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	<title>San Juan María Vianney &#187; año sacerdotal</title>
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	<description>El atractivo de un alma pura</description>
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		<title>Regalo para la clausura del Año Sacerdotal</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Jun 2010 12:51:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Y se fue el Año Sacerdotal. La página, surgió como un recurso para éste año, ya que vi que había poco material de San Juan María Vianney, tanto en libros como en internet, por lo menos para mí ha sido díficil, me tardé dos años en conseguir el libro de Francis Trochu, y luego conseguí [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Y se fue el Año Sacerdotal. La página, surgió como un recurso para éste año, ya que vi que había poco material de San Juan María Vianney, tanto en libros como en internet, por lo menos para mí ha sido díficil, me tardé dos años en conseguir el libro de Francis Trochu, y luego conseguí los de Catalina Lassagne y el libro de homilías en francés&#8230; la página surgió para compartir un poco lo que había aprendido de éste gran santo.</p>
<p style="text-align: justify;">Soy laico, no soy sacerdote ni seminarista, pero San Juan María Vianney, además de ser mi patrono en mi parroquia en Monterrey, en lo personal ha sido ejemplo y enseñanza, cada día que aprendo más, me sorprende y me cautiva más, y me motiva a ser mejor cristiano y persona.</p>
<p style="text-align: justify;">Espero que la página cumpla un poco como éso: ayuda para conocerle, y que en todos los artículos hayan descubierto algo nuevo, y útil en su vida espiritual.</p>
<p style="text-align: justify;">Les preparé un ebook de poco más de 100 páginas, con homilías y pasajes de su vida, algunos ya en el blog, otros tantos no. Tiene licencia creative commons, o sea, pueden publicar, imprimirlo, lo que sea, sólo coloquen el autor original o enlace a éste blog. Espero les guste.</p>
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		<title>Homilía de Corpus Christi</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jun 2010 11:45:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estas palabras nos recuerdan todas las miserias de la vida, el menosprecio con que hemos de mirar las cosas creadas y perecederas, el deseo con que debemos esperar la salida de este mundo para encaminarnos a nuestra verdadera patria, ya que esta tierra no lo es. Consolémonos, sin embargo, del destierro a que estamos sujetos; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Estas palabras nos recuerdan todas las miserias de la vida, el menosprecio con que hemos de mirar las cosas creadas y perecederas, el deseo con que debemos esperar la salida de este mundo para encaminarnos a nuestra verdadera patria, ya que esta tierra no lo es.</p>
<p>Consolémonos, sin embargo, del destierro a que estamos sujetos; en él tenemos un Dios, un amigo, un consolador y un Redentor, que puede endulzar nuestras penas, haciéndanos vislumbrar grandes bienes, desde este valle de miserias; lo cual debe llevarnos a exclamar, como la Esposa de los Cantares: «¿Habéis visto a mi amado? Y si lo habéis visto, decidle que no hago más que penar» (Cant., V, 8.) ¿Hasta cuándo, Señor, exclama el santo Rey Profeta en sus transportes de amor y arrobamiento, hasta cuándo prolongaréis mi destierro lejos de Vos? (Ps. CXIX, 5.). Mas dichosos que los santos del Antiguo Testamento, no solamente poseemos a Dios por la grandeza de su inmensidad, en virtud de la cual se halla en todas partes; sino que le tenemos con nosotros tal cual estuvo durante nueve meses en el sello de María, tal cual estuvo en la cruz. Más afortunados aún que los primeros cristianos, quienes hacían cincuenta o sesenta leguas de camino para tener la dicha de verle, nosotros le poseemos en cada parroquia, cada parroquia puede gozar a su gusto de tan dulce compañía. ¡Oh, pueblo feliz!</p>
<p><a name="more"></a><br />
¿Cuál es mi propósito. Vedlo aquí. Quiero mostraros la bondad de Dios en la institución del adorable sacramento de la Eucaristía y los grandes provechos que de este sacramento podemos sacar.</p>
<p>I.- Digo yo que lo que hace la felicidad de un buen cristiano, hace la desgracia de un pecador. ¿Queréis de ello una prueba? Vedla aquí. Para el pecador que no quiere salir del pecado, la presencia de Dios se convierte en un suplicio: quisiera él borrar el pensamiento de que Dios le está mirando y le juzgará, se oculta, huye de la luz del sol, se hunde en las tinieblas, siente indecible horror por todo lo que puede evocarle aquel pensamiento; un ministro de Dios le estorba, le causa odio, huye de Él, cuando piensa que tiene un alma inmortal, que hay un Dios que le recompensará o castigará durante toda la eternidad; conforme a sus obras; le parece que tales pensamientos son otros tantos verdugos que le atormentan sin cesar. ¡Ah!, ¡triste existencia la de un pecador que vive en pecado! ¡Es en vano que te ocultes de la presencia de Dios, nunca podrás conseguirlo! «¿Adán, Adan, donde estás?» «Señor, exclama, he pecado y temo vuestra presencia» (Gen., III, 9-10). Adán, temblando, corre a ocultarse, y es precisamente en el momento en que creía no ser visto de Dios cuando se hizo oír su voz : «Adán en todas partes me hallarás; has pecado, y Yo he sido testigo de tu crimen; mis ojos estaban fijos en ti». «Caín, Caín, ¿dónde está tu hermano?». Al oír la Voz del Señor, Caín quedó estupefacto. Pero Dios le persiguió con la espada en el cinto: «Caín, la sangre de tu hermano clama venganza» (Gen., IV, 9-10). Cuan cierto es que el pecador se halla en un continuado espanto y desesperación. ¿Qué hiciste, pecador? Dios te castigará. No, no, exclama, Dios no me ha visto, «no hay Dios». ¡Ah!, desgraciado, Dios te ve y te castigará. De lo cual concluyo que en vano el pecador querrá tranquilizarse, olvidar sus pecados, huir de la presencia de Dios y procurarse todo cuanto su corazón pueda desear; a pesar de todo esto, no dejará de ser un desdichado; en todas partes arrastrará sus cadenas y su infierno. ¡ Ah !, ¡ triste existencia 1 No vayamos más lejos; estos pensamientos son demasiados desesperanzadores; de ningún modo nos conviene hoy_ este lenguaje; dejemos a esos pobres desgraciados en las tinieblas, ya que en ellas quieren vivir; dejemos que se condenen, ya que no quieren salvarse.<br />
«Venid, hijos míos, decía el santo Rey David, venid, pues tenga grandes cosas que anunciaros ; venid, y os diré cuán bueno es el Señor para los que le aman. Tiene preparado para sus hijos un alimento celestial que da frutos de vida. En todas partes hallaremos a nuestro Dios; si vamos al cielo, allí estará; si pasamos el mar, le veremos a nuestro lado. Si nos sumergimos en la profundidad caótica de las aguas, hasta allí nos acompañará» (Ps. XXXIII; CXXXVIII. XXII.).</p>
<p>Nuestro Dios no nos pierde de vista, cual una madre que está vigilando al hijito que da los primeros pasos. «Abraham, dice el Señor, anda en mi presencia y la hallarás en todas partes.» «¡ Dios mío !, exclama Moisés, servíos mostrarme vuestra faz: con ella tendré cuanto puedo desear» (Exod, XXIII, 13.). Cuán consolado queda un cristiano, al pensar que Dios le ve, que es testigo de sus penalidades y de sus combates, que tiene a Dios de su parte. Digámoslo mejor, ¡todo un Dios le estrecha dulcemente contra su seno! ¡Pueblo cristiano! ¡Cuán dichoso eres al gozar de tantos favores que no se conceden a los demás pueblos! Razón tenía al decirnos, que si la presencia de Dios es una tiranía para el pecador, es en cambio una delicia infinita; un cielo anticipado para el buen cristiano.</p>
<p>Hermoso y consolador es lo que os acabo de decir, más aún no es todo, es poca cosa todavía, me atrevo a decir, en comparación del amor que Jesucristo nos manifiesta en el adorable sacramento de la Eucaristía. Si me dirigiese a gente incrédula o impía, que se atreve a dudar de la presencia de Jesucristo en este adorable sacramento, comenzaría por aportar pruebas tan claras y convincentes, que morirían de pena por haber dudado un misterio apoyado en argumentos tan fuertes v persuasivos. Les diría yo: si es verdad la existencia de Jesucristo, también es verdad este misterio, ya que Aquél, después de haber tomado un fragmento de pan en presencia de sus apóstoles, les dijo: «Ved aquí pan; pues bien, voy a transformarlo en mi Cuerpo; ved aquí vino, el cual voy a transformar en mi sangre; este cuerpo es verdaderamente el mismo que será crucificado, y esta sangre es la misma que será derramada en remisión de los pecados ; y cuantas veces pronunciéis estas palabras, dijo además a sus apóstoles, obraréis el mismo milagro; esta potestad la comunicaréis unos a otros hasta el fin de los siglos»(Matth., XXVI ; Luc., XXII.). Mas ahora dejemos a un lado estas pruebas; tales razonamientos son inútiles para unos cristianos que tantas veces han gustado las dulzuras que Dios les comunica en el sacramento del amor.</p>
<p>Dice San Bernardo que hay tres misterios en los cuales no puede pensar sin que su corazón desfallezca de amor y de dolor, El primero es el de la Encarnación, el segundo es el de la muerte y pasión de Jesús, y el tercero es el del adorable sacramento de la Eucaristía. Al hablarnos el Espíritu Santo del misterio de la encarnación, se expresa en términos que nos muestra la imposibilidad de comprender hasta dónde llega el amor de Dios a los hombres, pues dice: «Así amó Dios al mundo», como si nos dijese: dejo a vuestra mente, deja a vuestra imaginación la libertad de formar sobre ello las ideas que os plazca; aunque tuvieseis toda la ciencia dé las profetas, todas las luces de los doctores y todos los conocimientos de los ángeles, os sería imposible comprender el amor que Jesucristo ha sentido por vosotros en estos misterios. Cuando nos habla San Pablo de los misterios de la Pasión de Jesucristo, ved cómo se expresa : «Con todo y ser Dios infinito en misericordia y en gracia, parece haberse agotado por amor nuestro. Estábamos muertos y nos dió la vida. Estábamos destinados a ser infelices por toda una eternidad, y con su bondad y misericordia ha cambiado nuestra suerte» (Eph., II, 4-6.). Finalmente, al hablarnos, San Juan, de la caridad que Jesucristo mostró con nosotros al instituir el adorable sacramento de la Eucaristía, nos dice «que nos amó hasta el fin» (Joan., XIII, 1.) es decir, que amó al hombre, durante toda su vida, con un amor sin igual. Mejor dicho, nos amó cuanto pudo. ¡Oh, amor, cuan grande y cuán poco conocido eres!</p>
<p>Y pues, amiga mío, ¿no amaremos a un Dios que durante toda la eternidad ha suspirado por nuestro bien? ¡Un Dios que tanto lloró nuestros pecados, y que murió para borrarlos! Un Dios que quiso dejar a los ángeles del cielo, donde es amado con amor tan perfecto y puro, para bajar a este mundo, sabiendo muy bien que aquí sería despreciado. De antemano sabía las profanaciones que iba a sufrir en este sacramento de amor. No se le ocultaba que unos le recibirían sin contrición; otros sin deseo de corregirse; ¡ay!, otros tal vez, con el crimen en su corazón, dándole con ello nueva muerte. Pero nada de esto pudo detener su amor. ¡Dichoso pueblo cristiano! «Ciudad de Sión, regocíjate, prorrumpe en la más franca alegría, exclama el Señor por la boca de Isaías, ya que tu Dios mora en tu recinto» (Is.,XII,6.). Lo que el profeta Isaías decía a su pueblo, puedo yo decíroslo con más exactitud. ¡Cristianos, regocijaos!, vuestro Dios va a comparecer entre vosotros. Este dulce Salvador va a visitar vuestras plazas, vuestras calles, vuestras moradas; en todas partes derramará las más abundantes bendiciones. ¡Moradas felices aquellas delante de las cuales va a pasar! ¡Oh, felices caminas los que vais a estremeceros bajo tan santos y sagrados pasos! ¿Quién nos impedirá decir, al volver a discurrir por la misma vía : Por aquí ha pasado mi Dios, por esta senda ha seguido cuando derramaba sus saludables bendiciones en esta parroquia?</p>
<p>¡Qué día tan consolador para nosotros. Si nos es dado gozar de algún consuela en este mundo, ¿ no será, por ventura, en este momento feliz? Olvidemos, a ser posible, todas nuestras miserias. Esta tierra extranjera va a convertirse en la imagen de la celestial Jerusalén; las alegrías y fiestas del cielo, van a bajar a la tierra. «Péguese la lengua a mi paladar, si es capaz de olvidar estos grandes beneficios» (Ps. CYXXVI, 6.). ¿Que el cielo prive a mis ojos de la luz, si ellos han de fijar sus miradas en las cosas terrenas?</p>
<p>Si consideramos las obras de Dios: el cielo v la tierra, el orden admirable que reina en el vasto universo, ellas nos anuncian un poder infinito que lo ha creado todo, una sabiduría infinita que todo lo gobierna, tina bondad suprema y providente que cuida de todo con la misma facilidad que si estuviese ocupada en un solo ser: tantos prodigios han de llenarnos forzosamente de sorpresa, espanto y admiración. Mas; fijándonos en el adorable sacramento de la Eucaristía, podemos decir que en él está el gran prodigio del amor de Dios con nosotros; en él es donde su omnipotencia, su gracia y su bondad brillan de la manera más extraordinaria. Con toda verdad podemos decir que éste es el pan bajado del cielo, el pan de los ángeles, que recibimos coma alimento de nuestras almas. Es el pan de los fuertes que nos consuela y suaviza nuestras penas. Es éste realmente «el pan de los caminantes»; mejor dicho, es la llave qué nos franquea las puertas del cielo. «Quien me reciba, dice el Salvador, alcanzará la vida eterna: el que me coma no morirá. Aquel, dice el Salvador, que acuda a este sagrado banquete, hará nacer en él una fuente que manará hasta la vida eterna» (Ioan., VI, 54.55; IV, 14.).</p>
<p>Mas, para conocer mejor las excelencias de este don, debemos examinar hasta qué punto Jesucristo ha llevado su amor a nosotros en este sacramento. No era bastante que el Hijo de Dios se hiciese hombre por nosotros; para dejar satisfecho su amor, era preciso ofrecerse a cada uno en particular. Ved cuánto nos ama. En la misma hora en que sus indignos hijos activaban los preparativos para darle muerte, su amor le llevaba a obrar un milagro cuyo objeto es permanecer entre ellos. ¿Se ha visto, podrá verse amor más generoso ni mas liberal que el que nos manifiesta en el Sacramento de su amor? ¿No habremos de afirmar, con el Concilio de Trento, que en dicho Sacramento es donde la liberalidad v generosidad divinas han agotado todas sus riquezas? (Ses., XIII, cap. II.). ¿Nos será dado hallar sobre la tierra, y hasta en el cielo, algo que con este misterio pueda ser comparado? ¿Se ha visto jamás que la ternura de un padre, la liberalidad de un rey para sus súbditos, llegase hasta donde ha llegado la que muestra Jesucristo en el Sacramento de nuestros altares? Vemos que los padres, en su testamento, dejan las riquezas a sus hijos; mas en el testamento del Divino Redentor, no son bienes temporales, puesto que ya los tenemos, sino su Cuerpo adorable y su Sangre preciosa lo que nos da. ¡Oh, dicha del cristiano, cuán poco apreciada eres¡.  No, Jesús no podía llevar su amor más allá que dándose a Sí mismo; ya que, al recibirlo, le recibimos con todas sus riquezas. ¿No es esto una verdadera prodigalidad de un Dios para con sus criaturas. Si Dios nos hubiese dejado en libertad de pedirle cuanto quisiéramos, ¿nos habríamos atrevido a llevar hasta tal punto nuestras esperanzas? Por otra parte, el mismo Dios, con ser Dios, ¿podía hallar alga más precioso para darnos?, nos dice San Agustín. Pera, ¿sabéis aún cuál fué el motivo que movió a Jesucristo a permanecer día y noche en nuestras templos? Pues fué para que, cuantas veces quisiéramos verle, nos fuese dado hallarle. ¡Cuán grande eres, ternura de un padre. ¡Qué cosa puede haber más consoladora para, un cristiano, que sentir que adora a un Dios presente en cuerpo y alma! «Señor, exclama el Profeta Rey, ¡un día pasado junta a Vos es preferible a mil empleados en las reuniones del mundo»! (Pes., LXXXIII, 11.). ¿Qué es, en efecto, lo que hace tan santas y respetables nuestras iglesias?, ¿no es, por ventura, la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo? ¡Ah!, ¡pueblo feliz, el cristiano!</p>
<p>II.- Pero, me preguntaréis, ¿qué deberemos hacer para testimoniar a Jesucristo nuestro respeto y nuestra gratitud? Vedlo aquí:</p>
<p>1.° Deberemos comparecer siempre ante su presencia con el mayor respeto, y seguirle con alegría verdaderamente celestial, representándonos interiormente aquella gran procesión que tendrá lugar después del juicio final. Para quedar penetrados del más profundo respecto, bastará recordar nuestra condición de pecadores, considerando cuán indignos somos de seguir a un Dios tan santo y tan puro, Padre bondadoso al que tantas veces hemos despreciado y ultrajado, y que con todo nos ama aún y se complace en darnos a entender que está dispuesto a perdonarnos nuevamente. ¿Qué es lo que hace Jesucristo cuando le llevamos en procesión? Vedlo aquí. Viene a ser como un buen rey en medio de sus súbditos, como un padre bondadoso rodeado de sus hijos, como un buen pastor visitando sus rebaños. ¿En qué debemos pensar cuando marchamos en pos de nuestro Dios? Mirad. Hemos de seguirle con la misma devoción y adhesión que los primeros fieles cuando moraba aquí en la tierra prodigando el bien a todo el mundo. Sí, si acertamos a acompañarle con viva fe, tendremos la seguridad de alcanzar cuanto le pidamos.</p>
