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	<title>San Juan María Vianney &#187; anécdota</title>
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	<description>El atractivo de un alma pura</description>
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		<title>¿Cambio de parroquia?</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Mar 2010 11:49:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En 1820 parece que él le pidió al obispo cambio de lugar, pues se sentía abrumado ante el peso de su responsabilidad pastoral. Toda su vida padecerá de miedo a la muerte y al juicio de Dios. Un día, le dirá a su auxiliar, el padre Toccanier, en confianza: Esta noche estaba en cama y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En 1820 parece que él le pidió al obispo cambio de lugar, pues se sentía abrumado ante el peso de su responsabilidad pastoral. Toda su vida padecerá de miedo a la muerte y al juicio de Dios. Un día, le dirá a su auxiliar, el padre Toccanier, en confianza:</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Esta noche estaba en cama y no podía dormir. Yo lloraba mi pobre vida y oí una voz: “In te, Domine speravi non confundar in aeternum” </em>(En ti, Señor, esperaré y no seré confundido eternamente)<em>. Yo tuve miedo de no haber entendido bien y de nuevo oí las mismas palabras. Eso me consoló</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando el demonio le ponía en su cabeza pensamientos de desesperación a la vista de sus pecados y de su indignidad, la solución que tenía era ir ante el sagrario y, como él dice: <em>postrarse ante el Señor como un perrito a los pies de su amo</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">De todos modos, parece que el obispo le hizo caso y ya tenía preparado el cambio a Salles con fecha del 18 de abril de ese año 1820.</p>
<p style="text-align: justify;">El seminarista Juan Francisco Renard, nativo de Ars, le escribió a su madrina, la señorita de Ars, el 7 de mayo de 1820, dando por hecho el cambio. Le decía: <em>“He sabido con tristeza y sorpresa que han perdido al santo cura. La providencia lo había dado a la parroquia para hacer florecer la piedad. Deseo que venga otro que mantenga ese fervor que reina en Ars”<strong>.</strong></em></p>
<p style="text-align: justify;">Pero, al conocer la noticia del cambio, la señorita de Ars, con su peso político, habló de <em>estrangular </em>al Vicario general, si no dejaba sin efecto el cambio. Una delegación de Ars con el alcalde a la cabeza fue también a hablar con el Vicario, que dejó todo como estaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Ese mismo año 1820, el pueblo de Ars vivió una gran fiesta por la primera misa del nuevo sacerdote Juan Francisco Renard, quien pudo escribir:</p>
<p style="text-align: justify;"><em>He tenido la felicidad de ser asistido por este santo ministro de Dios en nuestra primera misa. Cuando él estaba junto a mí en el altar, podía decir, como los discípulos de Emaús: Mi corazón está ardiendo dentro de mí&#8230; ¡Qué dulces lágrimas salían de mis ojos en aquel momento solemne! Tenía a mi lado al más piadoso de los sacerdotes y mi corazón rebosaba de alegría<strong>.</strong></em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>El santo cura quiso que la comida de ese día se hiciera en la casa cural y estuvo feliz de recibir allí a dos amigos del seminario que yo había invitado a la ceremonia. Aunque estaba en pleno tiempo de austeridad, él tuvo una amabilidad encantadora e hizo servir carne, pollo y otros alimentos variados en el convite. Él mismo dejó su régimen severo y comió un poco de carne y hasta vino, pero en poca cantidad</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Monseñor Courbon, vicario general, me dijo: “Dígale que se alimente un poco mejor. La diócesis quiere conservarlo. Hágale comprender que no se llega al cielo por hambre”. Y yo, habiéndoselo dicho de su parte, me respondió, sonriendo: “Monseñor Courbon es demasiado bueno al preocuparse de tan poca cosa como soy yo, pero dígale que ya me alimento demasiado bien&#8221;.</em></p>
