobre desventurado”.
Si predicaba la pureza de costumbres, el joven Juan María Vianney era el primero en dar ejemplo. Aquel sacerdote de treina años ya se conducía con una admirable reserva, era muy bueno y aún mas sencillo. Poseía la virtud, que describió San Francisco de Sales de “ver a todos sin mirar a nadie”. Oraba y se mortificaba para dormir la carne, pues experimentaba también, los estímulos del mal.
El 3 de octubre de 1830, refiere el Rdo. Tailhades, de Montpellier, el Rdo. Vianney le hizo una confesión notable. Le preguntó cómo había logrado acallar las tentaciónes contra el santo voto de la castidad. Le dijo que en efecto era un voto. Éste voto, tomado hacía ya 23 años, cuando era vicario en Ecully, consistía en rezar todos los días el Salve Regina, y seis veces ésta invocación: Sea para siempre bendita la santa e Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. Amén.
El señor Balley no era rico: el sostener al vicario hubiera sido para él una carga demasiado pesada. Los feligreses así lo entendieron, y “le procuraron a mitad de precio o gratuitamente cuanto para ello había de menester. Aquellas buenas gentes hicieron de ésto una necesidad, un honor y un placer”, dijo después el Conde Des Garets.
En cuanto al Rdo. Vianney, todo lo suyo terminaba en manos de los pobres y necesitados. Les daba hasta sus vestidos, ésto dijo una vez su hermana Margarita:
Un día de invierno, el señor Balley, dijo a mi hermano: ‘Vaya ústed a Lyon a visitar a la señora tal. Es menester que se arregle bien y que se ponga los pantalones que le dieron’. Al regresar, llevaba unos destrozados calzones. Le preguntó el señor Balley qué había pasado, y contestó que había encontrado a un pobre muerto de frío, movido a la compasión, le había cambiado los pantalones nuevos por sus calzones viejos y rotos.
-¿Qué tal va Juan María? – Preguntaba algunas veces Andrés Provin, amigo de Dardilly, al señor Balley.
- “El padre Vianney es siempre el mismo: dá todo lo que tiene”, respondía el padre Balley.
Pero Dios no puso a San Juan María Vianney en Ecully sólo para ejercer de aprendizaje del ministerio parroquial: lo colocó en una fuerte y verdadera escuela de santidad.
Según se ha dicho, el Reverendo Balley era un sacerdote muy mortificado. Entre él y su coadjutor se estableció muy pronto una especie de emulación de austeridad. El proceso apostólico, de su proceso de canonización, dice: “Era, al decir del señor Pelletier, arcipreste de Treffort, un santo junto a otro santo, trabajando juntos”. Luego de un tiempo, y siendo ya el famoso cura de Ars, San Juan habría dicho: “Hubiera acabado yo por ser mejor, si hubiese tenido la dicha de estar toda la vida junto al padre Balley. Nadie como él hacía ver hasta qué punto el alma puede desasirse de los sentidos y el hombre asemejarse a los ángeles… Para tener deseos de amar a Dios, sólo bastaba oírle decir: ‘Dios mío, os amo de todo corazón’”.
Durante los primeros meses de sacerdote de San Juan María Vianney, y a dispocisión del señor Courbon, no tenía licencia para impartir el sacramento de la confesión, algo paradojico para el que fuera el gran confesor de la Iglesia. El 14 de agosto se había ordenado sacerdote, y luego nombrado vicario parroquia de Ecully… junto a su padre, el señor Balley.
Los feligreses de Ecully participaron de la alegría de su pastor: “El señor Vianney nos edificó mucho cuando estudiaba entre nosotros, ¿qué no hará ahora que es sacerdote?”. En efecto, se entregaron a él plena e inmediatamente con total confianza. Pero al principio siempre fuera de el sacramento de la penitencia. El primer penitente que se postró frente a él fue ni más ni menos que su confesor, el padre Balley. Al buscar un nuevo director espiritual, el austero y santo párroco de Ecully no encontró otro más apto para recibir los secretos de su alma que el campesino que díficilmente había terminado sus estudios y que apenas tenía licencia de ser confesor. El digno anciano había tenido ocasión de palpar la obra de la gracia en él, y expuso al señor Courbon que ya era tiempo de “desligar los poderes” a su joven vicario, amigo e hijo. Inmediatamente aceptó tal demanda, cuenta Catalina Lassagne.