<p>Leemos en el Evangelio que un día, en el camino por donde pasaba el Señor, había dos ciegos, los cuales se pusieron a dar voces diciendo: «¡Jesús, hijo de David, ten piedad de nosotros!» Al verlos el Divino Maestro, movióse a compasión, y les preguntó qué querían. «Señor, le respondieron, haced que veamos.» «Pues ved», les dijo el Salvador (Matth., XX, 30-34.). Un gran pecador llamado Zaqueo, deseando verle pasar, se encaramó a un árbol; pero Jesucristo, que había venido para salvar a los pecadores, le dijo: «Zaqueo, baja del árbol pues quiero alojarme en tu casa», ¡En tu casa!, lo cual es como si le dijese: Zaqueo, desde hace mucho tiempo, la puerta de tu corazón está cerrada por el orgullo y las injusticias; ábreme hoy, pues vengo para otorgarte el perdón. Al momento, bajó Zaqueo, humillóse profundamente ante su, Dios, reparó todas sus injusticia no deseando ya por herencia otra cosa que la pobreza y el sufrimiento (Luc., XIX, 1-10.). ¡Oh, instante feliz, el cual le valió una eternidad de dicha! Otro día pasando el Salvador por otra calle, seguíale una pobre mujer, afligida por espacio de. doce años a causa de un flujo de sangre: Se decía ella : «Si tuviese la dicha de tocar aunque sólo fuese el borde de sus vestiduras, estoy cierta que curaría » (Matth., IX, 20-22.). Y corrió, llena de confianza, a arrojarse a los pies del Salvador, y al momento quedó libre de su enfermedad. Si tuviésemos la misma fe y la misma confianza, obtendríamos también las mismas gracias; puesto que es el mismo Dios, el mismo Salvador y el mismo Padre, animado de la misma caridad. «Venid. decía el Profeta, venid, salid de vuestros tabernáculos, mostraos a vuestro pueblo que os desea y os ama.» ¡Ay!, ¡cuántos enfermos esperan la curación! ¡Cuántos ciegos a quienes habría que devolver la vista! ¡Cuantos cristianos, de los que van a seguir a Jesucristo, tienen sus almas cubiertas de llagas! ¡Cuántos cristianos están en las tinieblas y no ven que corren inminente peligro de precipitarse en el infierno! ¡Dios mío!, ¡curad a unos e iluminad a otros! ¡Pobres almas, cuán desdichadas sois!</p>
<p>Nos refiere San Pablo que, hallándose en Atenas, vió escrito en un altar: «Aquí reside el Dios desconocido» (Ignoto Deo (Act. XVII, 23).). Pero, ¡ay!, podría deciros yo lo contrario: vengo a anunciaros un Dios que vosotros conocéis como tal, y no obstante no le adoráis, antes bien le despreciáis. Cuántos cristianos, en el santo día del domingo, no saben cómo emplear el tiempo, y, con todo, no se dignan dedicar ni tan sólo unos momentos a visitar a su Salvador que arde en deseos de verlos juntos a sí, para decirles que los ama y que quiere colmarles de favores. ¡Qué vergüenza para nosotros! ¿Ocurre algún acontecimiento extraordinario?, lo abandonáis todo y corréis a presenciarlo. Mas a Dios no hacemos otra cosa que despreciarle, huyendo de su presencia; el tiempo empleado en honrarle siempre nos parece largo, toda práctica religiosa nos parece durar demasiado. ¡Cuán distintos eran los primeros cristianos. Consideraban como las más felices de su vida los días y noches empleados en las iglesias cantando las alabanzas del Señor o llorando sus pecados; mas hoy, por desgracia; no ocurre lo mismo. Los cristianos de hoy, huyen de Él y le abandonan, y hasta algunos le desprecian; la mayor parte nos presentamos en las iglesias, lugar tan sagrado, sin reverencia sin amor de Dios, hasta sin saber para qué vamos allí. Unos tienen ocupado su corazón y su mente en mil cosas terrenas o tal vez criminales; otros están allí can disgusta y fastidio; otros hay que apenas si doblan la rodilla en las momentos en que un Dios derrama su sangre preciosa para perdonar sus pecados; finalmente, otros, aun no se ha retirado el sacerdote del altar, ya están fuera del templo. Dios mío, cuán poco os aman vuestras hijos, mejor dicho, cuanto os desprecian. En efecto, ¿cuál es el espíritu de ligereza y disipación que dejéis de. mostrar en la iglesia? Unos duermen, otros hablan, y casi ninguno hay que se ocupe en lo que allí debería ocuparse.</p>
<p>2.° Digo que habiendo sido los hombres criados por Dios y enriquecidos sin cesar por su mano con los más abundantes favores, debemos todos testificarle nuestra agradecimiento, y a la vez afligirnos por haberle ultrajado. Nuestra conducta debe ser la de un amigo que se entristece por las desgracias que a su amigo sobrevienen: a esto se llama mostrar una amistad sincera. Sin embargo, por favores que haya podido prestar un amigo, nunca hará lo que Dios ha hecho por nosotros. &#8211; Pero, me diréis, ¿quiénes deben, al parecer de usted, sentir un amor más intenso y más ardiente a la vista de los ultrajes que Jesucristo recibe de los malos cristianos? &#8211; Es indudable que todos han de afligirse por los desprecios de que es objeto, todos han de procurar desagraviarle; mas entre los cristianos hay algunos que están obligados a ello de un modo especial, y san los que tienen la dicha de pertenecer a la cofradía del Santísimo Sacramento. He dicho: «Que tienen la dicha». ¿Habrá otra mayor que la de ser escogidas para desagraviar a Jesucristo de los ultrajes que recibe en el Sacramento de su amor? No os quepa duda; vosotros, como cofrades, estáis obligados a llevar una vida mucho más perfecta que el común de los cristianos. Vuestros pecados son mucho más sensibles a Dios Nuestro Señor. No es bastante can llevar un cirio en la mano, para dar a entender que somos cantados entre los escogidos de Dios; es preciso que nuestro comportamiento nos singularice, como el cirio nos distingue de los que no lo llevan. ¿Por qué llevamos esos cirios que brillan, si no es para indican que nuestra vida debe ser un modelo de virtud, para mostrar que consideramos como una gloria el ser hijos de Dios y que estamos prestos a dar la vida por defender los intereses de Aquel a quien nos hemos consagrado perpetuamente? Sí, esforzarse en adornar las iglesias y los altares es dar, ciertamente, señales exteriores muy buenas y laudables; pero no hay, bastante. Los bethsamitas, cuando el arca del Señor pasó por su tierra, dieron muestras del mayor celo y diligencia; en cuanto la divisaron, salió el pueblo en masa para precederla; todos se ocuparon diligentemente en preparar la leña para ofrecer los sacrificios. Sin embargo, cincuenta mil hubieron de morir, por no haber guardado bastante respeto (1 Reg., VI.). ¡Cuánto ha de hacernos temblar este ejemplo! ¿Que objetos guardaba aquella arca. Un poco de maná, las tablas de la Ley; y porque los que a ella se acercan no están bien penetrados de su presencia, el Señor los hiere de muerte. Pero, decidme, ¿quiénes de los que reflexionen tan sólo por un momento sobre la presencia de Jesucristo, no quedarán sobrecogidos de temor? ¡Cuántos desgraciados forman parte del cortejo del Salvador, con un corazón lleno de culpas! ¡Ah, infeliz!, en vano doblarás la rodilla, mientras un Dios se yergue para bendecir a su pueblo; sus penetrantes miradas no dejarán por eso de ver los horrores que cobija tu corazón. Mas, si nuestra alma está pura, entonces podremos figurarnos que vamos en pos de Jesucristo como en pos de un gran rey, que sale de la capital de su reino para recibir los homenajes de sus súbditos y colmarlos de favores.</p>
<p>Leemos en el Evangelio que aquellos dos discípulos que iban a Emmaús andaban en compañía del Salvador sin conocerle; y cuando le hubieron reconocido, desapareció. Enajenados por su dicha, decíanse el uno al otro: «Cómo se explica que no le hayamos reconocido, ¿Acaso nuestros corazones no se sentían inflamados de amor cuando nos hablaba explicándonos las Escrituras?» (Luc., XXIV, 13-32.) . Mil veces más dichosos que aquellas discípulos somos nosotros, va que ellos iban en compañía de Jesucristo sin conocerle, mas nosotros sabemos que quien marcha en nuestra compañía presidiéndonos, es nuestro Dios y Salvador, el cual va a hablar al fondo de nuestro corazón, en donde infundirá una infinidad de buenos pensamientos y santas inspiraciones. «Hijo mío, te dirá, ¿por qué no quieres amarme? ¿Por qué no dejas ese maldito pecado que levanta una muralla de separación entre ambos? ¡Ah!, hijo mío, aquí tienes el perdón, ¿quieres arrepentirte?» Pero ¿qué le responde el pecador? «No, no, Señor, prefiero vivir bajo la tiranía del demonio y ser reprobado, a imploraros perdón.»</p>
<p>Mas, me dirá alguno, nosotros no decimos esto al Señor. &#8211; Pero ya replica que se lo, decís repetidamente, o sea, cada vez que Dios os inspira el pensamiento de convertiros. ¡Ah, desgraciado! día vendrá en que pedirás lo que hoy rehúsas, y entonces tal vez no te será concedido. Es muy cierto, que si tuviésemos la dicha de que Dios se nos hiciese visible, como ha acontecido a muchos santos, ya en la figura de un niño en el pesebre, ya traspasado por los clavos en la cruz, sentiríamos hacia Él mayor respeta y amor; pera esto no lo merecemos, y si nos aconteciese un caso semejante nos creeríamos ya santos, lo cual sería un motivo de orgullo. Mas, aunque Dios no nos otorgue esta gracia, no deja por ello de estar presente, y presto a concedernos cuanto le pidamos.</p>
<p>Refiérese en la historia que, dudando un sacerdote de esta verdad, después de haber pronunciado las palabras de la consagración: «¿Cómo es posible, decía entre sí, que las palabras de un hombre abren tan gran milagro?» Mas Jesucristo, para echarle en cara su poca fe, hizo que la santa Hostia sudase sangre en abundancia, hasta el punto que fué preciso recoger ésta con una cuchara (Las maravillas divinas en la Santa Eucaristía, por el P. Rossignoli, S. J., CXIII. maravilla.). Y el mismo autor nos refiere también que un día se pegó fuego a una capilla, y ardió toda la construcción hasta quedar destruída; mas la santa Hostia quedó suspendida en el aire sin apoyarse en ninguna parte. Habiendo acudido un sacerdote para recibirla en un vaso, vino en seguida ella misma a posarse allí (es el milagro de las sagradas Hostias de Faverney; en la diócesis de Besançon, ocurrido el día 26 de mayo de 1608. Cfr. Monseñor de Segur, en La Francia al Pie del Santísimo Sacramento, XV.).</p>
<p>Si amásemos a Dios, sería para nosotros una gran alegría, una gran dicha el venir todas los domingos al templo a emplear algunos momentos en adorarle y pedirle perdón de los pecados; miraríamos aquellos instantes como los más deliciosos de nuestra vida. ¡Cuán consoladores y suaves son los momentos pasados con este Dios de bondad! ¿Estás dominado por la tristeza?, ven un momento a echarte a sus plantas, y quedarás consolado. ¿Eres despreciado del mundo?, ven aquí,  y hallarás un amigo que jamás quebrantará la fidelidad. ¿Te sientes tentado?, aquí es donde vas a hallar las armas más seguras y terribles para vencer a tu enemigo. ¿Temes el juicio formidable que a tantos santos ha hecho temblar?, aprovéchate del tiempo en que tu Dios es Dios de misericordia y en que tan fácil es conseguir el perdón. ¿Estás oprimido por la pobreza?, ven aquí, donde hallarás a un Dios inmensamente rico, que te dirá que todos sus bienes son tuyos, no en este inundo sino en el otro: Allí es donde te preparo riquezas infinitas; anda, desprecia esos bienes perecederos y en cambio obtendrás otros que nunca te habrán de faltar. ¿Queremos comenzar a gozar de la felicidad de los santos ?, acudamos aquí y saborearemos tan venturosas primicias.</p>
<p>¡Cuán dulce es gozar de los castos abrazos del Salvador! ¿No habéis experimentado jamás una tal delicia? Si hubieseis disfrutado de semejante placer, no sabríais aveniros a veros privados de él. No nos admire, pues, que tantas almas santas hayan pasado toda su vida, día y noche, en la casa de Dios, no sabiendo apartarse de su presencia.</p>
<p>Leemos en la historia que un santo sacerdote hallaba tal delicia y consuelo en el recinto de los templos, que hasta se acostaba sobre las gradas del altar, para que, al despertarse, le cupiese la dicha de hallarse junto a su Dios; y Dios, para recompensarle, permitió que ni muriese al pie del altar. Mirad a San Luis: durante sus viajes, en vez de pasar la noche en la cama, la pasaba al pie de los altares, junto a la dulce presencia del Salvador. ¿Por qué, pues, sentimos nosotros tanta indiferencia y fastidio al venir aquí? Es que nunca hemos disfrutado de tan deliciosos momentos?<br />
¿Qué debemos sacar de todo esto?, vedlo aquí. Hemos de tener como uno de los instantes más felices de nuestra vida aquel en que nos es dado estar en compañía de tan buen amigo. Formemos en su cortejo con santo temor; como pecadores, pidámosle, con dolor y lágrimas en las ojos, perdón de nuestros pecados, y podemos estar ciertos de que lo alcanzaremos. Si nos hemos reconciliado, imploremos el don precioso de la perseverancia. Digámosle formalmente que preferimos mil veces morir antes que volver a ofenderle. Mientras no améis a vuestro Dios, jamás vais a quedar satisfechos: todo os agobiará, todo os fastidiará; mas, en cuanto le améis, comenzaréis una vida dichosa; y en ella podréis esperar tranquilamente la muerte! ¡Aquella muerte feliz, que nos juntará a nuestro Dios! ¡Ah, dulce felicidad!, ¿cuándo llegarás? ¡Cuán largo es el tiempo de espera!, ¡ven!, ¡tú nos procurarás el mayor de todos los bienes, o sea la posesión del mismo Dios!</p>
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		<title>Homilía sobre la Santa Misa</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 12:15:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Es innegable que el hombre, como criatura, debe a Dios el homenaje de todo su ser, y, como pecador, le debe una víctima de expiación; por esto en la antigua ley todos los días, en el templo, era ofrecida a Dios tanta multitud de víctimas. Alas aquellas víctimas no podían satisfacer enteramente por nuestras deudas delante de Dios; era necesaria otra víctima más santa y más pura, la cual había de continuar sacrificándose hasta el fin del mundo, víctima que había de ser capaz de pagar lo que nosotros debemos a Dios: Esta santa víctima es el mismo Jesucristo, Dios como su Padre y hombre como nosotros. Todos los días se ofrece en nuestros altares, como se ofreció en el Calvario y, por esta oblación pura y sin mancha, rinde a Dios los honores que le son debidos, y satisface, por el hombre, todo lo que éste debe a su Criador; se inmola cada día, a fin de reconocer el soberano dominio que Dios tiene sobre sus criaturas, quedando así plenamente reparado el ultraje que el pecado infiere a Dios Nuestro Señor. Ejerciendo Jesucristo de mediador entre Dios y los hombres, nos alcanza, por este sacrificio, cuantas gracias nos son necesarias; y habiéndose hecho al mismo tiempo víctima de acción de gracias, tributa Dios por los hombres todo el reconocimiento que ellos le deben. Mas, para hacernos participantes de todas estas ventajas, es preciso que pongamos algo de nuestra parte. Con el fin de haceros sentir mejor todo este, intentaré ahora exponeros lo más claramente posible: 1.º La gran dicha de que somos participantes al asistir a la santa Misa; 2.° Las disposiciones con que a la misma hemos de asistir; 3.° Como asisten a ella la mayor parte de los cristianos.</p>
<p>No quiero detenerme en la explicación de lo que significan los ornamentos con que el sacerdote se reviste; creo que todos, o la mayor parte de vosotros, lo sabéis. Cuando el sacerdote se dirige a la sacristía para revestirse, representa a Jesucristo bajando del cielo para encarnarse en el seno de la Santísima Virgen, tomando un cuerpo como el nuestro, para sacrificarlo a su Padre por nuestros pecados. Al tomar el amito, que es aquella tela blanca que se pone sobre sus hombros, se nos representa el momento en que los Judíos vendaron a Jesús los ojos, dándole golpes y diciéndole: «Adivina quién te ha pegado». El alba recuerda la vestidura blanca que por burla le mandó poner Herodes al devolverlo a Pilatos. El cíngulo representa las, cuerdas con que le ataron en el huerto de los Olivos y los azotes con que desgarraron sus carnes. El manípulo, que lleva el sacerdote en el brazo izquierdo, nos representa las cuerdas con que fue atado Jesús en la columna al ser azotado; se pone el manípulo en el brazo izquierdo por ser el más cercano al corazón, lo cual nos muestra el exceso del amor de Jesús, a impulsos del cual sufrió, por nuestros pecados, aquella cruel flagelación. La estola nos recuerda la soga que le echaron al cuello al cargarle la cruz a cuestas. La casulla representa el vestido de púrpura, y la túnica inconsútil sobre la cual echaron suertes.<br />
El Introito representa el ardiente deseo que los patriarcas tenían de la venida del Mesías, y por esto se repite dos veces. Guando el sacerdote reza el Confiteor, se nos representa a Jesucristo cargando con nuestros pecados a fin de satisfacer a la justicia de Dios Padre (El santo autor ha sacado la mayor parte del sermón de Rodríguez, Tratado VI., cap. XV.). El Kyrie eleison que quiere decir: «Señor, tened piedad de nosotros», representa el miserable estado en que nos hallábamos antes de la venida de Jesucristo. No detallemos más. La Epístola significa la doctrina del Antiguo Testamento; el Gradual significa la penitencia que hicieron los judíos después de la predicación del Bautista; el Aleluya nos representa la alegría de un alma que ha alcanzado la gracia; el Evangelio nos recuerda la doctrina de Jesucristo. Los diferentes signos de la cruz que se hacen sobre el cáliz y sobre la hostia, nos recuerdan todos los sufrimientos que Jesucristo hubo de experimentar durante el curso de su Pasión. Quizá otra vez insistiré sobre este punto.</p>
<p><a name="more"></a><br />
I. Antes de mostraros la manera cómo debéis oír la santa Misa, he de deciros dos palabras sobre lo que se entiende por santo sacrificio de la Misa. Sabéis ya que el santo sacrificio de la Misa es el mismo sacrificio de la cruz que fué ofrecido allá en el Calvario el Viernes Santo. Toda la diferencia está en que, cuando Jesucristo se inmoló sobre el Calvario, aquel sacrificio era visible, es decir, se presenciaba con los ojos del cuerpo; Jesucristo fué inmolado a suPadre, por manos de sus verdugos, y derramó su sangre; por esto se le llama sacrificio Cruento: lo cual quiere decir que la sangre manaba de sus venas y se la veía correr hasta el suelo. Mas, en la santa Misa, Jesucristo se ofrece a su Padre de una manera invisible; es decir, tal inmolación la vemos con los ojos del alma pero no con los del cuerpo. Ved, en resumen, lo que es el santo sacrificio de la Misa. Mas, para daros una idea de la grandeza y excelsitud del mérito de la santa Misa, me bastará deciros, con San Juan Crisóstomo, que la santa Misa alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres almas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellas derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos. Si me pedís la razón de esto, ella no puede ser más clara: todos estos actos son realizados por pecadores más o menos culpables; mientras que en el santo sacrificio de la Misa es el Hombre &#8211; Dios, igual al Padre, quien le ofrece los méritos de su pasión y muerte. Ya veis, pues, según esto, que la santa Misa es de un valor infinito. Por eso hallamos en el Evangelio que, en el momento de la muerte del Salvador, se obraron muchas conversiones: el buen ladrón recibió allí la seguridad de entrar en el paraíso, muchos judíos se convirtieron y los gentiles golpeábanse el pecho reconociéndolo por verdadero Hijo de Dios. Resucitaron los muertos, se abrieran las peñas y la tierra tembló.</p>