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		<title>Homilía sobre la santidad</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Dec 2009 22:57:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Homilía para la fiesta de todos los santos. Sean santos porque yo soy santo, dice el Señor. ¿Por qué Dios nos da un similar mandamiento? Es porque somos sus hijos, y si el Padre es santo, también los hijos lo deben ser. Solamente los santos esperan poseer la felicidad de poder gozar la presencia de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<address><em>Homilía para la fiesta de todos los santos.</em></address>
<p style="text-align: justify;">Sean santos porque yo soy santo, dice el Señor. ¿Por qué Dios nos da un similar mandamiento? Es porque somos sus hijos, y si el Padre es santo, también los hijos lo deben ser. Solamente los santos esperan poseer la felicidad de poder gozar la presencia de Dios que es la santidad misma. En efecto, ser cristiano, y vivir en el pecado, es una contradicción monstruosa. Un cristiano debe ser santo….</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-727"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Los mundanos, para dispensarse del trabajo para alcanzar la santidad, es decir, sin otra, les incomoda demasiado en su modo de vivir, haciendo creer que para ser santos, se necesitan hacer acciones estrepitosas, aplicarse a prácticas de devoción extraordinarias, abrazar grandes austeridades, hacer múltiples ayunos, abandonar el mundo para refugiarse en el desierto para pasar días y noches en oración.  Sin duda todo esto es bueno, y es propio el camino que muchos santos han seguido; mas no es todo lo que Dios pide a todos. No, no es esto lo que nuestra religión exige, al contrario, ella nos dice: Levanten los ojos al cielo y observen si todos aquellos que ocupan los primeros puestos han hecho cosas maravillosas. ¿Donde están los milagros de nuestra Señora, de san Juan Bautista, de san José? Escuchen: Jesucristo mismo dice que muchos, en el día del juicio, exclamarán: « ¿Señor, Señor, no hemos profetizado en tu nombre; no hemos expulsado demonios y hecho milagros?&#8230;Aléjense lejos de mí, trabajadores de iniquidad, les responderá en el día del juicio; ¡Como! ¿han dominado al mar y no han sabido dominar sus pasiones? ¿Han liberado a los poseídos del demonio, y ustedes han sido sus esclavos?&#8230;.Vayan,  miserables, al fuego eterno; han hecho grandes cosas, y no han hecho nada para salvarse y meritar mi amor» (Paráfrasis de Mt 7,22.23).</p>
<p style="text-align: justify;">Vean por tanto que la santidad no consiste en hacer grandes cosas, sino en cumplir fielmente los mandamientos de Dios, cumplir el propio deber, en el lugar donde Dios nos ha puesto.</p>
<p style="text-align: justify;">Vemos a menudo una persona del mundo, que cumple fielmente los pequeños deberes de su estado, ser más grata a Dios, que unos solitarios en el desierto. ¿Quieren saber ahora que cosa es un santo a los ojos de la religión? Es un hombre que teme a Dios, que lo ama sinceramente y que lo sirve con fidelidad; es un hombre que no se deja inflar de la soberbia, ni dominar del amor propio, que es verdaderamente humilde y pequeño a sus ojos; que privándose de bienes de este mundo, no los desea o que, es enemigo de cada adquisición injusta; es un hombre que, poseyendo su alma llena de paciencia y justicia, no se ofende por una injusticia que le hacen. Ama a sus enemigos, no busca vengarse. Realiza todos los servicios que puede a su prójimo; comparte con gusto sus bienes con los pobres; busca sólo a Dios, desprecia los bienes y los honores de este mundo. Aspirando solamente a los bienes del cielo, se disgusta de los placeres de la vida y encuentra su felicidad únicamente en el servicio de Dios. Es un hombre que es asiduo a las funciones divinas, que frecuenta los sacramentos, y que se ocupa seriamente de su salvación; es un hombre que, tendiendo horror de cada impureza, huye de las malas compañías cuando puede, para conservar puro su cuerpo y su alma. Es un hombre que en todo se somete a la voluntad de Dios, en todas las cruces y los obstáculos que se le presentan; que no acusa a ninguno, pero  reconocer que la justicia divina si posa sobre de aquel a causa de sus pecados.</p>
