También protegió a Ars de calamidades

También protegió a Ars de calamidades

Incluso, desde el punto de vista materia, Ars parecía estar bajo una singular protección, nos lo cuenta Magdalena Mandy Scipiot:

Oí decir a mi madre, que después de 1825, época en que el cura Vianney llegó a la parroquia, hasta su muerte,  no había granizado jamás, lo cual atribuía a la intercesión del Santo Cura, tanto más cuanto que él mismo pedía oración para apartar del pueblo de éste terrible azote.

Se ha hecho notar, que durante su ministerio ningún temporal asoló aquel municipio. Mi madre escribía después de cierta tempestad: ‘La tormenta no ha sido para nosotros sino una voz que se ha ido extinguiendo.

Y como mi madre veía de lejos la luz de las ventanas, veía que esos días, el señor Cura había pasado la noche en oración.

Nada tiene de extraño, después de ésto, que tantos forasteros que no podían detenerse en Ars sino por un breve tiempo, quedasen tan impresionados y enamorados de aquella bendita aldea, tan despreciada hasta entonces. Los que se habían podido compenetrar bien del espíritu que allí reinaba, y habían logrado gozar de su paz, gustaban de volver, y se hubiera dicho que su pueblo natal era para ellos un destierro. Aquí un relato de alguno de aquellos peregrinos:

No fue sin un gran sentimiento que nos alejamos de Ars, ¿Cómo nos enamoramos de ese pueblo tan rápido?… Es que, en aquella tierra sin lustre, habíamos encontrado aquella paz que convierte en patria al lugar donde se gusta. Vueltos al bullicio y la agitación de la ciudad, no podíamos sustraernos al malestar y a la tristeza. Los hombres nos parecían groseros y enemigos; las conversaciones, los gritos y aún el aspecto del trabajo argüían desequilibrio y dolor. La atmósfera de paz y armonía cristianas que acabábamos de perder nos había hecho más impresionables a las miserias humanas. En adelante, tendremos que refugiarnos en nuestros recuerdos de Ars como en un Santuario, y habremos de resucitar en nuestra alma la santa figura del Rdo. Vianney, para que nos aliente y nos consuele de nuevo.

El autor de éste relato fue Brac de la Berrère, un importante político de Lyon.

El Rdo. Toccanier, que disfrutaba del insigne favor de ayudar a nuestro Santo, recibía de una persona de insigne piedad estas líneas:

¡Oh, Ars! Si yo pudiese trasladarme ahí como mi pensamiento, me verías ahí todos los días. Apenas he partido y mi alma desearía volver… Todavía sueño en la felicidad de aquellos días que ya han pasado, de aquellos días en que estuve en vuestra bendita aldea… ¡Qué feliz es usted!

La carta la había enviado la Baronesa de Belvey, en cartas del 17 de Diciembre de 1855 y del 19 de Noviembre de 1856.

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