<p>Si acertásemos a asistir a la santa Misa con toda suerte de buenas disposiciones, aunque tuviésemes la desgracia de ser tan obstinados como los judíos, más ciegos que los gentiles, más duros que las rocas que se abrieron, es certísimo que alcanzaríamos nuestra conversión. En efecto, nos dice San Juan Crisóstomo que no hay momentos tan preciosos para tratar con Dios de la salvación de nuestra alma, como aquellos instantes en que se celebra la santa Misa, en la que el mismo Jesucristo se ofrece en sacrificio a Dios Padre, para obtenernos toda suerte de gracias y bendiciones. «¿Estamos afligidos, dice aquel gran Santo, pues hallaremos en la Misa toda suerte de consuelos. ¿Nos agobian las tentaciones? vayamos a oír la santa Misa, y allí hallaremos la manera de vencer al demonio.» Y, de paso, voy a citaros un ejemplo. Refiere el Papa Pío II que un caballero de la provincia de Ostia estaba continuamente atormentado por una tentación de desesperación que le inducía a ahorcarse, lo cual había intentado Ya varias veces. Habiendo ido a entrevistarse con un santo religioso para exponerle el estado de su alma y pedirle consejo, el siervo de Dios, después de haberle consolado y fortalecido lo mejor que pudo, aconsejóle, que tuviese en su casa un sacerdote que celebrase allí todos los días la santa Misa. Díjole el caballero que lo haría gustosamente. Al mismo tiempo fué a recluirse en un castillo de su propiedad; allí un sacerdote celebraba lodos los días la santa Misa, que el caballero oía con la mayor devoción. Después de haber permanecido allí por algún tiempo con gran tranquilidad de espíritu un día el sacerdote le pidió permiso para ir a decir la Misa en una iglesia vecina en la que se celebraba una festividad extraordinaria; el caballero no tuvo en ello inconveniente, pues se proponía ir también allí a oír la santa Misa. Mas una ocupaciónimprevista le retuvo, sin que de ello se diese cuenta, hasta el mediodía. Entonces, lleno de espanto por haber perdido la santa Misa, cosa que no le acontecía nunca, y sintiéndose otra vez atormentado por su antigua tentación, salió de su casa, y encontrose con un lugareño que le preguntó donde iba. «Voy, dijo el caballero, a oír la santa Misa.» «Es ya demasiado tarde, respondió aquel hombre, pues están todas celebradas.» Fueaquélla una noticia muy cruel para el caballero, quien se puso a dar voces, diciendo: «¡Ay!, estoy perdido, pues se me escapó la santa Misa». Él lugareño, que era amigo del dinero, al verle en aquel estado, le dijo: «Si queréis, os venderé la Misa que he oído y todo el fruto que de ella he sacado». El otro, sin reflexionar siquiera, lleno de pesar como estaba por haber faltado a la santa Misa contesto: «Pues sí, aquí tenéis mi capa». Aquel hombre no podía venderle la santa Misa sin cometer un grave pecado. Al separarse, el caballero no dejó, sin embargo, de proseguir su camino hacia la iglesia para rezar allí sus oraciones. Al volverse a su casa, después de sus prácticas piadosas, halló a aquel pobre paisano colgado de un árbol en el mismo lugar donde le había aceptado su capa. Nuestra Señor, en castigo de su avaricia, permitió que la tentación del caballero pasase al avaro. Movido por un tal espectáculo, aquel caballero dió gracias a Dios durante toda su vida, por haberle librado de un tan grande castigo, y no dejó nunca de asistir a la santa Misa a fin de agradecer a Dios tantas bondades. A la hora de la muerte confesó que desde que asistía diariamente a la santa Misa el demonio había dejado de inducirle a la desesperación (Cfr. P.Rossignoli, Maravillas divinas en la Sagrada Eucaristía, maravilla LXIII.ª).</p>
<p>Pues bien, ¿tiene razón San Juan Crisóstomo al decirnos que, si somos tentados, procuremos oír devotamente la santa Misa, con la cual alcanzaremos la seguridad de que Dios nos librará de la tentación? Si tuviésemos la debida fe, la santa Misa sería para nosotros un remedio para cuantos males nos pudiesen agobiar durante nuestra vida. ¿No es, en efecto, Jesucristo, nuestro médico de cuerpo y alma ?</p>
<p>II.- Hemos dicho que la santa Misa es el sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, el cual no se ofrece a los ángeles ni a los santos, sino solamente a Dios. Sabéis ya que el santa sacrificio de la Misa fué instituido el jueves Santo, al tomar Jesús el pan y transformarlo en su Cuerpo y al tornar el vino y convertirlo en su Sangre. Fué entonces cuando dió a los apóstoles y a todos sus sucesores el poder de hacer lo mismo; a lo cual llamamos nosotros sacramento del Orden. La santa Misa se compendia en las palabras de la Consagración; y sabéis ya que los ministros de la misma son los sacerdotes y el pueblo. En el santo sacrificio de la Misa, Jesucristo es el Sumo sacerdote y el ministro principal.</p>
<p>El celebrante es verdaderamente sacerdote y ministro del sacrificio. A este fin fué llamado y ordenado; de Jesucristo ha recibido la potestad. Es el ministro de Jesucristo y ocupa el lugar del Salvador. Ofrece, pues, el sacrificio por la acción y el ministerio ajenos a su persona. Lo ofrece sin que tenga verdadera necesidad de los asistentes.</p>
<p>Los fieles no son estrictamenente los ministros del sacrificio. Si alguna vez se los llama ministros oferentes del sacrificio, es hablando en sentido lato, ya que no lo ofrecen por sí mismos, sino por el ministerio del sacerdote.) que tiene la dicha de asistir a ella, si une su intención con la del celebrante; de lo cual concluyo, que la mejor manera de oír la santa Misa es unirse al sacerdote en todo lo que él reza, y seguirle, en cuanto sea posible, en todas sus acciones, y procurar encenderse en los más vivos sentimientos de amor y agradecimiento: éste es el método más recomendable.<br />
En el santo sacrificio de la Misa podemos distinguir tres partes: la primera comprende desde el principio hasta el Ofertorio; la segunda, desde el Ofertorio hasta la Consagración; la tercera, desde la Consagración hasta el fin. Debo advertiros que, si nos distrajésemos voluntariamente durante una de estas tres partes, pecaríamos mortalmente (Esta aserción del santo cura de Ars es muy severa. Los fieles no han de ser tratados mas rigurosamente que los sacerdotes. Y los sacerdotes son acusados de pecado mortal si se hacen culpables de una distracción voluntaria durante la Consagración.); lo cual debe inducirnos a tomar la precaución de evitar que nuestro espíritu divague fijándose en cosas ajenas al santo sacrificio de la Misa. Digo que, desde el comienzo hasta el Ofertorio, hemos de portarnos como penitentes penetrados del más vivo dolor de los Pecados. Desde el Ofertorio hasta la Consagración debemos de portarnos como ministros que van a ofrecer Jesucristo a Dios Padre, y sacrificarle todo cuanto somos: esto es, ofrecerle nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestros bienes, nuestra vida y hasta nuestra eternidad. Desde la Consagración, hemos de considerarnos como personas que han de participar del Cuerpo adorable y de la Sangre preciosa de Jesucristo y: por consiguiente, hemos de poner todo nuestro esfuerzo en hacernos dignos de tanta dicha.</p>
<p>Para que lo comprendáis mejor, voy a proponeros tres ejemplos sacados de la Sagrada Escritura, los cuales os mostrarán la manera cómo habéis de oir la santa Misa: es decir, en qué cosas debéis ocuparos en aquellos momentos tan preciosos para quien acierta a comprender todo su valor. El primero es el del Publicarlo, y en el cual aprenderéis lo que debéis hacer al principio de la santa Misa. El segundo es el del buen ladrón, que os enseñará cómo debéis portaros durante la Consagración. El tercero es el del centurión, que os dará la norma para el tiempo de la Comunión.<br />
Hemos dicho, primeramente, que el publicano nos enseña el comportamiento que hemos de observar al comienzo de la santa Misa, acto tan agradable a Dios y tan poderoso para conseguir toda suerte de gracias. No hemos de esperar, pues, para prepararnos, haber entrada ya en la iglesia. Un buen cristiano comienza ya a prepararse al abandonar el lecho, haciendo que su espíritu no se ocupe en otra cosa que en lo que se relaciona can tan alta ceremonia. Hemos de representarnos a Jesucristo en el huerto de los Olivos, prosternado, con la faz en tierra, preparándose al sangriento sacrificio, del cual va a ser víctima en el Calvario; así como hemos de tener también presente la grandeza de su caridad, que llegó hasta a decidirle a aceptar para sí el castigo que debíamos nosotros sufrir por toda una eternidad. En los primeros tiempos de la Iglesia, todos los cristianos iban a Misa en ayunas (Porque acostumbraban a comulgar en la Misa.). Conviene que, durante la madrugada, impidáis que vuestro espíritu se ocupe en negocios temporales, teniendo presente que, después de haber trabajado toda la semana para vuestro cuerpo, es muy justo que concedáis este día a los negocios del alma y a pedir a Dios la remisión de vuestros pecados. Al ir a la iglesia, procurad no conversar con nadie; pensad que seguís a Jesucristo llevando la cruz hacia el Calvario, donde va a morir para salvarnos. Antes de la santa Misa, debemos destinar unos instantes al recogimiento, a llorar nuestros pecados y a pedir a Dios perdón de ellos, a examinar las gracias de que estamos más necesitados, a fin de pedírselas durante la Misa.</p>
<p>Al entrar en el templo, penetraos de la gran dicha que os cabe, mediante un acto de la más viva fe, y par un acto de contrición y arrepentimiento de vuestros pecados, los cuales os hacen indignos de acercaros a un Dios tan santo y excelso. En aquel momento, pensad en las disposiciones del publicano cuando entró en el templo para ofrecer a Dios el sacrificio de su oración. Escuchad lo que nos dice San Lucas: «El publicano, se mantenía a la entrada del templo; con la mirada fija en el suelo, sin atreverse a dirigirla al altar, golpeándose el pecha y diciendo a Dios: Señor, tened piedad de mí, que soy un gran pecador» (Luc., XVIII, 13. ). Ya veis, pues, que no entró con un aire arrogante y altanero, como lo hacen muchos cristianos; «los cuales parece, según dice el profeta Isaías, que quieren acercarse a Dios cual si fuesen personas que nada tienen en su conciencia que pueda humillarlos delante de su Criador» (Isaías, LVIII, 2.). En efecto, fijaos en la manera de entrar de esos cristianos, los cuales tienen quizá más pecados en la conciencia que cabellos en la cabeza; los veréis entrar con un aire altanero, o mejor, con una actitud que casi es de desprecio para la presencia de Dios. Toman el agua bendita de la misma manera que tomarían agua para lavarse al volver del trabajo; lo hacen sin devoción y, la mayor parte, sin pensar que el agua bendita, tomada con reverencia, nos borra los pecados veniales y nos dispone a oir bien la santa Misa. Mirad ahora al publicano: teniéndose por indigno de entrar en el templo, va a colocarse en el rincón más obscuro de su recinto; tan confuso se halla bajo el peso de sus pecados, que ni tan sólo se atreve a levantar al cielo sus ojos. Cuán diferente, pues, de aquellos cristianos de nombre, que nunca se hallan bastante cómodos, que únicamente sobre el asiento se arrodillan, que apenas inclinan la cabeza a la Elevación, que se sientan sin muestra alguna de corrección, y frecuentemente con las piernas cruzadas. Y nada digo de aquellas personas que deberían venir a la iglesia, para llorar sus pecados, y se presentan aquí sólo para insultar con sus ostentaciones vanidosas a un Dios humillado y despreciado, sin pensar más que en atraer las miradas de la gente, obien para avivar el fuego de sus criminales pasiones. ¡Oh, Dios mío!, ¿quién se atreverá a asistir a la Misa con semejantes disposiciones? Mas nuestro publicano, nos dice San Agustín, golpea su pecho, para manifestar a Dios el pesar que experimenta de haberle ofendido» (Homilía sobre el evangelio de la dominica X. después de Pentecostés.). ¡Cuántas gracias, cuántos bienes alcanzaríamos los cristianos, si procurásemos asistir a la Misa con las disposiciones del publicano! ¡Regresaríamos tan cargados de riquezas celestes, como las abejas van cargadas de néctar al volver de un florido vergel! Si el Señor nos hiciese la gracia de que al comenzar la Misa estuviésemos bien penetrados de la grandeza de Jesucristo ante quien estamos, y del peso de nuestros pecados, ¡cuán pronto alcanzaríamos el perdón y la gracia de perseverar!<br />
Sobre todo, debemos excitar en nosotros durante la Santa Misa grandes sentimientos de humildad, esto es lo que debe sugerirnos el ver al sacerdote bajando del altar para rezar el Confiteor, profundamente inclinado, él, que ocupando el lugar de Jesucristo, parece recibir sobre sus hombros todos los pecados de sus feligreses. ¡Ay!, si el Señor nos hiciese comprender de una vez lo que es la santa Misa, ¡cuántas gracias poseeríamos, de que ahora carecemos! ¡De cuántos peligros quedaríamos exentos si tuviésemos gran devoción al oir la Santa Misa! Y para convenceros de ella voy a citaros un ejemplo, en el cual veréis cómo Dios protege de una manera visible a los que tienen la dicha de asistir a la Misa con devoción.</p>
<p>Leemos en la historia que Santa Isabel, reina de Portugal, sobrina de Santa Isabel, reina de Hungría, era tan caritativa con los pobres que, con todo y tener mandado a su limosnero que no denegase nada, les hacía ella, de su propia mano o valiéndose de sus servidores, continuas, limosnas. Solía, servirse, ordinariamente, de un paje en el que había notado una gran piedad; mas habiendo otro paje observado aquella preferencia, tuvo celos de su compañero llovido de aquella pasión, fuése a hablar al rey, diciéndole que cierto paje sostenía relaciones ilícitas con la reina. El rey, sin ulteriores indagaciones, resolvió al momento deshacerse de aquel paje lo más secretamente posible. Sucedió que el rey acertó a pasar delante de un horno de cal, encendido, y llamando a los trabajadores encargados de vigilar el horno, les dijo que, al día siguiente por la mañana, les enviaría un paje que había incurrido en su desagrado, el cual les preguntaría si habían ejecutado las órdenes del rey; al tal, debían prenderle y arrojarle en seguida al horno. Dicho esto, regresó a su palacio, y al momento encargó al paje de la reina que, al día siguiente a primera hora, cumpliese la comisión que ya sabemos. Mas ahora veréis cómo Dios jamás abandona a los que le aman. Quiso Dios que, en el camino que seguía para ir al horno, se hallase una iglesia, y que al tiempo de pasar oyese el paje la campana que señalaba la hora de la Elevación. Entró allí para adorar a Jesucristo y oír lo restante de la Misa que se celebraba. Comenzó otra Misa, y se quedó a oirla también. Mas el rey, que estaba impaciente por saber si se habían ejecutado sus órdenes, envió a su paje para preguntar a aquella gente si habían cumplido lo que les encargara. Como aquél fué el primero en llegar, le cogieron y le echaron al fuego. El otro, terminadas sus devociones, fuése a cumplir la comisión, y preguntó a aquellos trabajadores si habían hecho lo que les ordenó el rey. Le contestaron afirmativamente. Volvióse a dar la respuesta al rey el cual quedó altamente sorprendido al verle llegar. Lleno de furor, por haber salido la combinación al revés de lo que deseaba, preguntó al paje dónde se había detenido tanto tiempo. El paje le respondió que, acertando a pasar delante de una iglesia, mientras se dirigía al lugar a donde le había mandado, oyó la campanilla que señalaba la Elevación, lo cual le indujo a entrar y quedarse hasta el fin de la Misa; después de aquélla salió otra y después una tercera, que él se detuvo también a oir; con lo cual seguía un consejo que le dió su padre antes de morir, después de haberle dado su bendición, recomendándole que nunca dejase una Misa comenzada sin esperar a que ella hubiese terminado, ya que tal práctica nos atraía muchas gracias y nos libraba de muchas desgracias. Entonces el rey, reflexionando, comprendió muy bien que aquello había ocurrido por justo juicio de Dios; que la reina era inocente y el paje un santo; y que el otro, al acusar, había obrado por envidia. Ya veis, pues, cómo, a no ser por su devoción, aquel hombre habría muerto quemado, y cómo el Señor, al inspirarle que se detuviera en el templo, le había librado de la muerte; mientras que el otro, falto de devoción a la Sagrada Eucaristía, fué arrojado al fuego.</p>
<p>Nos dice Santo Tomás que un día, durante la santa Misa, vió a Jesucristo con las manos llenas de tesoros, buscando a quién repartirlos, y que, si acertásemos a asistir con frecuencia y devoción a la santa Misa, alcanzaríamos muchas y mayores gracias que las que poseemos, ya en el orden espiritual ya en el temporal.</p>
<p>2.ºEn segundo lugar, os he dicho que el buen ladrón nos instruiría acerca de la manera como hemos de portarnos durante los momentos de la Consagración y Elevación de la Sagrada Hostia, momentos en los cuales hemos de ofrecernos a Dios junto con Jesucristo, teniéndonos por participantes de aquel augusto misterio. Mirad cómo se porta aquel feliz penitente en la hora misma de su ejecución; ¿no veis cómo abre los ojos del alma para reconocer a su libertador?. Pero ved también los progresos que hace durante las tres horas que pasa en compañía del Salvador agonizante. Está amarrado a la cruz, sólo le quedan libres el corazón y la lengua, y ved con qué diligencia ofrece uno y otro a Jesucristo: le hace entrega de todo lo que tiene, le consagra su corazón por la fe y la esperanza, le pide humildemente un lugar en el paraíso, es decir, en su reino eterno. Le consagra su lengua, publicando su inocencia y santidad. A su compañero de suplicio le habla de esta manera: «Es justo que a nosotros se nos castigue: pera Él es inocente» (Luc.. XXIII, 41.). En la hora en que los demás se entretienen ultrajando a Jesucristo con las más horribles blasfemias, él se convierte en su panegirista; mientras sus discípulos le abandonan, él abraza su partido; y su caridad es tan grande, que no omite esfuerzo alguno por convertir a su compañero. No nos admire el ver tanta virtud en este buen ladrón, puesto que nada hay tan a propósito para mover nuestro corazón como la vista de Jesucristo agonizante; no hay momento en que se nos conceda la gracia con tanta abundancia, y, sin embargo, somos testigos de tal acontecimiento todos los días. ¡Ay!, si en el feliz momento de la Consagración tuviésemos la dicha de estar animados de una viva fe, una sola Misa bastaría para librarnos de los vicios en que estamos enredados y convertirnos en verdaderos penitentes, es decir, en perfectos cristianos.</p>