<p style="text-align: justify;">Es un padre bueno que busca solamente la salvación de sus hijos, dando ejemplo, y no haciendo nada que pueda escandalizarlos. Es un padre caritativo que ama sus empleados como su fueran sus hermanos y sus hermanas. Es un hijo que respeta a su padre y madre, pues lo considera como quienes ocupan el puesto de Dios mismo. Es un empleado que ve en sus jefes, a Jesucristo mismo, que lo manda por boca suya.</p>
<p style="text-align: justify;">Es lo que ustedes llaman simplemente un hombre honesto, y lo que Dios llama hombre de milagros, el santo, el gran santo. « ¿Qué hay de él? &#8211; dice el sabio- lo colmare de gloria, no porque haya hecho cosas extraordinarias en su vida, sino porque ha sido probado en la tribulación; y porque ha sido encontrado perfecto; su gloria será eterna» (Eccl 31, 9-10)…</p>
<p style="text-align: justify;">¿Creen que los santos llegaron sin esfuerzo a tal simplicidad, a tal dulzura, que los llevo a renunciar a la propia voluntad, cada vez que se presentaba la ocasión? ¡Oh no! Escuchen a San Pablo: Ahí de mí, hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero; siento en mis miembros una ley que se rebela contra la ley de mi Dios. ¡Ah como soy infeliz! ¿Quién me liberará de este cuerpo de pecado? (Rm 7, 15.14). ¿Cuántas pruebas no debieron soportar los primeros cristianos, abandonando una religión que tendía solamente a secundar las pasiones, para abrazar una que solamente tendía  a crucificar su carne? ¿Creen ustedes que san Francisco de Sales no habría hechose violencia para hacerse así humilde como era? ¡Cuántas sacrificios ha debido hacer!&#8230;.Los santos se han hecho santos solamente después de muchos sacrificios y muchas violencias.</p>
<p style="text-align: justify;">En segundo lugar, digo que nosotros tenemos las mismas gracias de ellos. ¿Y ante todo, el bautismo no tiene la misma capacidad de purificación, la confirmación  de fortificación, la confesión de arrepentimiento de nuestros pecados, la eucaristía para debilitar en nosotros la concupiscencia y para aumentar la gracia en nuestras almas? ¿Miren las palabras de Jesucristo, no son ellas las mismas? ¿No escuchamos cada instante este consejo: «Deja todo y sígueme»? Es aquello que convirtió a san Antonio, San Arsenio, San Francisco de Asís. ¿No leemos en el Evangelio este oráculo: de que cosa sirve al hombre ganarse el universo si se perderá su propia alma?</p>
<p style="text-align: justify;">Son aquellas palabras que convirtieron a San Francisco Javier, y que lo hicieron un celoso apóstol. ¿No escuchamos cada día: «Velen y oren siempre», «Amen a su prójimo como a ustedes mismos»? ¿No es esta doctrina que ha formado a todos los santos?</p>
<p style="text-align: justify;">En fin, mirando los buenos ejemplos, para cuanto desordenado haya en el mundo, no tenemos además algunos bajo los ojos, y así mas de cuantos podremos imitar?</p>
<p style="text-align: justify;">En fin, que gracia nos falta de aquellos santos?&#8230;.</p>
<p style="text-align: justify;">Sí, podemos ser unos santos, y debemos todos trabajar y volvernos santos. Los santos han sido mortales como nosotros, débiles y sujetos de pasiones como nosotros, tenemos los mismos auxilios, las mismas gracias, los mismos sacramentos…. ¿Podemos ser santos, porque nunca el buen Dios nos rechazar dar su gracia para ayudarnos para hacernos santos? Él es nuestro buen Padre, nuestro Salvador y nuestro amigo. Él desea con ardor vernos liberados de los males de la vida. Él quiere colmarnos de inmensas consolaciones, pregustaciones del cielo, que yo les deseo.</p>
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		<title>Sanando enfermos, estando enfermo</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Nov 2009 23:09:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[San Juan María Vianney estuvo enfermo, casi a punto de fallecer, durante el mes de mayo de 1843, y es un hecho poco conocido en su vida, como muchas otras cosas de su vida. Bien, una persona de Chalon-sur-Saône, la señora Claudina Raymond Corcevay, se dirigió a Ars, buscando una curación.  Claudina estaba enferma de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">San Juan María Vianney estuvo enfermo, casi a punto de fallecer, durante el mes de mayo de 1843, y es un hecho poco conocido en su vida, como muchas otras cosas de su vida. Bien, una persona de Chalon-sur-Saône, la señora Claudina Raymond Corcevay, se dirigió a Ars, buscando una curación.  Claudina estaba enferma de la laringe y de los bronquios, no podía pronunciar palabra sin sentir un dolor en la garganta semejante a la quemadura en la piel; no se comunicaba con los demás sino con una pequeña pizarra.</p>