El primer acto de su ministerio data de 27 de agosto de 1815, era un bautismo. Desde que se supo que estaba “aprobado” para confesar de parte de los señores del Arzobispado, su confesionario se vio sitiado, y los enfermos no preguntaban ni se confesaban sino con él. Cuenta su hermana, Margarita Vianney: “Ésto le quitó tanto tiempo, que llegó a descuidar su comida”. Más su trabajo comenzaba a ser muy fructuoso, pues “un gran número de personas que hasta entonces no habían sido muy edificantes en la parroquia, cambiaron de conducta luego de confesarse con él”.
Preparaba y explicaba cuidadosamente el catecismo, haciendóse pequeño entre los pequeños. A los menos aventajados, los llevaba aparte, y les explicaba con mucha paciencia, recordando sus tiempo de estudiante y las ayudas que recibió de sus compañeros.
En el púlpito era breve, pero claro, y a veces duro. Comenzaba con ello, un ministerio que le costaría rudos esfuerzos. Decía su hermana Margarita Vianney: “Según mi parecer, todavía no predicaba bien, pero cuando le tocaba a él la homilía, toda la gente de alrededor de la iglesia corría a oírlo”. No tenía reparo en decir verdades y en fustigar vicios, recordemos que Ecully no era para nada una cuna de virtudes, la Revolución Francesa había abierto profundas llagas, y su cercanía a una gran ciudad no era algo bueno para ayudar a cerrarlas. Una ocasión, ya en Ars, dijo a la gente: “En el lugar que estuve de vicario, un joven que debia de ser padrino, y que a causa de ello había contratado un violinista para bailar, fue aplastado por una viga; no tuvo ni un momento para prepararse. El músico fue, ciertamente, pero cuando llegó, las campanas anunciaban las exequias de aquel pobre desventurado”.
Si predicaba la pureza de costumbres, el joven Juan María Vianney era el primero en dar ejemplo. Aquel sacerdote de treina años ya se conducía con una admirable reserva, era muy bueno y aún mas sencillo. Poseía la virtud, que describió San Francisco de Sales de “ver a todos sin mirar a nadie”. Oraba y se mortificaba para dormir la carne, pues experimentaba también, los estímulos del mal.
El 3 de octubre de 1830, refiere el Rdo. Tailhades, de Montpellier, el Rdo. Vianney le hizo una confesión notable. Le preguntó cómo había logrado acallar las tentaciónes contra el santo voto de la castidad. Le dijo que en efecto era un voto. Éste voto, tomado hacía ya 23 años, cuando era vicario en Ecully, consistía en rezar todos los días el Salve Regina, y seis veces ésta invocación: Sea para siempre bendita la santa e Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. Amén.
El señor Balley no era rico: el sostener al vicario hubiera sido para él una carga demasiado pesada. Los feligreses así lo entendieron, y “le procuraron a mitad de precio o gratuitamente cuanto para ello había de menester. Aquellas buenas gentes hicieron de ésto una necesidad, un honor y un placer”, dijo después el Conde Des Garets.
En cuanto al Rdo. Vianney, todo lo suyo terminaba en manos de los pobres y necesitados. Les daba hasta sus vestidos, ésto dijo una vez su hermana Margarita:
Un día de invierno, el señor Balley, dijo a mi hermano: ‘Vaya ústed a Lyon a visitar a la señora tal. Es menester que se arregle bien y que se ponga los pantalones que le dieron’. Al regresar, llevaba unos destrozados calzones. Le preguntó el señor Balley qué había pasado, y contestó que había encontrado a un pobre muerto de frío, movido a la compasión, le había cambiado los pantalones nuevos por sus calzones viejos y rotos.
-¿Qué tal va Juan María? – Preguntaba algunas veces Andrés Provin, amigo de Dardilly, al señor Balley.
- “El padre Vianney es siempre el mismo: dá todo lo que tiene”, respondía el padre Balley.