<p>¿De dónde viene, pues, me diréis, que, asistiendo a tantas Misas, continuemos siendo siempre los mismos? Ello proviene de que sólo estamos presentes corporalmente, mas nuestro espíritu está en otra parte, con lo cual no hacemos otra cosa que completar nuestra reprobación a causa de las malas disposiciones con que asistimos á tan santa ceremonia. ¡Ay!, ¡cuántas Misas mal oídas, que, en vez de asegurarnos nuestra salvación, nos endurecen más y más! Hiabiéndose aparecido Jesucristo a Santa Matilde, le dijo: «Has de saber, hija mía, que los santos asistirán a la muerte de todos aquellos que habrán oído con devoción la santa Misa para ayudarlos a morir bien, para defenderlos de las tentaciones del demonio y para presentar sus almas a mi Padre». ¡Qué dicha la nuestra, la de ser asistidos, en aquellos temibles instantes, por tantos santos cuantas sean las Misas que habremos oído bien!</p>
<p>No temamos jamás que la santa Misa nos cause perjuicio en nuestros negocios temporales; antes al contrario, hemos de estar seguros de que todo andará mejor y de que nuestros negocios alcanzarán mejor éxito. Y aquí veréis un admirable ejemplo. Cuéntase de dos artesanos de un mismo oficio y que vivían en un mismo barrio, que uno de ellos, estando cargado de hijos, no dejaba nunca de oír la santa Misa y vivía muy hólgadamente en su oficio; el otro, en cambio, que no tenía hijos, trabajaba todo el día, parte de la noche y frecuentemente hasta el santo día del domingo, y apenas podía vivir. Al ver que los negocios de su compañero salían siempre coronados por el éxito, preguntóle un día cómo se las componía para sacar lo necesario con que mantener a una familia tan numerosa, cuando él, que no tenía más que a su mujer y no cesaba en su trabajo, se hallaba a veces en la más completa indigencia. El otro le contestó que, si así lo deseaba, al día siguiente le mostraría dónde se hallaba la fuente de sus ganancias. El desgraciado artesano quedó tan contento con aquella proposición, que esperaba con impaciencia la llegada del día siguiente, día en que iba a aprender la manera de lograr fortuna. En efecto, el compañero no faltó a buscarle. Vedle saliendo de su casa contento y siguiendo confiadamente al compañero. Este le condujo a la iglesia, en donde oyeron la santa Misa. Al regresar del templo, «Amigo mío, le dijo el que vivía holgadamente, vuelve a tu trabajo». Al día siguiente hicieron lo mismo, mas, al ir a buscarle por tercera vez para el mismo objeto, «¡hombre!, dijo el otro, si quiero ir a Misa, sé muy bien el camino sin que tengáis que molestaros en acompañarme; no es esto lo que quería saber, sino el lugar donde hallabais lo que os ayuda a vivir tan regaladamente, para ver si, haciendo lo que vos hacéis, sacaba también yo mi provecho. &#8211; :Amigo, le contestó el otro, no conozco otro lugar que la iglesia, ni otra manera de prosperar que oyendo todos los días la santa Misa; y, por lo que a mí toca, os aseguro no haber empleado otros medios para alcanzar el bienestar que tanto os admira. ¿No recordáis, en efecto, lo que nos aconseja Jesucristo en el Evangelio, que busquemos primero el reino de los cielos, y lo demás se nos dará por añadidura ?» Estas palabras hicieron comprender a aquel hombre el propósito de su compañero al acompañarle a la santa Misa. «Pues bien, tenéis razón, dijo: el que cuenta solamente con su trabajo, es un ciego, y veo muy bien que nunca la santa Misa arruinará a nadie. La prueba me la proporcionáis vos. En adelante, quiero imitaros, y confío en que Dios me concederá su bendición.» En efecto, al día siguiente comenzó la nueva regla de vida, y continuó así el resto de sus días; y sus negocios prosperaron en poco tiempo-. Cuando le preguntaban por qué no trabajaba los domingos, ni durante la noche, como en otro tiempo; de dónde venía que asistiese todos los días a la santa Misa y que se enriqueciese cada vez más; contestaba de esta manera: «He seguido el consejo de mi vecino; id a preguntárselo, y él os enseñará la manera de vivir prósperamente sin trabajar más de lo ordinario, con sólo oir la santa Misa todos los días».</p>
<p>Tal vez esto os extrañe, mas a mí no. Esto es lo que vemos todos los días en los hogares donde hay verdadera piedad y devoción: los negocios de los que asisten con frecuencia a la santa Misa prosperan mucho más que los de quienes dejan de asistir por falta de fe o por pensar que no van a tener tiempo. ¡Ay! ¡Cuánto más felices seríamos, si depositáramos en Dios toda nuestra confianza y tuviésemos en nada nuestro trabajo!- Pero, me diréis tal- vez, si no tenemos nada, nadie nos da aquello de que carecemos. &#8211; Y ¿qué queréis que os dé Dios, si no contáis con Él por nada, confiando solamente en vuestro esfuerzo? Ni tan, sólo procuráis que os quede tiempo para vuestras oraciones de la mañana y de la noche, y os contentáis con asistir a la santa Misa una vez por semana. ¡Ay!, no conocéis los recursos con que la providencia de Dios puede favorecer a los que a ella se entregan. ¿queréis de ello una prueba palpable? Aquí la tenéis delante de vuestros ojos; mirad al que os habla, fijaos en vuestro pastor, y examinad la cosa delante de Dios &#8211; ¡Oh!, me diréis, esto es porque hay quien os da. &#8211; Mas ¿quién me da, sino la providencia de Dios? En ella y en ninguna otra parte están mis tesoros. ¡Ay!, ¡cuán ciego es el hombre al inquietarse tanto, para no ser otra cosa que un desgraciado en esta vida y condenarse después! Si acertaseis a pensar con seriedad en vuestra salvación y procuraseis asistir siempre que posible os fuese a la santa Misa, muy pronto veríais confirmado lo que os digo.</p>
<p>No hay momento tan precioso para pedir a Dios nuestra conversión como el de la santa Misa; ahora vais a verlo. Un santa ermitaño llamado Pablo vió a un joven muy bien vestido, entrar en una iglesia acompañado de gran número de demonios; pero, terminada la santa Misa, lo vió salir acompañado de una multitud de ángeles que marchaban a sulado. ¡Oh, Dios mío!, exclamó el Santo, cuán agradable os debe ser la santa Misa!» Nos dice el Santo Concilio de Trento que la Misa aplaca la cólera de Dios, convierte al pecador, alegra al cielo, alivia las almas del purgatorio, da gloria a bendiciones (Ses. XXIII y XXII.). ¡Oh!, si llegásemos a comprender la que es el santo sacrificio de la Misa, ¿con qué respeto no asistiríamos a ella?</p>
<p>El santo abad Nilo nos refiere que su maestro San Juan Crisóstomo le dijo un día confidencialmente que, durante la santa Misa, veía a una multitud de ángeles bajando del cielo para adorar a Jesús sobre el altar, mientras muchos de ellos recorrían la iglesia para inspirar a los fieles el respeto y amor que debemos sentir a Jesucristo presente sobre el altar. ¡Momento precioso, momento feliz para nosotras, aquel en que Jesús está presente sobre nuestros altares! ¡Ay!, si los padres v las madres comprendiesen bien esto y supiesen aprovechar de esta doctrina, sus hijos no serían tan miserables, ni se alejarían tanto de los caminos que al cielo conducen. ¡Dios mío, cuántos pobres junto a un tan gran tesoro!</p>
<p>3.° Os he dicho que el centurión nos serviría de ejemplo, en las momentos en que tenemos la dicha de comulgar, ya espiritual, va corporalmente. Por comunión espiritual entendemos un gran deseo de unirnos a Jesucristo. El ejemplo de aquel centurión es tan admirable, que basta la Iglesia se complace en ponernos todas los días su conducta ante nuestros ojos, durante la santa Misa. «Señor, le dice aquel humilde servidor, yo no soy digno de que entréis en mi morada, mas decid solamente una palabra, y quedará curado mi servidor»( Matth., VIII,8.) . ¡Ah!, si el Señor viese en nosotros esa misma humildad, ése mismo cenocimiento de nuestra pequeñez, ¿con qué placer y con qué abundancia de gracias no entraría en nuestro corazón? ¡Cuántas fuerzas y cuánto valor íbamos a alcanzar para vencer al enemigo de nuestra salvación!. ¿Queremos obtener un cambio de vida, es decir, dejar el pecado y volver a Dios Nuestro Señor? Oigamos algunas Misas a esta intención, y si lo hacemos devotamente, nos cabrá la plena seguridad de que Dios nos ayudará a salir del pecado. Ved un ejemplo de ello. Refiérese que había una joven la cual durante muchos años mantuvo relaciones pecaminosas con cierto mancebo. De súbito, al considerar el castigo que esperaba a su pobre alma llevando una vida como la que llevaba, sintióse llena de espanto. Después de haber oído Misa, fuése al encuentro de un sacerdote para rogarle que la ayudase a salir del pecado. El sacerdote, que ignoraba el comportamiento de aquella joven, le preguntó qué era lo que la llevaba a cambiar de vida. «Padre mío, dijo ella, durante la santa Misa que mi madre, antes de morir, me hizo prometer que oiría todos los sábados, he concebido un tan grande horror de mi comportamiento que me es ya imposible aguantar más. «¡Oh, Dios mío!, exclamó el santo sacerdote, ¡he aquí un alma salvada por los méritos de la santa Misa »</p>
<p>¡Cuántas almas saldrían del pecado, si tuviesen la suerte de, oir la santa Misa en buenas disposiciones!. No nos extrañe, pues, qué el demonio procure, en aquel tiempo, sugerirnos tantos pensamientos ajenos a la devoción. Bien prevé, mejor que vosotros, lo que perdéis asistiendo a dicho acto con tan poco respeto y devoción. ¡De cuántos accidentes y muertes repentinas nos preserva la santa Misa! ¡Cuántas personas, por una sola Misa bien oída, habrán obtenido de Dios el verse libres de una desgracia! San Antonino nos refiere a este respecto un hermoso ejemplo. Nos dice que dos jóvenes organizaron, en día de fiesta, una partida de caza: uno de ellos oyó Misa, mas el otro no. Estando ya en camino, el tiempo se puso amenazador; retumbaba el truena formidable, veíase brillar incesantemente el relámpago, hasta el punto de que el cielo parecía incendiarse. Mas lo que los llenaba de pavor, era que, en medio de los fulgurantes rayos, oían una voz, como salida del aire, que gritaba: «¡Herid a esos desgraciados, heridlos!» Calmóse un poco la tempestad y comenzaron a tranquilizarse. Pero, al cabo de un rato, mientras proseguían su camino, un rayo redujo a cenizas al que había dejado de oir la santa Misa. El otro quedó sobrecogido de un temor tal, que no sabía si pasar adelante o dejarse caer. En estas angustias, oía aún la voz que gritaba: «¡Herid, herid al desgraciado!» Lo cual contribuía a redoblar el espanto que le causaba el ver a su compañero muerto a sus pies. «¡Herid, herid al que queda!» Cuando se creía ya perdido, oyó otra voz que decía: «No, no le toquéis; esta mañana ha oído la santa Misa». De manera que la Misa que había oído antes de partir le preservó de una muerte tan espantosa. ¿Veis cómo se digna Dios concedernos singulares gracias y preservarnos de graves accidentes cuando acertamos a oir debidamente la santa Misa?</p>
<p>¡Qué castigos deberán esperar aquellos que no tienen escrúpulos de faltar a ella los domingos! De momento, lo que se ve claramente es que casi todos tienen una muerte desdichada; sus bienes van en decadencia, la fe abandona su corazón, y con ello vienen a ser doblemente desgraciados. ¡Dios mío!, ¡cuán ciego es el hambre, tanto en lo que se refiere al alma, como en lo que atiende al cuerpo!.</p>
<p>III.- La mayor parte de los mundanos oyen la Misa imitando al fariseo, al mal ladrón o a judas. Hemos dicho que la santa Misa es el recuerdo de la muerte de Jesús en la montaña del Calvario; y por esto quiere Jesucristo que, cuantas veces celebramos la santa Misa, lo hagamos en su memoria. Pero, por desgracia, podemos decir que, mientras nosotros renovamos el recuerdo de los padecimientos de Jesucristo, muchos de los asistentes reproducen el crimen de los judíos y de los verdugos que le clavaron en cruz. Y para que podáis discernir mejor si pertenecéis vosotros al número de aquellos desgraciados que deshonran de tal manera nuestros santos misterios, voy a haceros observar, cómo, en los que fueron testigos de la muerte de Jesús en el Calvario, había tres linajes de personas: unos, más insensibles que las criaturas inanimadas, sólo desfilaban delante de la cruz, sin detenerse ni dar lugar a sentimientos de verdadero dolor. Otros se acercaban al lugar del suplicio y consideraban todas las circunstancias de la Pasión del Salvador; mas esto era solamente para mofarse, haciendo de ella asunto de broma y ultrajándole con las más horribles blasfemias. Finalmente, unos pocos derramaban lágrimas amargas, al ver las crueldades que se cometían en el cuerpo de su Dios y Señor. Mirad ahora a cuál de los tres grupos pertenecéis. Y no os hablaré de aquellos que van a oír precipitadamente una Misa en alguna parroquia ajena donde tienen otros negocios, ni de los que asisten sólo la mitad del tiempo, gastando la otra parte en beber con un amigo en la taberna; dejémoslo de lado, ya que son gente que vive cual si no tuviese alma que salvar; han perdido ya su fe, y, de consiguiente, todo está perdido. Hablemos solamente de los que vienen ordinariamente.</p>
<p>Y de ellos digo, primero, que muchos solamente vienen para ser vistos, con un espíritu enteramente disipado, de la misma manera que irían a un mercado, a una feria, y me atreveré a decir, a un baile. Están aquí sin modestia: apenas doblan ambas rodillas durante la Elevación o la Comunión. Y los que así os portáis, ¿oráis durante la Misa? ¡Ay!, no; es que la fe os falta. Decidme: cuando os dirigís al encuentro de ciertas personas de calidad para pedirles algún favor, ocupan ellas vuestro pensamiento mientras os encamináis hacia su casa; entráis en ella con modestia, les hacéis un profundo saludo, permanecéis descubiertos y ni tan sólo pensáis en sentaros; tenéis los ojos bajos, y no os ocupa la atención otra cosa que la manera de expresaros bien y en términos elevados. Si éstos os faltan, os excusáis en seguida alegando vuestra escasa educación. Si tales personas os reciben amablemente, la alegría inunda vuestro corazón. Pues bien, decidme, ¿no debe esto confundiros al ver que tomáis tantos miramientos por cualquier cosa temporal, mientras acudís a la iglesia con aire displicente, con gesto de menosprecio, y así os presentáis delante de un Dios que murió por salvaros y cada día derrama su sangre para alcanzaros el perdón del Padre celestial?. ¿Qué afrenta no será para Jesús, el verse insultado por tan viles criaturas? ¡Ay! cuántos durante la Misa comenten más pecados que durante el resto de la semana. Unos no piensan en Dios para nada, otros oran con la boca, mientras su corazón y su mente se sumergen en el orgullo, ora en el deseo de agradar ora en la impureza. ¡Oh!, ¡gran Dios y se atreven a nombrar a Jesucristo que ante ellos se presenta tan santo y tan puro! Otros dan en su mente libre entrada y salida a todos los pensamientos que el demonio quiere sugerirles. ¡Cuántos no tienen escrúpulo alguno en volver la cabeza, en reir, en conversar, en mirar de una parte a otra, en dormir como en su cama, o tal vez mejor! ¡Ay!, ¡cuántos cristianos salen de la iglesia con treinta o tal vez cincuenta pecados mortales de más de los que tenían al entrar!</p>
<p>Así, me diréis vosotros, será mejor no ir a Misa. ¿Sabéis lo que hay que hacer? Asistir a la santa Misa v estar en ella con devoción, ofreciendo a Dios tres sacrificios, a saber: el de vuestro cuerpo, el de vuestra mente y el de vuestro corazón. Nuestro cuerpo debe adorar a Jesucristo con una religiosa modestia; nuestra mente, al oír la santa Misa, debe penetrarse de nuestra pequeñez y de nuestra indignidad, evitando toda disipación, apartando lejos de sí las distracciones. Debemos también consagrarle nuestro corazón, que es la ofrenda para Él más agradable, ya que es precisamente nuestro corazón lo que, con tanta insistencia nos pide: «Hijo mío, nos dice, dame tu corazón»( Prov., XXIII, 26.).</p>
<p>Y acabemos, reconociendo lo desgraciados que somos al oír mal la Misa, ya que con ello hallamos nuestra reprobación allí donde los demás encuentran su salvación. Haga el cielo que asistamos a la santa Misa cuantas veces nos sea posible, puesto que mediante ella recibimos gracias en abundancia; mas quiera Dios también que llevemos a tan santa ceremonia las mejores disposiciones posibles.</p>
<p>Con ello se derramará sobre nuestras cabezas toda suerte de bendiciones en este mundo y en el otro</p>
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		<title>Homilía sobre el juicio temerario</title>
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		<pubDate>Wed, 26 May 2010 09:26:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tal es el lenguaje del orgulloso, el cual, hinchado con la buena opinión que de si mismo tiene, desprecia con el pensamiento al prójimo, critica su conducta y condena los actos realizados con la más pura e inocente intención. Sólo encuentra bien hecho o bien dicho lo que el hace o lo que el dice; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Tal es el lenguaje del orgulloso, el cual, hinchado con la buena opinión que de si mismo tiene, desprecia con el pensamiento al prójimo, critica su conducta y condena los actos realizados con la más pura e inocente intención. Sólo encuentra bien hecho o bien dicho lo que el hace o lo que el dice; le veréis siempre atento a las palabras y acciones del vecino, y, a la menor apariencia de mal, sin examinar motivo alguno, las reprende, las juzga y las condena. ¡Ah!, maldito pecado, de cuántas disensiones, odios y disputas eres causa, o menor dicho, cuántas almas arrastras al infierno! Si, vemos que los que están dominados por este pecado se escandalizan y se extrañan de cualquier cosa. Preciso era que Jesús lo juzgase muy pernicioso, preciso es que los estragos que causa en el mundo sean horribles, cuando, para hacernos concebir grande horror al mismo, nos lo pinta tan a lo vivo en la persona de aquel fariseo. ¡Cuan grandes, cuan horribles son los males que ese maldito pecado encierra! ¡Cuan costoso le es corregirse al que esta dominado por él! Para animaros a sacudir en todo momento el yugo de semejante defecto, voy, 1.° a dároslo a conocer en cuanto me sea posible; 2.° Veremos los medios que hay que emplear para corregirnos.</p>