<p style="text-align: justify;">En esta forma se dirigió a el Cura de Ars aquella mañana e que, convaleciente, bajó a  la iglesia por primera vez: &#8220;Hija mía, los remedios de la tierra son inútiles, y ya ha tomado usted demasiados. Pero Nuestro Señor puede curarla. Acuda a Santa Filomena. Hágale violencia. Déjele su pizarra sobre su altar. Dígale, que si no puede devolverle la voz, que le dé la suya&#8221;, le dijo en cuanto la vio.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Enseguida me eché a los pies de la Santa, y así que hube concluido mi oración, quedé curada. Hacía dos años que no podía hablar y seis padeciendo los dolores. Al encontrarme con la señora Favier, en cuya casa me hospedaba, leí en voz alta, delante de muchas personas, algunas páginas sobre la confianza en la Santísima Virgen. Estaba del todo bien&#8221;. Así lo relató la propia Claudina en el proceso de beatificación.</p>
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		<title>Hablando con la Virgen, en persona</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Oct 2009 00:46:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La narradora es Estefanía Duriè, nacida en Arfenille, en el Allier, mujer inteligente, reservada y digna de toda confianza la cual se dedicaba a hacer cuestaciones para las obras de San Juan María Vianney, llegó a Ars por la mañana del 8 de mayo de 1840. Ése día llevaba una suma bastante considerable destinada a fundaciones de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La narradora es Estefanía Duriè, nacida en Arfenille, en el Allier, mujer inteligente, reservada y digna de toda confianza la cual se dedicaba a hacer cuestaciones para las obras de San Juan María Vianney, llegó a Ars por la mañana del 8 de mayo de 1840. Ése día llevaba una suma bastante considerable destinada a fundaciones de misas. Pasó primeramente al orfanato, la Providencia, donde comió, para luego entregar el dinero a quien correspondía. He aquí lo que sucedió:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Acababa de dar la una. El señor Cura estaba solo en su cuarto. Catalina Lassagne me abrió la puerta de la casa parroquial. Comencé a subir la escalera, cuando he aquí que el Cura de Ars hablaba como si alguien estuviera con él. Subí sin hacer ruido, y escuché a una voz dulce que decía: &#8220;¿Qué queréis?&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">- ¡Ah, mi buena madre! Yo os pido la conversión de los pecadores, el consuelo de los afligidos, el alivio de los enfermos, y en particular, de una persona que hace mucho tiempo que padece y que desea morir o curarse&#8221;. La voz respondió: &#8220;Se curará, pero más tarde&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Al oír esas palabras, entré súbitamente en el cuarto, cuya puerta estaba entreabierta. Como yo padecía de un cáncer, estaba convencida de que todo aquello iba por mí. ¡Cuál no fue mi sorpresa al ver, que delante de la chimenea, a una señora de estatura regular, vestida con un ropaje de radiante blancura sobre el cual se veían esparcidas unas rosas de oro! Su calzado me pareció blanco como la nieve. En sis manos brillaban los más ricos diamantes y su frente estaba circundada de una diadema  de estrellas tan relucientes como el sol. Me quedé deslumbrada.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando pude dirigir hacia ella mi mirada, vi cómo sonreía dulcemente. &#8220;Mi buena madre, llevadme al cielo.</p>
<p style="text-align: justify;">- Más tarde</p>
<p style="text-align: justify;">- ¡Ah! Ya es tiempo, Madre mía</p>