<p style="text-align: justify;">I.-Ante todo, habéis de saber que el Juicio temerario es un pensamiento o una palabra desfavorables para el prójimo, fundados en leves apariencias. Solamente puede proceder de un corazón malvado, lleno de orgullo o de envidia; puesto que un buen cristiano, penetrado cómo esta de su miseria, no piensa ni juzga mal de nadie; jamás aventura su juicio sin un conocimiento cierto, y eso todavía cuando los deberes de su cargo le obligan a velar sabré las personas cuyos actos juzga. Hemos dicho que los juicios temerarios nacen de un corazón orgulloso o envidioso, lo cual es fácil de comprender. El orgulloso o el envidioso sólo tiene buena opinión de si mismo, y echa a mala parte cuanto hace el prójimo; lo bueno que en el prójimo observa, le aflige y le corroe el alma, La Sagrada Escritura por presenta un caso típico en la persona de Caín, Quién tomaba a mal cuanto hacia su hermano (Gen., IV, 5.). Viendo que las obras de este eran agradables a Dios, concibió el negro propósito de matarle. Este mismo pecado fue el que llevo a Esaú a intentar el asesinato de su hermano Jacob (Id., XXVII, 41.). Empleaba todo el tiempo en indagar lo que Jacob hacia, pensaba siempre mal en su corazón, sin que hallase nunca acción buena en las obras por aquel ejecutadas. Más Jacob, de corazón bondadoso y espíritu humilde, nunca juzgo mal de su hermano; le amaba entrañablemente, tenía de el muy buena opinión, hasta el punto de excusa de todos sus actor, aunque muy malvados, pues no tenía otro pensamiento que el de quitarle la vida. Jacob hacia todo lo posible para cambiar las disposiciones del corazón de su hermano. Rogaba a Dios por el, obsequiabale con regalos y presentes para manifestarle su amor y darle a entender que no abrigaba los pensamientos que Esaú creía. i Ay!, i cuan detestable es en un cristiano el pecado que nos induce a no poder sufrir el bien de los demás y a echar siempre a mala parte cuanto ellos hacen. !Este pecado es un gusano roedor que esta devorando noche y día a esos pobres infelices: los hallareis siempre tristes, cariacontecidos, sin querer declarar jamás lo que los molesta, pues en ello verían también lastimado su orgullo; el tal pecado los hace morir a fuego lento. ¡Dios mío!, ¡cuan triste es su vida! Por el contrario, cuan dichosa es la existencia de aquellos que jamás se inclinan a pensar mal y echan siempre a buena parte las acciones del prójimo! Su alma permanece en paz, sólo piensan mal de sí propios, lo cual les inclina a humillarse delante de Dios y a esperar en su misericordia. Ved Aquí un ejemplo.</p>
<p style="text-align: justify;">Leemos en la historia de los Padres del desierto que un religioso que había llevado una vida lo mas pura y casta posible, contrajo una enfermedad que le llevo a la sepultura. Al hallarse cercano a la muerte, mientras todos los religiosos del monasterio le rodeaban, el superior le suplico declarase en que cosa creía haber sido más agradable a Dios. «Padre mío, respondió el moribundo, muy penoso me será declararlo, más por obediencia lo diré. Desde mi infancia comencé a combatir las mar rudas tentaciones del demonio; pero cuanto mas él me atormentaba, tanto mayores eran los consuelos que yo recibía de Dios y de la Santísima Virgen, la cual un día, en que era yo muy atormentado del maligno espíritu, se me apareció llena de gloria, echo al demonio y animóme al mismo tiempo a la perseverancia en la virtud. «Para que conozcas los medios más eficaces para ello, me dijo la Virgen, voy a descubrirte alguna parte de los inmensos tesoros de mi divino Hijo; quiero ensañarte tres cosas, las cuales, si las practicas rectamente, te harán muy agradable a los ojos de Dios, y te proporcionaran siempre fácil victoria sobre el demonio, tu enemigo, quién solo desea tu eterna condenación. Se siempre humilde; en la comida, no busques nunca lo que más te guste; en el vestido, vístete siempre con sencillez; en tus funciones, no pongas jamás apego a las que puedan ensalzarte a los ojos del mundo, sino a las que son a propósito para rebajarte; en cuanto a lo prójimo, no juzgues nunca mas acerca de sus obras o palabras, ya que muy frecuentemente los pensamientos del corazón no se conforman con el acto exterior juzga y piensa bien de todo el mundo; es ésta una acción muy agradable a mi Hijo». Dicho esto, desapareció la Santísima Virgen, y desde entonces me he consagrado a poner en práctica sus saludables consejos; lo cual creo que había contribuido grandemente a ganar méritos para el cielo».</p>
<p style="text-align: justify;">Según esto, veis muy bien que sólo un corazón malvado puede juzgar mal del prójimo. Por otra parte, al juzgar al prójimo, debemos tener siempre en cuenta su flaqueza y su capacidad de arrepentirse. Ordinariamente, casi siempre, debemos después rectificar nuestros juicios acerca del prójimo, ya que, una vez examinados bien los hechos, nos vemos forzados a reconocer que aquello que se dijo era falso. Nos suele acontecer lo que sucedió a los que juzgaron a la casta Susana fundándose en la delación de dos falsos testigos y sin darle tiempo de justificarse (Dan., XIII, 41.); otros imitan la presunción y malicia de los judíos, que declararon a Jesús blasfemo (Matth., IX, 3.) y endemoniado (Ioan., VII, 20, etc.); otros, por fin, se portan cómo aquel fariseo, que, sin preocuparse de indagar si Magdalena había o no renunciado a sus desordenes, y por más que la vio en estado de gran aflicción acusando sus pecados y llorándolos a los pies de Jesucristo su Salvador y Redentor, no dejo de considerarla cómo una infame pecadora (Luc., VII, 39,).</p>
<p style="text-align: justify;">El fariseo que Jesús nos presenta cómo modelo infame de los que piensan y juzgan mal de los demás, cayo, al parecer, en tres pecados. Al condenar a aquel pobre publicano, piensa mal de él, le juzga y le condena, sin conocer las disposiciones de su corazón. Aventura sus juicios solamente por conjeturas: primer efecto del juicio temerario. Le desprecia en si mismo sólo por efecto de su orgullo y malicia: segundo carácter de ese maldito pecado. Finalmente, sin saber si es verdadero o falso lo que le imputa, le juzga y le condena; y entre tanto aquel penitente, retirado en un rincón del templo, golpea su pecho y riega el suelo con sus lágrimas pidiendo a Dios misericordia.</p>
<p style="text-align: justify;">Os digo, en primer lugar, que la causa de tantos juicios temerarios es el considerarlos cómo cosa de poca importancia; y, no obstante, si se trata de materia grave, muchas veces podemos cometer pecado mortal. -Pero, me diréis, esto no sale al exterior del corazón-. Aquí esta precisamente lo peor de este pecado, ya que nuestro corazón ha sido creado sólo para amar a Dios y al prójimo; y cometer tal pecado es ser un traidor. En efecto, muchas veces, por nuestras palabras, damos a entender (a los demás) que los amamos, que tenemos de ellos buena opinión; cuando, en realidad, en nuestro interior los odiamos. Y algunos creen que, mientras no exterioricen lo que piensan, ya no obran mal. Cierto que el pecado es menor que cuando se manifiesta al exterior, ya que en este caso es un veneno que intentamos inyectar en el corazón del vecino a costa del prójimo.</p>
<p style="text-align: justify;">Si grande es este pecado cuando lo cometemos solamente de corazón, calculad lo que será a los ojos de Dios cuando tenemos la desgracia de manifestar nuestros juicios por palabra. Por esto hemos de examinar muy detenidamente los hechos, antes de emitir nuestros juicios sobre el prójimo, por temor de no engañarnos, lo cual acontece con suma frecuencia. Ved lo que hace un juez cuando ha de condenar a muerte a un acusado llama primero separadamente a los testigos; les pregunta, y esta extremadamente atento a observar si se contradicen; los amenaza, los mira con aire severo: lo cual infunde terror y espanto en el corazón; pone además todos sus esfuerzos en arrancar la verdad de la boca del culpable. Veréis que a la menor duda suspende el juicio; y cuando se ve obligado a pronunciar sentencia de muerte, lo hace temblando, por temor de condenar a un inocente. ¡Cuántos juicios temerarios evitaríamos si acertásemos a tomar todas estas precauciones cuando tratamos de juzgar la conducta y las acciones del prójimo! ¡Cuanto menor número de almas poblaría el infierno!</p>
<p style="text-align: justify;">En la persona de nuestro padre Adán, nos ofrece Dios un admirable ejemplo acerca de la manera cómo debemos juzgar a nuestro prójimo. El Señor había visto y oído todo cuando Adán hiciera; no hay duda que podía condenar a nuestros primeros padres sin ulterior examen; pero no, para enseñarnos a no precipitarnos nunca en nuestros juicios sobre las acciones del prójimo, les preguntó a uno y otro, a fin de que confiesen el mal que cometieron (Gen., III.). ¿De dónde viene, pues, esa multitud de juicios temerarios y precipitados acerca de nuestros hermanos? Del gran orgullo que nos ciega ocultándonos nuestros propios defectos, que son innumerables, y muchas veces más horribles que los de las personas de quienes pensamos o hablamos mal; y de aquí viene que casi siempre nos equivocamos juzgando mal las acciones del vecino. Algunos he conocido que hacían, indudablemente, falsos juicios; y por mas que se les advirtiese de su error, ni por esas querían retroceder en sus apreciaciones. Andad, andad, pobres orgullosos, el Señor os espera, y ante Él tendréis forzosamente que reconocer que sólo era el orgullo lo que os llevaba a pensar mal del prójimo. Por otra parte, para juzgar sobre lo que hace o dice una persona, sin engañarnos, sería necesario conocer las disposiciones de su corazón y la intención con que dijo o hizo tal o cual cosa. ¡Ay!, nosotros no tomamos todas estas precauciones, y por eso obramos mal al examinar la conducta del vecino. Es cómo si condenásemos a muerte a una persona fundándonos únicamente en las declaraciones de algunos atolondrados, y sin darle lugar a justificarse.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, me diréis tal vez, nosotros juzgamos solamente acerca de lo que hemos visto, según lo que hemos visto, y aquello que hemos presenciado. «He visto hacer tal acción, pues la afirmo; con mis oídos he escuchado lo que ha dicho; después de esto no puedo ya engañarme ». Pues yo os invito a que entréis dentro de vosotros mismos y consideréis vuestro corazón, el cual no es sino un depósito repleto de orgullo; y habréis de reconoceros infinitamente más culpables que aquel a Quién juzgasteis temerariamente, y con mucha razón podéis temer que un día le veréis entrar en el cielo, mientras vosotros seréis arrastrados por los demonios al infierno. ¡Ah!, miserable orgulloso, nos dice San Agustín, y, te atreves a juzgar a tu hermano ante la menor apariencia de mal, y no sabes si esta ya arrepentido de su culpa, y se cuenta en el número de los amigos de Dios? Anda con cuidado que no lo arrebate el lugar que lo orgullo lo pone en gran peligro de perder». Esas interpretaciones, esos juicios temerarios salen siempre de quién cobija un gran orgullo secreto, que no se conoce a si mismo y se atreve a querer conocer el interior del prójimo: cosa solamente conocida de Dios. ¡Ay!, si pudiésemos arrancar este pecado capital de nuestro corazón, nunca el prójimo obraría mal a nuestro entender; nunca nos divertiríamos examinando su comportamiento; nos contentaríamos con llorar nuestros pecados, y hacer todos los posibles para corregirnos, y nada más. Creo que no hay pecado más terrible ni más difícil de enmendar, pasta tratándose de personas que parecen cumplir rectamente sus deberes religiosos. La persona que no esta dominada por ese maldito pecado, puede ser salvada sin someterse a grandes penitencias. Voy a referiros un ejemplo admirable.</p>
<p style="text-align: justify;">En la historia de los Padres del desierto se refiere que cierto religioso había llevado una vida vulgar sin manifestaciones extraordinarias de virtud, pasta el punto que los demás compañeros le tenían por muy imperfecto. Cuando estuvo en trance de muerte, el superior observo que se hallaba tranquilo y contento cual si tuviese va el cielo asegurado. Extrañado al ver tanta paz en aquella hora, y temiendo no fuese eso un estado de ceguera suscitado por el demonio que de esta manera a tantos ha engañado, le dijo: «Hermano mío, paréceme veros muy tranquilo, cual si nada tuvieseis que temer; sin embargo, no recuerdo, en vuestra vida, nada que os pueda inspirar tanta confianza; antes al contrario, el escaso bien que habéis hecho debería llenaros de espanto en esta hora en que los más grandes santos temblaron.» &#8211; «Es muy cierto, padre mío, que el bien que he podido ejecutar es poca cosa, casi nada; pero lo que me llena de consuelo en este momento, es que durante toda mi vida me he ocupado en cumplir el gran precepto del Señor, dado a todo el mundo, de no pensar, hablar, ni juzgar oral de nadie: siempre he pensado que mis hermanos obraban mejor que yo, y que yo era el más criminal del mundo; he ocultado y excusado siempre sus defectos, por cuanto esta era la voluntad de Dios; y, puesto que Jesucristo ha dicho: «No juzgues y no serás juzgado», confió ahora ser juzgado favorablemente. Tal es, padre mío, el fundamento de mi esperanza». Admirado el superior, exclamó: «¡Hermosa virtud, cuan preciosa eres a los ojos de Dios! Vete en paz, hermano mío, grandes cosas has hecho, tienes el cielo asegurado!». ¡Hermosa virtud, cuan rara eres! ¡Tan rara cómo lo son los que merecen el cielo!</p>
<p style="text-align: justify;">En efecto, ¿que viene a ser un cristiano que posea las demás virtudes y se halle falto de esta? No es más que un hipócrita, un falsario, un malvado, a quién el aparecer virtuoso exteriormente, sírvele tan sólo para aumentar su iniquidad. ¿Queréis conocer si sois de Dios? Mirad de que manera os portáis con el prójimo, mirad cómo examináis sus actos. Lejos de aquí, pobres orgullosos, miserables envidiosos y celosos, el infierno y sólo el infierno es vuestro destino. Más veamos esto más detalladamente.</p>
<p style="text-align: justify;">Se habla bien de una joven refiriéndose sus buenas cualidades? ¡Ah !, replicas alguno, si es verdad que tiene buenas cualidades, tampoco le faltan otras malas; ella frecuenta la compañía de fulano, quién no tiene por cierto muy buena fama; seguro estoy de que no se encuentra para hacer nada bueno. Aquí veis venir una muy bien compuesta y que lleva muy bien compuestos a sus hijos; pero haría mejor pagándome lo que me debe. Esotra parece buena y afable para todo el mundo, más, si la conocieseis cual yo la conozco, la juzgaríais de muy distinta manera; todos sus cumplidos los hace para mejor ocultar sus desórdenes; fulano se propone pedirla en matrimonio, más, si me pidiese consejo, le diría lo que el no sabe; en una palabra, es una mala persona. ¿Quien es este que ahora pasa? ¡Ay, amigo!, poca cosa perderás no conociéndole. Sólo lo diré una cosa huye de su compañía, es un escandaloso; todos le tienen por tal. Lo mismo que esta mujer que finge discreción y piedad, siendo así que es la más aborrecible persona que la tierra haya sostenido; por otra parte, ya es cosa corriente que esas personas que quieren pasar por virtuosas y prudentes, sean las más rencorosas y malvadas,-¿Tal vez os habrá ofendido en algo?- ¡Oh!, no; pero bien sabéis que todas son lo mismo. Acabo de hablar con un antiguo conocido; es ciertamente un gran borracho, un famoso insolente &#8211; ¿Seguramente, dirá el interlocutor, os habrá dicho algo molesto?- ¡Ah!, no; jamás me ha dicho nada que no estuviese en razón, pero todo el mundo le tiene por lo que he dicho. -Si no oyese de tus labios, no quisiera creerlo. -Cuando se halla entre gente que no le conoce, el hipócrita sabe muy bien disimular; todo el mundo le tendría por buena persona. El otro día me encontré con fulano, a quién ya conocéis, y seguramente tenéis por virtuoso; yo os aseguro que, si no daña a nadie, es porque le falta ocasión; no quisiera hallarme sólo con el. -¿Seguramente, dirá el otro, os habrá perjudicado alguna vez en algo? -No, jamás he tenido tratos con el. –¿Cómo, pues, sabéis su mal comportamiento? – ¡Oh !, no es cosa difícil, todos lo dicen. Cómo aquel que el otro día estaba con nosotros: al oírle, diríais que es el hombre más caritativo de este mundo, que no sabe negar nada a quién le pide algún favor; más en realidad es un avaro empedernido que andaría diez leguas para ganar dos cuartos; os aseguro que el mundo esta desconocido; de nadie podemos fiarnos. Ved también al que, hace poco, hablaba con vos: sus negocios andan bien, todos los de su casa se dan una vida excelente. Poco les cuesta, pues no duerme Codas las horas de la noche. -¿Quizás le habréis visto robar a alguien? ¡Oh!, no; jamás le vi tomar cosa ajena; pero se dice que una noche le vieron entrar en su casa muy cargado; desde entonces no goza de muy buena reputación. Y termina su revista de esta manera: No os negare que deje de tener yo mis defectos, pero sentiría mucho valer lo poco que valen esos sujetos de que hemos hablado. ¡Aquí tenéis al fariseo que ayuna dos veces por semana, paga los diezmos do cuanto posee, y da gracias a Dios porque no es cómo el resto de los hombres: injustos, ladrones, adúlteros! ¡Ya veis cuanto orgullo, cuanto odio, cuántos celos!</p>
<p style="text-align: justify;">Pero decidme, ¿cual es el fundamento de todos esos juicios y sentencias? Por lo general, todo se funda en débiles apariencias, y casi siempre en el se dice. Pero tal vez me diréis que vosotros mismos lo habláis visto y oído. ¡Ay!, aún así podéis muy fácilmente engañarnos, según ahora vais a ver. Para no engañarse, es preciso conocer las disposiciones del corazón y la intención del sujeto al realizar un acto determinado. Escuchad un ejemplo que os mostrara hasta que punto podemos engañarnos y nos engañamos las más de las veces. Decidme, ¿qué habríais dicho si hubieseis vivido en tiempo de San Nicolás, y le hubieseis visto en plena noche, rondando la casa de tres jóvenes doncellas, examinando el lugar detenidamente y cuidando de no ser visto de nadie? He Aquí un obispo, habríais pensado al momento, que esta deshonrando su carácter; ¡valiente hipócrita!, en el templo parece un santo, y aquí le tenéis, en plena noche, cabe la puerta de tres doncellas de no muy buena fama. Sin embargo, aquel obispo a quién indudablemente condenaríais, era un santo muy amado de Dios; y lo que allí hacia era la mejor obra del mundo. A fin de evitar a aquellas doncellas la vergüenza de mendigar, y pensando que la indigencia las haría abandonarse al pecado, iba por la noche y les echaba dinero por la ventana. Si hubieseis visto a la hermosa Judit dejar su vestido de luto para adornarse con cuanto la naturaleza y el arte podían proporcionarle para hacer resaltar su extraordinaria belleza; al verla entrar en la tienda del general del ejercito, que era un viejo impúdico; al verla poner a contribución todos los medios para hacérsele agradable, seguramente habríais dicho: «He Aquí una mujer de mala vida» (Judit, X, ,17. ). Sin embargo, era una piadosa viuda, muy casta, muy agradable a Dios, que exponía su vida para salvar la de su pueblo. Decidme, con vuestra precipitación en juzgar mal del prójimo, ¿que habríais pensado al ver al casto José saliendo de la habitación de la mujer de Putifar, y al oír clamar a aquella pérfida, ostentando en sus manos un jirón del manto de José, persiguiéndole cómo a un infame que quería robarle la honra? (Gen., XXXIX, 16.). Al momento, sin examinar la cosa, habríais ciertamente pensado y dicho que aquel joven era un perverso libertino que intentaba seducir a la mujer de su amo, de quién tantos favores había recibido. Y, en efecto, Putifar, su amo, le condenó, y todo el mundo le creyó culpable, le vituperó y despreció; más Dios, que penetra los corazones y conocía la inocencia de José, le da el parabién por la victoria alcanzada, al preferir perder su reputación antes que perder su inocencia y caer en el menor pecado.</p>
<p style="text-align: justify;">Habéis, pues, de convenir conmigo, en que, a pesar de todos los datos y de las señales al parecer más inequívocas, estamos siempre en gran peligro de juzgar mal las acciones de nuestro prójimo. Lo cual debe inducirnos a no juzgar jamás los actos del vecino sin madura reflexión y aún solamente cuando tenemos por misión la vigilancia de la conducta de aquellas personas, en cuyo caso se encuentran los padres y los amos respecto a sus hijos o a sus criados: en todo otro caso, casi siempre obramos mal. Sí, he visto a muchas personas juzgar mal de los actos de otras de quienes a mi me constaba la buena intención. En vano quise persuadirles de ello; no fue posible; ¡Ah, maldito orgullo! Muy grande es el oral que causas y muchas las almas que arrastras al infierno! Decidme, ¿poseemos mejores indicios acerca de las acciones del prójimo a quién juzgamos, que los que podían ver a San Nicolás rondando aquella casa, y buscando la puerta de la morada de aquellas doncellas? ¿Tenemos mejores señales que los que pudieron ver a la hermosa Judit adornándose con esmero y presentándose con aire seductor ante Holofernes? No, en nuestros juicios sobre el prójimo casi nunca poseemos indicios tan verosímiles cómo los que poseían los que vieron a la mujer de Putifar con un jirón del manto de José en sus manos anunciando a gritos, a cuántos querrían escucharla, que el había querido robarle la honra. Aquí veis, tres ejemplos que el Espíritu Santo nos ofrece, para enseñarnos cuan engañosas sean las apariencias, y cuan expuestos estamos a pecan cuando intentamos juzgar las acciones del prójimo; sobre todo si no hemos de responder de su conducta ante el tribunal de Dios.</p>
<p style="text-align: justify;">Vemos que aquel fariseo juzgaba muy temerariamente al publicano, cuando le acusaba de ladrón, por el sólo hecho de cobras los impuestos, afirmando que exigía más de lo debido y que se valía de su autoridad para cometer injusticias. Y con todo, aquel pretendido ladrón se retira justificado de la presencia de Dios, mientras aquel fariseo, que se creía perfecto, regresa a su cases mas culpable que antes, lo cual nos muestra que muchas veces el que juzga es más culpable que el juzgado. Mas esos orgullosos, esos corazones llenos de envidia y celos, ya que esos tres vicios son los que engendran tantos juicios temerarios sobre la conducta de los demás. ¿Ha sido alguien robado? ¿Se ha perdido algo? En seguida pensamos que tal vez fulano sea el autor de la sustracción, sin tener de ello el menor conocimiento. ¡Ah!, si conocieseis bien este pecado, veríais cómo es uno de los mas temibles, por lo mismo que es poco conocido y difícil de corregir. Escuchad esos corazones dominados por tan abominable vicio. Si alguien ejerce un empleo de aquellos que se prestan a cometer alguna injusticia, en seguida sacan por conclusión que todos cuántos ocupan aquel cargo obran de la misma manera, que todos son iguales, es decir, unos aprovechados, unos ladrones. Si en una familia hay un hijo que sigue por mal camino, todos los demás son cosa parecida. Si en una parroquia algún feligrés ha cometido algunas villanías toda la parroquia esta compuesta de malos feligreses. Si, entre los sacerdotes, hay tal vez alguno menos santo de lo que debiera, todos los demás sacerdotes son lo mismo, nada valen; lo cual muchas veces no pasa de ser un pretexto pares excusar la indiferencia propia acerca de la salvación. Puesto que Judas fue malvado, ¿queréis hacernos creer que los demás apóstoles también lo fueron? De que Caín fue un criminal, ¿queréis deducir que Abel se le asemejaba en esto? indudablemente que no. Puesto que los hermanos de José fueron unos miserables y malvados, creeréis que también lo fue José? No, ciertamente, antes fue un Santo. Porque vemos que una persona se niega a dar una determinada limosna, en seguida decimos que es un avariento, que tiene el corazón mas duro que una peña, que en lo demás tampoco vale gran cosa; siendo así que, en secreto, habrá realizado grandes actos de caridad, de los cuales sólo tendremos noticia el día del juicio.</p>
<p style="text-align: justify;">Digamos que cada cual «habla de la abundancia de su corazón», según dice muy bien Jesucristo; «por los frutos conoceremos el árbol»(Matt., XII, 33-34.). ¿Queréis conocer el corazón de una persona? Oíd su conversación. El avaro habla solamente de los avaros, de los que engañan y cometen injusticias; el orgulloso no cosa de zarandear a los que quieren ostentar su mérito, que piensan tener mucho talento, que se alaban de lo que hicieron o de lo que dijeron. El impúdico no sabe sacar de su boca sino comentarios acerca de si fulano lleva mala vida, de si tiene relaciones con fulana echando a perder su reputación, etc., etc., pues sería muy largo entrar en detalles parecidos.</p>
<p style="text-align: justify;">Si tuviésemos la dicha de estar libres del orgullo y de la envidia, nunca juzgaríamos a nadie, sino que nos contentaríamos con llorar nuestras miserias espirituales, orar por los pobres pecadores, y nada más, bien persuadidos de que Dios no nos pedirá cuenta de los actos de los demás, sino sólo de los nuestros. Por otra parte, ¿cómo atrevernos a juzgar y a condenar a nadie, aunque le hubiésemos visto cometer un pecado? Nos dice San Agustín que aquel que ayer era un pecador, hoy puede ser un penitente. Al ver el mal que comete el prójimo, digamos a lo menos: ¡Ay!, si Dios no me hubiese concedido mayores gracias que a él, tal vez habría llegado aún más lejos. Si, el juicio temerario lleva necesariamente consigo la ruina y la perdida de la caridad cristiana. En efecto, en cuanto sospechamos que una persona se porta oral, dejamos ya de tener de ella la opinión que deberíamos tener. Además, no es a nosotros a quién los demás han de dar cuenta de su vida, sino solamente a Dios; lo contrario sería querer erigirnos en jueces de lo que no nos compete; los pecados de los demás a ellos deben interesar y los nuestros a nosotros. Dios no nos pedirá cuenta de lo que los otros hicieron, sino de lo que hicimos nosotros; cuidemos, pues, solamente de lo nuestro y en nada nos inquiete lo de los demás. Todo ello es trabajo perdido, hijo del orgullo que en nosotros anida, cómo anidaba en el corazón de aquel fariseo, muy ocupado en pensar y juzgar mal del prójimo, cuando debiera ocuparse de si propio y en gemir considerando lo miserable de su vida. Dejemos a un lado la conducta del prójimo y contentémonos con exclamar cómo David: «Dios mío, hacedme la gracia de conocerme tal cual soy; para que así sepa en que os he podido desagradar, pueda enmendarme, arrepentirme y alcanzar el perdón». En tanto una persona se entretendrá en examinar la conducta de los demás, en tanto dejara de conocerse a si propia, y no será agradable a Dios, esto es, se portara cual un obstinado orgulloso.</p>
<p style="text-align: justify;">El Señor nos dice: «No juzguéis y no seréis juzgados. De la misma manera que hubiereis tratado a los demás, mi Padre os tratara a vosotros; con la misma medida que hubiereis medido a los demás, seréis vosotros medidos» (Matth, VII, 1-2.). Por otra parte, ¿ a quién de nosotros gustaría ver mal interpretado cuanto hace o dice? A nadie. &#8211; ¿Y no dice Nuestro Señor Jesucristo: «No hagas a los demás lo que no quisieras lo hiciesen a ti»? (Matth., VII, 12; Tob., IV, 16.). ¡Cuántos pecados cometemos de esta manera! ¡Cuántos son los que de ello no se dan cuenta, y de consiguiente, jamás se acusaron de tales culpas. Cuántos personas condenadas, Dios mío, por no haberse instruido debidamente, o no haber reflexionado sobre cual debía ser su manera de vivir!<br />
II.-Acabamos de ver cuan común y frecuente sea este pecado, cuan horrible a los ojos de Dios, y, al mismo tiempo, cuan difícil su enmienda. Para no dejaros sin los medios de corregiros de el, veamos cuales sean los remedios que debemos emplear para preservarnos de caer, o para enmendarnos, si tenemos la desgracia de estar va dominados por el. El gran San Bernardo nos dice que, si no queremos juzgar temerariamente al prójimo, debemos evitar ante todo aquella curiosidad, aquel deseo de saberlo todo, y huir de toda investigación acerca de los hechos y dichos de los demás, o acerca de lo que pasa en la casa del vecino. Dejemos que el mundo vaya siguiendo su camino según Dios le permite, y no pensemos ni juzguemos mal sino de nosotros mismos. Decían un día a Santo Tomas que se fiaba demasiado de la gente, y que machos se aprovechaban de su bondad para engañarle. Y el Santo dio esta respuesta, digna de que la grabemos en nuestro corazón: «Tal vez sea esto cierto; pero pienso que sólo yo soy capaz de obrar mal, siendo cómo soy el ser más miserable del mundo; prefiero que me engañen a que me engañe yo mismo juzgando mal de mi prójimo. Oíd lo que nos dice el mismo Jesucristo:</p>
<p style="text-align: justify;">«Quién ama a su prójimo, cumple todos los preceptos de la ley de Dios» (Rom., XIII, 8.). Para no juzgar mal de nadie, debemos siempre distinguir entre la acción y la intención que haya podido tener el sujeto al realizarla. Pensad siempre, para vosotros mismos: Tal vez no creía obrar mal al hacer aquello; quizá se había propuesto un buen fin, o bien se había engañado; ¿Quién sabe?, puede que sea ligereza y no malicia; a veces se obra irreflexiblemente, más, cuando vea claramente lo que ha hecho, a buen seguro se arrepentirá; Dios perdona fácilmente un acto de debilidad; puede que otro día sea un buen cristiano, un Santo.</p>
<p style="text-align: justify;">San Ambrosio nos ofrece un admirable ejemplo, en el elogio que hace del emperador Valentiniano, diciéndonos que aquel príncipe no juzgaba nunca mal de nadie y que dilataba todo lo posible el castigo que a veces veíase obligado a imponer a los súbditos que habían delinquido. Cuando se trataba de jóvenes, atribuía sus faltas a la ligereza de la edad y a su poca experiencia. Si se trataba de ancianos, decía que la debilidad de la vejez y la naturaleza caduca podían servir de excusa; tal vez habían resistido mucho tiempo antes de obrar el mal, al cual seguramente había ya sucedido el arrepentimiento. Si eran personas constituidas en elevada dignidad, decíase a si mismo: ¡Ay!, nadie ignora que las dignidades son un gran peso que nos arrastra al mal; en cada momento se presenta ocasión de caer. Si eran simples particulares: Dios mío, decía, este pobre quizás ha obrado solamente por temor; tal vez ha sido para no desagradar a cierta persona a quién debía algún favor. Si eran pobres miserables: ¿Quién dudara de que la pobreza es algo muy duro de sufrir? Será que ellos tenían necesidad de lo que han hurtado, a fin de no morir de hambre ellos o sus hijos; es posible que no se hayan decidido sino después de lamentarlo mucho, y aún con el ánimo de reparar el daño que causaban. Pero, cuando el caso era demasiado evidente y en manera alguna podía excusarlo: ¡Dios mío!, exclamaba, ¡cuan astuto es el demonio! Seguramente<br />
hará mucho tiempo que le esta tentando; ha caído en esta culpa, no hay duda, pero quizá su arrepentimiento le ha alcanzado ya el perdón ante Dios Nuestro Señor; ¿Quién sabe? Si Dios me hubiese sometido a semejante prueba, tal vez mis obras habrían sido aún peores. ¿Cómo tendré, pues, valor para juzgarle y castigarle? Ya le castigara Dios, el cual no se equivocara en sus juicios; al paso que nosotros muchas veces nos equivocamos por falta de luces; más espero que Dios se apiadara de él, y un día rogara por mí, que en cualquier momento puedo caer y perderme.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Veis cómo se portaba aquel emperador? ¿Veis cómo siempre hallaba manera de excusar los defectos del prójimo echándolo todo a la buena? Es que su corazón estaba libre de ese orgullo detestable y de esa envidia que llenan por desgracia el nuestro. Mirad la conducta de la gente del mundo, y ved si observa esa caridad cristiana que impulsa a tomarlo todo en buen sentido y nunca en el malo. Si acertásemos a dar una mirada a nuestra vida pasada, no haríamos más que llorar la desgracia de haber perdido los días obrando el mal, y para nada nos preocuparíamos de lo que no nos importa.</p>
<p style="text-align: justify;">Pocos vicios son tan aborrecidos de los santos cómo el de la maledicencia. Leemos en la vida de San Pacomio que, cuando oía a alguien hablar mal del prójimo, manifestaba una gran repugnancia y extrañeza, y decía que de la boca de un cristiano jamás debían salir palabras desfavorables papa el prójimo. Si no podía impedir la murmuración, huía precipitadamente, para manifestar con ello la aversión que por ella sentía (Vida de los Padres del desierto, t. I, p. 327.). San Juan el Limosnero, cuando observaba que alguno se atrevía a murmurar en su presencia, daba la orden de que otro día no se le franquease la entrada, para hacerle entender que debía corregirse. Decía un día un santo solitario a San Pacomio: «Padre mío, ¿cómo librarnos de hablar mal del prójimo?» Y San Pacomio le contestó: «Debemos tener siempre ante nuestra vista el retrato del prójimo y el nuestro: si contemplamos con atención el nuestro, con los defectos que le acompañan, tendremos la seguridad de apreciar debidamente el de nuestro prójimo para no hablar mal de su persona; al verlo más perfecto que el nuestro, a lo menos le amaremos cómo a nosotros mismos». San Agustín, cuando era ya obispo, sentía un horror tal de la maledicencia y del murmurador que, a fin de desarraigar una costumbre tan indigna de todo cristiano, en una de las paredes de su comedor hizo inscribir estas palabras: «Quienquiera que este inclinado a dañar la fama del prójimo, sepa que no tiene asiento en esta mesa» (Quisque amat dictis absentium rodere vitam. Hac mensam indignam voverit esse sibi.</p>
<p style="text-align: justify;">Vita S. Agustini, auctore Possidio Patr. Iat., t. XXXII, 52.); y si alguien, aunque fuese un obispo, caía en la murmuración, le reprendía con viveza diciendo: «O han de borrarse las palabras que están escritas en esta sala, o tened la bondad de levantaros de la mesa antes que la comida haya terminado; o bien, si no cesáis en este género de conversación, me levanto y os dejo ». Possidio, que escribió la vida del Santo, nos dice que el fue testigo de este hecho.</p>
<p style="text-align: justify;">Refiérese, en la vida de San Antonio, que, andando de viaje con otros solitarios, estaban conversando de asuntos edificantes; pero, cómo es muy difícil, por no decir imposible, hablar mucho tiempo sin meterse en la conducta del prójimo, al final del camino, dijo San Antonio a los solitarios: «Muy satisfechos podéis estar por haber viajado en compañía de este buen anciano», y al mismo tiempo, dirigiéndose a un anciano que no había dicho palabra durante el viaje, le dijo. «Y vos, padre mío, ¿habéis tenido buen viaje en compañía de estos solitarios? &#8211;No hay duda que son buenos, contesto el anciano, pero no tienen puerta en su casa»; con lo cual quiso dar a entender que no tenían mucho miramiento en sus palabras, y que con frecuencia habían herido la fama del prójimo. Convengamos en que son pocos los que ponen puertas en su casa, es decir, en su boca, para no abrirla en daño del prójimo. ¡Dichoso el que, si no la tiene a su cargo, sabe prescindir de la conducta del prójimo, para no pensar más que en si mismo, en llorar sus culpas y poner todo su esfuerzo en enmendarse! ¡Dichoso aquel que sólo ocupa su corazón y su mente en lo que a Dios se refiere, y no suelta su lengua sino para pedirle perdón, ni tiene ojos más que para llorar sus pecados!</p>
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		<title>Homilía sobre la Esperanza</title>
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		<pubDate>Mon, 17 May 2010 01:10:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Simbelmynë!</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">San Agustín nos dice que, aunque no hubiese cielo que esperar ni infierno que temer, no por eso dejaría de amar a Dios, por ser Él infinitamente amable; sin embargo, Dios, para que nos animemos a seguirle y a amarle sobre todas las cosas, nos promete una recompensa eterna.</p>