<p style="text-align: justify;">- Tu serás siempre mi hija, y yo seré siempre tu Madre.&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Después de haber pronunciado esas palabras, desapareció. Permanecí por unos momentos fuera de mí, estupefacta del favor que se me había concedido. ¡Es posible ver cosa tan hermosas y ser tan ingrata! Me decía. Al volver en mí, vi al señor Cura, delante de su mesa, de pie, con las manos juntas en el pecho, el rostro resplandeciente y la mirada inmóvil.  Temí que hubiese muerto, me acerqué a él y le tire de la sotana: &#8220;Dios mío, ¿sos vos?</p>
<p style="text-align: justify;">- No, no, Padre mío, soy yo (y mientras pronunciaba yo éstas palabras volvió en sí y se movió), ¿Dónde estaba usted padre? ¿Qué ha visto?</p>
<p style="text-align: justify;">- He visto a una señora</p>
<p style="text-align: justify;">- Yo también, ¿Quién era  ésta señora?</p>
<p style="text-align: justify;">- Si usted habla de ello, no ponga jamás los pies en Ars.</p>
<p style="text-align: justify;">- ¿Puedo decirle lo que pienso? Me parece que era la Santísima Virgen María.</p>
<p style="text-align: justify;">-Yo no se equivoca usted&#8230; ¿también usted la ha visto?</p>
<p style="text-align: justify;">- Sí, la he visto y le he hablado&#8230; Ahora explíqueme usted qué le ocurría, cuando pensaba que había muerto.</p>
<p style="text-align: justify;">- ¡Oh no! Es que estaba demasiado contento de ver haber visto a mi madre.</p>
<p style="text-align: justify;">- Padre mío, le debo haberla visto&#8230; Cuando vuelva conságreme a ella, para que a su vez me consagre a su Divino Hijo&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">El Cura de Ars me lo prometió y después me dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">- &#8220;Usted curará</p>
<p style="text-align: justify;">- Pero padre, ¿cuándo?</p>
<p style="text-align: justify;">- Un poco más tarde. No pregunte usted más.&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Después en un tono muy suave añadió:</p>
<p style="text-align: justify;">- &#8220;Con la Santísima Virgen y Santa Filomena, nos conocemos muy bien&#8221;.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">
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		<title>Misterio en el confesionario</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Oct 2009 21:37:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En el año de 1849, la señorita María Roch, de París-Montrouge, quiso recurrir a las luces de San Juan María Vianney: estaba afligida por ciertas penas interiores muy vivas, y creía que solamente un hombre de Dios como el cura de Ars podría librarla de ellas. Después de una larga espera, la señorita Roch pudo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En el año de 1849, la señorita María Roch, de París-Montrouge, quiso recurrir a las luces de San Juan María Vianney: estaba afligida por ciertas penas interiores muy vivas, y creía que solamente un hombre de Dios como el cura de Ars podría librarla de ellas.</p>
<p style="text-align: justify;">Después de una larga espera, la señorita Roch pudo acercarse al confesionario; desde su sitio, dirigió sus miradas al rincón oscuro donde trabajaba San Juan María Vianney, ¿qué veía allí? Dos rayos de fuego parecían salir del rostro del Santo, cuyos rasgos aparecían confusos, como eclipsados, por aquellos intensos resplandores. ¿Era aquella mujer un objeto de una alucinación o confusión? No, la señorita Roch era muy dueña de sí, y la luz solar no podía en aquellas horas penetrar en aquel rincon oscuro de la iglesia de San Juan Bautista. No tuvo valor para entrar en el confesionario y se marchó.  Pero el Cura de Ars ya había leído su corazón.</p>
<p style="text-align: justify;">Al día siguiente, al salir del catecismo, y sin que ella le hubiese explicado cosa alguna, pasó por su lado, y deteniéndose le dijo: &#8220;Hija mía, esté usted tranquila; todo irá bien&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué veía el Cura de Ars? ¿Qué sentía durante aquellos minutos que no era de éste mundo? Sólo el podía decirlo, y jamás lo hizo. Por dicha nuestra, hubo terceras personas que fueron favorecidas siendo testigos de las cosas que le sucedían y que hablaron en sus procesos de canonización.</p>
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