<p>Cumpliendo dignamente tan bella misión, la cual constituye la mayor dicha que en este mundo podemos esperar, nos preparamos una eterna felicidad en el cielo. Si la fe nos enseña que Dios todo lo ve, que es testigo de cuanto hacemos y sufrimos, la virtud de la esperanza nos impulsa a soportar las penalidades con una entera sumisión a la voluntad divina, en la confianza de que, por ello, seremos recompensados eternamente. Sabemos también que esta hermosa virtud fue la que sostuvo a los mártires en sus atroces tormentos, a los solitarios en los rigores de sus penitencias, y a los santos enfermos en sus dolencias. Si la fe nos muestra a Dios presente en todas partes, la esperanza nos impulsa a realizar todo lo que consideramos agradable a Dios, con la mira de una eterna recompensa, ya que esta virtud contribuye tanto a dulcificar nuestros males, veamos, pues, en que consiste la bella y preciosa esperanza.</p>
<p>Si nos es dado conocer por la fe que hay en Dios, que es nuestro Creador, nuestro Salvador y nuestro sumo Bien, que nos dio el ser para que le conozcamos, le amemos, le sirvamos y lleguemos a poseerle; la esperanza nos enseña que, aunque indignos de tanta felicidad, podemos esperarla por los méritos de Jesucristo. Para lograr que nuestros actos sean dignos de recompensa, se necesitan tres cosas, a saber, la fe, que nos hace ver a Dios cómo presente; la esperanza, que nos hace obrar con la sola intención de agradarle, y el amor, que nos une a Él cómo a nuestro sumo Bien. Jamás llegaremos a comprender el grado de gloria que nos proporcionara en el cielo cada acción buena, si la realizamos puramente por Dios ni aún los santos que están en el cielo llegan a comprenderlo. De lo cual vais a ver un ejemplo admirable.</p>
<p><a name="more"></a><br />
Leemos en la vida de San Agustín que, mientras este Santo se disponía a escribir a San Jerónimo, para preguntarle que expresiones podrían mejor servirle para hacer sentir intensamente toda la extensión y grandeza de la felicidad que los santos disfrutan en el cielo; mientras, siguiendo su costumbre, ponía en la carta la salutación: «Salud en Jesucristo Nuestro Señor», quedó inundada su habitación por una luz refulgente, can extraordinaria, que superaba en hermosura e intensidad a la del sol en su cenit; la cual luz despedía además el más delicioso de los perfumes. Quedó tan enajenado el Santo, que estuvo a punto de morir de gozo.</p>
<p>Al mismo tiempo oyó que de aquellos fulgores salía una voz que le dijo: «Mi amado Agustín, me crees aún en la tierra; gracias a Dios, estoy ya en el cielo. Quieres preguntarme de que términos hay que valerse para hacer sentir del mejor modo posible la felicidad de que gozan los santos; has de saber, querido amigo, que es tan grande esta felicidad, supera tanto a lo que una criatura puede imaginar, que resultaría más fácil contar las estrellas del firmamento, recoger todas las aguas del mar en una redoma, sostener toda la tierra en tus manos, que no llegar a comprender la felicidad del menor de los bienaventurados del cielo. Me ha sucedido lo que a la reina de Saba; juzgando ella por las voces de la fama, había formado un gran concepto del rey Salomón; pero, después de haber visto con sus propios ojos el orden admirable que reinaba en su palacio, la magnificencia sin igual, la ciencia y los extensos conocimientos de aquel rey, quedó tan admirada y sobrecogida, que regresó a su tierra diciendo que; cuanto se le había dicho, era nada en comparación de lo que sus ojos habían visto. Lo mismo me ha sucedido respecto a la hermosura del cielo y a la felicidad de que gozan los santos; creía haber penetrado algo de las bellezas que el cielo contiene y de la felicidad de que gozan los santos; pues bien, has de saber que los más sublimes pensamientos que había podido concebir, nada son comparados con la felicidad que constituye la herencia de los bienaventurados».</p>
<p>Leemos en la vida de Santa Catalina de Sena, que esta Santa mereció de Dios la gracia de ver en alguna manera la belleza del cielo y la felicidad de que allí se disfruta. Quedó tan sobrecogida, que vino a caer en éxtasis. Al volver en si, preguntóle el confesor que era lo que Dios le había mostrado. Dijo la Santa que el Señor le había hecho ver algo de la hermosura del cielo y de la dicha de que gozan los bienaventurados; pero excedía tanto, todo ello, a lo que podemos nosotros imaginar, que resultaba imposible dar la menor idea. Ya veis, pues, adonde nos llevan nuestras buenas obras, si las hacemos con la mira de agradar a Dios; ya veis cuántos son los bienes que la virtud de la esperanza nos hace desear y aguardar.</p>
<p>2.° Hemos dicho que la virtud de la esperanza nos consuela y sostiene en las pruebas que Dios nos envía. Tenemos de ello un gran ejemplo en la persona del Santo Job, sentado en el estercolero, cubierto de llagas de pies a cabeza. Había perdido a sus hijos, aplastados al derrumbarse su casa. El mismo, desde su cama, hubo de refugiarse en el estercolero más miserable y hediondo, abandonado de todos; su pobre cuerpo estaba lleno de podre; su carne viva era ya pasto de los gusanos, a los cuales tenía que apartar con un tiesto; se vio insultado por su misma esposa, que, en vez de consolarle, se complacía en llenarle de injurias diciéndole:</p>
<p>«¿Ves, el Dios a Quién sirves con tanta fidelidad? ¿Ves de que manera te recompensa? Pídele que te quite la vida; a lo menos con ello te verás libre de tantos males». Sus mejores amigos le visitaban sólo para acrecentar sus dolores. Más, a pesar del estado miserable a que estaba reducido, no dejo nunca de esperar en Dios. «No, Dios mío, jamás dejaré de esperar en Vos; aunque me quitases la vida: no dejaría de esperar en Vos y de confiar en vuestra caridad. Por que he de desanimarme, Dios mío, y abandonarme a la desesperación? Confesare en vuestra presencia mis pecados, que son la causa de los Males que padezco; y espero que seréis Vos mi Salvador. Tengo la esperanza de que un día me recompensareis por los males que ahora experimento por vuestro amor». Aquí tenéis lo que podemos llamar una verdadera esperanza: por ella, a pesar de que el santo varón veía descargar sobre sí toda la cólera divina; no dejaba, con todo, de esperar en Dios. Sin examinar el motivo por que sufría aquellos males sin cuento, contentábase solamente con decir que sus pecados eran la causa de todo.</p>
<p>¿Veis los grandes bienes que la esperanza nos procura? Todos le tienen por desgraciado; sólo él, tendido en su estercolero, abandonado de los suyos y despreciado de los demás, se siente feliz, puesto que pone en Dios toda su confianza. ¡Ah!, si en nuestras penas, en nuestras tristezas y en nuestras enfermedades, mantuviésemos siempre una tan grande confianza en Dios, ¡cuántos bienes atesoraríamos para el cielo!</p>
<p>¡Ay!, ¡cuan ciegos somos!. Si, en lugar de desesperarnos en nuestras penalidades, conservásemos aquella firme esperanza que junto con otros medios para merecer el cielo, nos envía Dios, ¡con cuánta alegría sufriríamos!.</p>
<p>Pero, me diréis, ¿ que significa esta palabra: esperar? Vedlo Aquí. Es suspirar por algo que ha de hacernos dichosos en la otra vida; es el deseo de vernos libres de todos los males de este mundo; el deseo de poseer toda suerte de bienes capaces de satisfacernos plenamente.</p>
<p>Después que Adán hubo pecado, y se vio lleno de tantas miserias, su gran consuelo era el pensar que no sólo sus sufrimientos le merecerían el perdón de los pecados, sino, además, le proporcionarían los bienes del cielo. ¡Cuánta bondad la de un Dios, al recompensar por toda una eternidad la más insignificante de nuestras obras!. Más para que merezcamos tanta dicha, quiere el Señor que depositemos en Él una gran confianza, cual la que tienen los hijos con sus padres.</p>
<p>Por esto vemos que en muchos pasajes de la Escritura toma el nombre de Padre, a fin de inspirarnos una gran confianza. En todas nuestras penas, sean del alma, sean del cuerpo, quiere que recurramos a Él. Promete socorrernos siempre que a Él acudamos. Si toma el nombre de Padre, es para inspirarnos mayor confianza. Mirad de qué manera nos ama: por su profeta Isaias nos dice que nos lleva a todos en su seno. «Es imposible que una madre olvide al hijo que lleva en sus entrañas; y aunque cometiese tal barbaridad, os digo que yo no olvidare al que pone en mí su confianza» ( Is., XLIX,15). Quejase de que no confiemos en El cual debiéramos; y nos advierte que «no depositemos nuestra confianza en los reyes y príncipes, ya que saldrían fallidas nuestras esperanzas» (Ps., CXLV,2). Y aún va más allá, pues nos amenaza con su maldición, si dejamos de confiar en Él; así nos habla por su profeta Jeremías: «¡Maldito sea el que no pone en Dios su confianza!», y en otra parte nos dice: «¡Bendito sea el que confía en el Señor!» (Ier., XVII, 5,7).Recordad la parábola del hijo pródigo y que Jesús nos propone con tanto amor a fin de inspirarnos una gran confianza en su bondad&#8230;¿Que es lo que hace aquel buen padre?, nos dice Jesucristo, que es precisamente el padre tierno a Quién se refiere la parábola: En vez de aguardar a que el hijo vaya a arrojarse a sus plantas, en cuanto le divisa no le deja hablar. «No, hijo mío, no me hables de pecados, no pensemos en otra cosa que alegrarnos». Y aquel padre bondadoso invita a toda la corte celestial a dar gracias a Dios por haber visto resucitado al hijo que creía muerto, por haber recobrado al hijo que tenía por perdido. Para darle a entender cuanto le ama, le ofrece de nuevo su amistad y todos los bienes (Luc., XV).</p>
<p>Pues bien, esta es la manera cómo recibe Jesús al pecador cuántas veces retorna a su seno: le perdona y le restituye cuántos bienes el pecado le arrebatara. Al considerar esto, ¿quién de nosotros no abrigara la mayor confianza en la caridad de Dios? Y aún va más allá, ya que nos dice que, cuando tenemos la dicha de dejar el pecado para amarle a Él, todo el cielo se regocija. Si leéis en otra página del Evangelio, veréis con que diligencia corre en busca de la oveja perdida. Al hallarla, queda tan satisfecho que, para evitarle el cansancio del camino, se la cargo sobre sus hombros (Luc., XV). Mirad con cuánta indulgencia y bondad recibe a Magdalena (Luc., VII)., ved con que ternura la consuela. Y no solamente la consuela, sino que la defiende contra los insultos de los fariseos. Mirad con cuánta caridad y con cuando placer perdona a la mujer adúltera; ella le ofende, y Él mismo se constituye en su protector y Salvador (Joan., VIII). Mirad su diligencia en salir al encuentro de la Samaritana; para salvar su alma, va a esperarla junto, al pozo de Jacob; se digna dirigirle Él primero la palabra, para mostrarle toda su bondad; y a pretexto de pedirle agua, le da la gracia del cielo (Joan., IV).</p>
<p>Decidme, ¡que razones podremos aducir para excusarnos, cuando nos haga presente la bondad con que nos trató, cuando nos convenza de lo bien que habríamos sido recibidos si nos hubiésemos determinado a volver a Él, cuando nos manifieste el gozo con que nos habría perdonado y restituido su gracia.</p>
<p>Muy exactamente pode decirnos: Desgraciado, ¡si has vivido y muerto en el pecado, ha sido porque no quisiste salir de el: mi afán de perdonarte era grande!. Ved, cómo Dios quiere que acudamos a Él con gran confianza en nuestras dolencias espirituales. Por su profeta Miqueas, nos dice que, aunque nuestros pecados sean más numerosos que las estrellas del firmamento, que las gotas de agua del mar, que las hojas de los bosques, o que los granos de arena que circundan el Océano, todo lo olvidara, si nos convertimos sinceramente; y nos dice también, que aunque el pecado haya hecho a nuestra alma más negra que el carbón, «o más roja que la púrpura, nos la volverá más blanca que la nieve» (Isaias, 1, 18.). Nos dice que arroja nuestros pecados en las profundidades del mar, a fin de que no reaparezcan jamás. ¡Cuánta caridad nos manifiesta Dios!, ¡con cuánta confianza deberemos dirigirnos a Él!. Más ¡que desesperación la de un cristiano condenado cuando se de cuánta de la facilidad con que Dios le habría perdonado, si hubiese acertado a pedirle perdón!. Decidme ahora si, al condenarnos, no será por haberlo nosotros querido. ¡Ay!, ¡cuántos remordimientos de conciencia, cuántos pensamientos saludables, cuántos buenos deseos no habrá suscitado en nosotros la voz de Dios!. ¡Oh, Dios mío!, ¡cuan infeliz es el hombre al precipitarse en la condenación, cuando tan fácilmente podría salvarse!</p>
<p>Para convencernos de lo que acabo de decir, no hay más que considerar lo que por nosotros hizo Jesús durante los treinta y tres años que moró acá en la tierra.</p>
<p>Os he dicho, en segundo lugar, que hasta con respecto a nuestras necesidades temporales hemos de tener gran confianza en Dios. A fin de movernos a recurrir a Él confiadamente en lo que se refiere a las necesidades del cuerpo, nos asegura que velara por nosotros y así vemos que ha obrado grandes milagros para hacer que no nos falte lo necesario para vivir. Leemos en la Sagrada Escritura que alimentó a su pueblo, por espacio de cuarenta años en el desierto, con el maná que caía todos los días antes de salir el sol.</p>
<p>Durante aquellos mismos cuarenta años, los vestidos de los israelitas no se estropearon en lo más mínimo. Nos dice en el Evangelio que no nos preocupemos por lo que se refiere a nuestro vestido o a nuestra alimentación: «Contemplad, dice, las aves del cielo; ni siembran, ni cosechan, ni almacenan nada en sus graneros; mirad con que solicitud las alimenta vuestro Padre; ¿y no sois vosotros, por ventura, de mejor condición, siendo cómo sois hijos de Dios? Gente de poca fe, no os acongojéis, pues, por el cuidado de hallar lo que habréis de comer, o con que vestir vuestro cuerpo. Contemplad los lirios del campo, ved cómo crecen, y, sin embargo, ni trabajan, ni tejen; mirad, no obstante, el vestido con que se adornan; os aseguro que Salomón, en todo el esplendor de su gloria, llamas ostentó vestido semejante. Si, pues, concluye el divino Salvador, el Señor es tan solicito en vestir una hierba que hoy existe y mañana es arrojada mañana fuego, ¿con cuánta mayor razón cuidara de vosotros que sois sus hijos? Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura» (Math., VI). Mirad aún hasta dónde quiere hacer llegar nuestra confianza: « Cuando oréis, nos dice, no digáis «Dios mío», sino «Padre nuestro»; pues sabemos que el hijo tiene una confianza ilimitada en su padre». Después de haber resucitado, aparecióse a Santa Magdalena y le dijo: «Anda, ve a mis hermanos, y diles de mi parte: Subo a mi Padre, que es también el vuestro» (Ioan., XX,17). Decidme, ¿no habéis de convenir conmigo en que, si somos tan desgraciados en este mundo, proviene ante todo de que no tenemos en Dios la suficiente confianza?</p>
<p>Hemos dicho, en tercer lugar que hemos de concebir una gran confianza en Dios, al experimentar cualquier tristeza, pena o enfermedad. Es preciso que esta gran confianza en el cielo nos sostenga y nos consuele en aquellas horas amargas; esto hicieron los santos. Leemos en la vida de San Sinforiano que, al ser conducido al martirio, su madre, que le amaba verdaderamente en Dios, subióse a una pared para verle pasar, Y, con toda la fuerza de sus pulmones, clamó: «¡Hijo mío, hijo mío, levanta tus ojos al cielo; valor, hijo mío que la esperanza en el cielo te sostenga!, ¡valor hijo mío! Si el camino del cielo es difícil, en cambio es muy corto».</p>
<p>Animado aquel hijo por las palabras de su madre, arrostro con gran intrepidez los tormentos y la muerte. San Francisco de Sales tenía en Dios tanta confianza, que parecía insensible a las persecuciones de que era objeto; decíase a si mismo: «Toda vez que nada sucede sin permisión divina, las persecuciones no son más que para nuestro bien». Leemos en su vida que en cierta ocasión fue vilmente calumniado; a pesar de esto, ni un momento perdió su ordinaria tranquilidad. Escribió a uno de sus amigos que una persona le acababa de avisar que se murmuraba de él en gran manera; más esperaba que el Señor arreglaría todo aquello a gloria suya y para salvación de su alma. Se limitó a orar por los que le calumniaban. Tal es la confianza que debemos nosotros tener en Dios. Al hallarnos perseguidos y despreciados, poseemos la prueba más inequívoca de que somos verdaderamente cristianos, esto es, hijos de un Dios despreciado y perseguido.</p>
<p>Os decía en cuarto lugar, que, si hemos de concebir una ciega confianza en Jesucristo, Quién jamás dejara de acudir en nuestro socorro al vernos atribulados, si acudimos a Él cómo un hijo acude a su padre; debemos tener también una gran confianza en su Santísima Madre, tan buena y tan solícita para socorremos en nuestras necesidades temporales y espirituales, y sobre todo en el primer momento de nuestra conversión a Dios. Si nos remuerde algún pecado cuya confesión nos cause vergüenza, arrojémonos a sus plantas, y tendremos la seguridad de que nos alcanzará la gracia de confesarnos bien, y al mismo tiempo no cesara de implorar nuestro perdón. Para demostrároslo, Aquí tenéis un admirable ejemplo. Refiérese que cierto hombre durante mucho tiempo llevó una vida bastante cristiana para hacerle concebir grandes esperanzas de alcanzar el cielo. Pero el demonio, que no piensa más que en nuestra perdición, le tentó con tanta insistencia y tan a menudo, que llego a ocasionarle una grave caída. Habiendo al instante entrado en reflexión, comprendió la enormidad de su pecado, y propuso en seguida recurrir al laudable remedio de la penitencia. Más concibió de su pecado una vergüenza tal, que jamás pudo determinarse a confesarlo. Atormentado por los remordimientos de su conciencia, que no le dejaban descansar, tomo la resolución de arrojarse al agua para dar fin a sus días, esperando con ello dar término a sus penas. Más, al llegar al borde de la orilla, se llenó de temor considerando la desdicha eterna en que se iba a precipitar, y volvió atrás llorando a lágrima viva, rogando al Señor se dignase perdonarle sin que se viese obligado a confesarse. Creyó poder recobrar la paz del espíritu, visitando muchas iglesias, orando y ejecutando duras penitencias pero, a pesar de todas sus oraciones y penitencias, los remordimientos le perseguían a todas horas. Nuestro Señor quiso que alcanzase el perdón gracias a la protección de su Santísima Madre. Una noche, mientras estaba poseído de la mayor tristeza, se sintió decididamente impulsado a confesarse, y, siguiendo aquel impulso, se levanto muy temprano y se encaminó a la iglesia; más cuando estaba a punto de confesarse, sintióse más que nunca acometido de la vergüenza, que le causaba su pecado, y no tuvo valor para realizar lo que la gracia de Dios le inspirara. Pasado algún tiempo tuvo otra inspiración semejante a la primera; encaminóse de nuevo a la iglesia, más allí su buena acción quedo otra vez frustrada por la vergüenza, y, en un momento de desesperación, hizo el propósito de abandonarse a la muerte antes que declarar su pecado a un confesor. Sin embargo, le vino el pensamiento de encomendarse a la Santísima Virgen. Antes de regresar a su casa, fue a postrarse ante el altar de la Madre de Dios; allí hizo presente a la Santísima Virgen la gran necesidad que de su auxilio tenía, y con lágrimas en los ojos la conjuró a que no le abandonase. ¡Cuánta bondad la de la Madre de Dios, cuánta diligencia en socorrer a aquel desgraciado!. Aún no se había arrodillado, cuando desaparecieron todas sus angustias, su corazón quedó enteramente transformado, levantóse lleno de valor, fuese al encuentro de un sacerdote, al que, en medio de un río de lágrimas, confesó todos sus pecados. A medida que iba declarando sus faltas, parecíale quitarse tan gran peso de su conciencia; y después declaró que, al recibir la absolución, experimentó mayor contento que si le hubiesen regalado todo el oro del mundo. ¡Ay!, ¡cual habría sido la desgracia de aquel pobre, si no hubiese recurrido a la Santísima Virgen. !Indudablemente ahora se abrasaría en el infierno!</p>
<p>En todas nuestras penas, sean del alma, sean del cuerpo, después de Dios, hemos de concebir una gran confianza en la Virgen María. Ved aquí otro ejemplo, el cual hará mover en vosotros una tierna confianza en la Santísima Virgen, sobre todo cuando queráis concebir grande horror al pecado. El bienaventurado San Ligorio refiere que una gran pecadora llamada Elena acertó un día a entrar en un templo, y la casualidad, o mejor la Providencia, todo lo dispone en bien de sus escogidos, quiso que oyese un sermón, que se estaba predicando, sobre la devoción del Santo Rosario. Quedó tan bien impresionada con lo que el predicador decía acerca de las excelencias y saludables frutos de aquella santa devoción, que sintió deseos de poseer un rosario. Terminado el sermón, fue a comprar uno; pero durante macho tiempo tuvo mucho cuidado en ocultarlo para que no se burlasen de ella. Comenzó a rezar cada día el Rosario, más sin gusto y con poca devoción. Pasado algún tiempo, la Virgen hizo que experimentase tanta devoción y placer en aquella práctica, que no se cansaba de ella; aquella devoción, tan agradable a la Santísima Virgen, le mereció una mirada compasiva, la cual le hizo concebir un tan grande aborrecimiento y horror de su vida pasada, que su conciencia se transformó en un infierno, y la inquietaba sin descanso noche y día. Desgarrada continuamente por sus punzantes remordimientos, no podía ya resistir a la voz interior que le presentaba el sacramento de la Penitencia cómo el único remedio para conseguir la paz por ella tan deseada, la paz quo había buscado inútilmente en todas partes; aquella voz le decía que el sacramento de la Penitencia era el único remedio a los males de su alma. Invitada por aquella inspiración, empujada y guiada por la gracia, fue a echarse a los pies del ministro del Señor, al que descubrió todas las miserias de su alma, es decir, todos sus pecados; confesóse con tanta contrición y con tanta abundancia de lágrimas, que el sacerdote quedó admirado en gran manera, no sabiendo a que atribuir aquel milagro de la gracia. Acabada la confesión, Elena fue a postrarse ante el altar de la Santísima Virgen, y allí, penetrada de los más vivos sentimientos de gratitud, exclamó: «Virgen Santísima, es verdad que hasta el presente he sido un monstruo; más Vos, con el gran poder que tenéis delante de Dios, ayudadme a corregirme; desde ahora propongo emplear el resto de mis días en hacer penitencia». Desde aquel momento, y de regreso ya a su casa, rompió para siempre los lazos de las malas compañías que pasta entonces la habían retenido en los más abominables desórdenes; repartió todos sus bienes a los pobres, y se entregó a todos los rigores y mortificaciones que inspirarle pudieron el amor a Dios y el remordimiento de sus pecados. Para que quedase premiada la gran confianza que aquella mujer había depositado en la Virgen María, en su última hora se le aparecieron Jesús y la Santísima Virgen, y en sus manos entregó su alma hermosa, purificada por la penitencia y las lágrimas; de manera que, después de Dios, fue a la Santísima Virgen a Quién debió aquella gran penitente su salvación.Ved ahora otro ejemplo, no menos admirable, de confianza en la Virgen María, y que manifiesta cuan presta esta la Santísima Virgen para ayudarnos a salir del pecado. Refiérese que hubo un joven, a Quién sus padres educaron muy bien, más tuvo la desgracia de contraer un mal habito, el cual fue para el una fuente inagotable de pecados. Conservando aun el santo temor de Dios y deseando renunciar a sus desórdenes, hacía a veces algún esfuerzo por salir de su triste estado; más el peso de sus vicios le arrastraba de nuevo. Detestaba su pecado, y a pesar de ello, caía a cada momento. Viendo que de ninguna manera podía corregirse, se desanimó y determinó no confesarse más. Al ver su confesor que no se presentaba en el tiempo acostumbrado, intentó un nuevo esfuerzo por devolver a Dios aquella pobre alma. Fue a entrevistarse con él, en un momento en que estaba trabajando sólo. Aquel desgraciado joven, al ver llegar al sacerdote, prorrumpió en gritos y lamentaciones. «¿Qué te pasa, amigo?, le preguntó el sacerdote- ¡Oh, padre!, estoy condenado; veo muy claro que nunca podré corregirme, y he resuelto abandonarlo todo.-¿Que es lo que dices, amigo mío?, al contrario, me consta que, si quieres hacer lo que ahora voy a indicarte, te enmendaras y alcanzaras el perdón. Ve al instante a arrojarte a los pies de la Santísima Virgen para implorarle tu conversión, y después ven a verme». El joven se fue al momento a postrarse a las plantas de la Virgen María, y, regando el suelo con sus lágrimas, le suplicó que tuviese piedad de un alma que tanta sangre costara a Jesucristo, su divino Hijo, y que el demonio, iba a arrastrar al infierno. Al momento sintió nacer en su pecho una confianza tal, que a su impulso se levantó y fue a confesarse. Convirtióse sinceramente; sus malos hábitos fueron destruidos radicalmente, y sirvió a Dios durante el resto de su vida. Hemos de convenir, pues, en que, si permanecemos en pecado, es porque no queremos valernos de los medios que la religión nos ofrece, ni recurrir con confianza a nuestra bondadosa Madre, que se apiadaría de nosotros, cómo se ha apiadado de todos los que acudieron a Ella.</p>
<p>Os he dicho, en quinto lugar, que la virtud de la esperanza nos induce a ejecutar nuestras acciones con la única mira de agradar a Dios, y no al mundo. Hemos de comenzar a practicar tan hermosa virtud al despertarnos, ofreciendo con amor y fervor nuestro corazón a Dios, pensando en la magnitud de la recompensa que mereceremos durante el día, si todo lo que en él obramos lo hacemos solamente para agradar a Dios. Decidme: sí, en todos nuestras obras, acertásemos a pensar siempre en la magnitud de la recompensa que Dios nos tiene reservada por la menor de nuestras acciones, ¡cuales no serian nuestros sentimientos de respeto y veneración a Dios Nuestro Señor!. ¡Con qué pura intención daríamos nuestras limosnas!-Pero, me diréis, al dar una limosna, siempre lo hacemos por Dios y no por el mundo.-Sin embargo, estamos muy satisfechos de que nos vean los demás, de que nos alaben, y hasta nos complacemos en referir nuestros actos de generosidad. En lo íntimo de nuestros corazones, nos sentimos halagados pensando en nuestras liberalidades, y nos aplaudimos a nosotros mismos; en cambio, si aquella hermosa virtud adornase nuestra alma, sólo buscaríamos a Dios; ni el mundo, ni nosotros mismos entrarían para nada. Y no es extraño que realicemos con tanta imperfección nuestras buenas obras. Es que no pensamos en la recompensa que Dios nos tiene reservada si las practicamos sólo por agradarle. Al dispensar un favor a alguien que, en vez de ser agradecido, nos paga con ingratitud, si tuviésemos la hermosa virtud de la esperanza, quedaríamos satisfechos pensando que el premio que Dios nos dará será mucho mayor. Nos dice San Francisco de Sales que, si se le presentasen dos personas a pedir un favor y el solamente pudiese favorecer a una, escogería la que a su juicio hubiese de ser menos agradecida, ya que así su mérito ante Dios sería mayor. El santo rey David decía que todo lo hacía en la Santa presencia de Dios, cómo si al momento hubiese de ver juzgada su obra y recibir la recompensa; por lo cual hacía siempre bien lo que realizaba sólo por agradar a Dios. En efecto, los que están faltos de la virtud de la esperanza, todo lo hacen por el mundo, para hacerse amar o apreciar, y con ello pierden toda recompensa. Decimos que, en nuestras penas y enfermedades, hemos de concebir una gran confianza en Dios Nuestro Señor: aquí es precisamente donde Dios se complace en poner a prueba nuestra confianza. Leemos en la vida de San Elzeardo que los mundanos se burlaban públicamente de su devoción, y los libertinos la tomaban cómo cosa de broma. Santa Delfina le dijo un día que el desprecio que hacían de su persona, recaía también sobre su virtud. ¡Ay!, le respondió llorando el Santo, cuando pienso en lo que Jesucristo padeció por mi, me siento tan impresionado que, aunque me quitaran los ojos, no hallaría palabras para quejarme, fijo mi pensamiento en la grande recompensa que está preparada a los que padecen por amor de Dios: Aquí esta toda mi esperanza, y lo que me sostiene en mis penas. Y ello es muy fácil de comprender. ¿Qué es, en efecto, lo que podrá consolar a una persona enferma, sino la magnitud de la recompensa que Dios le tiene preparada en la otra vida?</p>
<p>Leemos en la historia que un predicador, debiendo predicar en un hospital, escogió por asunto los sufrimientos. Expuso cómo los sufrimientos sirven para atesorar grandes méritos para el cielo, e hizo resaltar lo agradable que es a Dios una persona que sabe sufrir con paciencia. En dicho hospital había un pobre enfermo que, desde hacia muchos años estaba padeciendo mucho, pero, por desgracia, quejándose continuamente; por lo oído en aquel sermón, comprendió el gran tesoro de bienes celestiales que había perdido y, terminado el sermón, se puso a llorar y a dar extraordinarios gemidos. Lo vio un sacerdote, y le preguntó por que mostraba tanta tristeza, advirtiéndole que, si era porque alguien le había causado aquella pena, el era el administrador y podía hacerle justicia. Aquel infeliz contestó: «¡Oh!, no Señor, nadie me ha hecho mal alguno, yo mismo soy Quién me he dañado.-¿Cómo?, le preguntó el sacerdote.- Señor, después de sufrir tantos años, ¡cuántos bienes he perdido, con los cuales hubiera merecido el cielo si hubiese sabido llevar la enfermedad con paciencia!¡Ay!, ¡cuan desgraciado soy!, yo me consideraba tan digno de lástima; si hubiese comprendido la realidad de mi estado, sería la persona más feliz del mundo». Cuántas personas hablarán de la misma manera a la hora de la muerte, siendo así que sus penas, sufridas con ánimo de agradar a Dios, les hubieran ganado -el cielo; ahora, en cambio, usando mal de ellas, sólo sirven para su perdición. A una mujer que desde mucho tiempo se hallaba sepultada en una cama sufriendo horribles dolores, y a pesar de ello parecía estar enteramente satisfecha, habiéndosele preguntado que era lo que la animaba a mantenerse tranquila en un estado tan digno de compasion, contesto: «Al pensar que Dios es testigo de mis sufrimientos y que por ellos me premiara por una eternidad, experimento una alegría tal, sufro con tanto placer, que no cambiaría mi situación por todos los imperios del mundo». Ya veis, pues, cómo los que tienen la dicha de adornar su corazón con esta hermosa virtud, logran pronto cambiar sus dolores en delicias.</p>
<p>Al ver en el mundo a tantas personas desgraciadas, maldiciendo su existencia y pasando su vida en una especie de infierno, perseguidas siempre por la tristeza o la desesperación; ¡ay!, pensemos que tales desgracias provienen de no poner en Dios su confianza y de no considerar la gran recompensa que en el cielo las espera. Leemos que Santa Felicitas, temiendo que el menor de sus hijos no tuviese ánimo para arrostrar el martirio, le dijo a grandes voces: «Hijo mío, levanta tus ojos al cielo, que será tu recompensa; un sólo momento, y habrán terminado tus sufrimientos». Tales palabras, salidas de la boca de una madre, fortalecieron de tal manera a aquel pobre hijo, que, con indecible alegría, entregó su pequeño cuerpo a los tormentos que los crueles verdugos quisieron hacerle padecer. Nos dice San Francisco Javier que, estando en país salvaje, hubo de soportar todos los padecimientos que aquellos idólatras se les ocurrió infligirle, sin recibir consuelo alguno; pero tenía puesta de tal manera su confianza en Dios, que mereció el auxilio divino de una manera visible.Jesucristo, para darnos a entender cuanto debemos confiar en Él y cómo hemos de pedirle siempre, sin terror alguno, todo lo que necesitemos así para el alma cómo para el cuerpo, nos dice en su Evangelio que un hombre fue durante la noche a pedir tres panes a un amigo suyo, para dar de comer a un huésped recién llegado; el otro le contestó que estaban acostados él y sus hijos, y que no los incomodase. Pero el primero insistió en su petición, diciendo que carecía de pan para ofrecer a su visitante. Al fin, el otro accedió a darle lo que le queda, no porque fuese su amigo, sino para librarse de hombre tan inoportuno. De lo cual concluye Jesucristo: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis: llamad y se os abrirá; y tened la seguridad de que todo cuanto pidiéreis al Padre en mi nombre, os será concedido».</p>
<p>En sexto lugar, he de deciros que nuestra esperanza ha de ser universal, es decir, hemos de acudir a Dios en todo cuanto pueda acontecernos. Si estamos enfermos, pongamos en Él toda nuestra confianza, pues tantas dolencias curó mientras estuvo en este mundo, y, si nuestra salud ha de ser para su gloria o para la salvación de nuestra alma, podemos estar seguros de obtenerla; y si, por el contrario, la enfermedad nos ha de ser más ventajosa, nos concederá las fuerzas necesarias para sufrirla con paciencia a fin de recompensarnos en la eternidad. Si nos hallamos en algún peligro, imitémos a los tres niños que aquel rey hizo arrojar en el horno de Babilonia; pusieron de tal manera su confianza en Dios que el fuego no hizo más que quemar la cuerda que los sujetaba, de modo que se paseaban en medio de la hoguera, cómo en un jardín de delicias. ¿Nos sentimos tentados? Confiemos en Jesucristo y no sucumbiremos. Este tierno Salvador nos mereció la victoria en nuestras tentaciones, permitiendo que el demonio le tentase a Él. ¿Nos domina algún mal hábito, y tememos no poder salir de él?; confiemos únicamente en Dios, ya que él nos ha merecido toda clase de gracias para vencer al demonio. Así lograremos hallar consuelo en las miserias que son inseparables de nuestra vida. Más atended a lo que nos dice San Juan Crisóstomo: «Para merecer tales consuelos, no hemos de dejarnos llevar de la presunción, poniéndonos voluntariamente en peligro de pecar. Nuestro Señor no nos ha prometido su gracia sino a condición de que, por nuestra parte, hagamos todo lo posible para evitar el peligro de caer. Además, hemos de procurar no abusar de la paciencia divina permaneciendo en el pecado bajo el pretexto de que Dios no dejará de perdonarnos aunque dilatemos nuestra confesión. Mucho cuidado, ya que, mientras estamos en pecado, corremos el más serio peligro de precipitarnos en el infierno; aparte de que, cuando hemos permanecido voluntariamente en el pecado, es muy dudoso que nuestro arrepentimiento, a la hora de la muerte, haya de obtenernos la salvación ; ya que, a la hora en que espontáneamente pudimos salir del pecado permanecimos en él. Desgraciados de nosotros; ¿ cómo nos atreveremos a permanecer en pecado, cuando ni por un minuto tenemos nuestra vida asegurada? Nos dice el Señor que vendrá cuando menos lo sospechemos.</p>
<p>Digo, pues, que si bien no hemos de abusar de la esperanza, tampoco debemos desesperar de la misericordia divina, pues es infinita. Es la desesperación un pecado mayor que todos cuántos podemos haber cometido, pues por la fe sabemos que Dios no nos ha de negar el perdón, si acudimos a Él con sinceridad. La magnitud de nuestros pecados no debe engendrar en nosotros el temor de que se nos niegue el perdón, pues todos ellos, comparados con la misericordia de Dios, son menos que un grano de arena al lado de una montaña. Si Caín, después de haber muerto a su hermano, hubiese pedido perdón a Dios, podía estar seguro de alcanzarlo. Si Judas se hubiese arrojado a los pies de Cristo, para suplicarle el perdón, Jesucristo le habría perdonado su culpa cómo a San Pedro.</p>
<p>Más, para terminar, ¿queréis saber por qué permanecemos tanto tiempo en pecado, y nos inquieta tanto el momento en que habremos de acusarnos de él? Ello es a causa de nuestro orgullo. Si poseyésemos una verdadera humildad, no permaneceríamos en pecado, ni veríamos con temor la hora de acusarnos. Pidamos a Dios el menosprecio de nosotros mismos, y temeremos el pecado, y lo confesaremos tan pronto lo hayamos cometido. Y concluyo diciendo que hemos de pedir a Dios con frecuencia esta hermosa virtud de la esperanza, la cual nos impulsara siempre a ejecutar nuestras acciones sólo con el ánimo de agradar a Dios. Procuremos no desesperar nunca, ni en las enfermedades ni en cualquier otra tribulación. Pensemos que todo ello son bienes que Dios nos envía para merecernos una eterna recompensa.</p>
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