Los últimos días del Cura de Ars

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El Cura de Ars, hasta entonces tan refractario a dejarse cuidar, se mostró en su última semana, “dócil como un niño”, como dijera el Hno. Jerónimo, el sacristán. Recuérdese con qué repugnancia, durante su enfermedad en 1843, aceptó que pusieran un colchón en su cama. Pues, en la madrugada del sábado, tendieron uno sobre su duro jergón, y dio las gracias con uma muda sonrisa. Tomó cuantas medicinas le dieron. Sólo una vez se quejó, cuando una Hermana de San José se puso a cazar las moscas que se posaban sobre su rostro bañado en sudor: “Deje usted a las pobres moscas… No hay nada más molesto que el pecado…”.

“Estaba del todo en sus cabales. Se confesó, con su piedad acostumbrada, sin turbación, sin decir una palabra o queja de su enfermedad”. No manifestó deseó alguno de curarse. El demonio, por primera vez en la historia de los santos, no tuvo permiso para atormentarle en su hora suprema. “Su mayor aprensión había sido siempre la de desesperar en los últimos momentos”. Mas el temor de la muerte, del que tan vivas muestras había dado, despareció por completo.

Después de haber gustado hasta las heces el cáluz de la amargura de esta vida de destierro, saboreaba las delicias de la muerte y realizaba en sí mismo una de sus suaves expresiones: “¡Qué agradabe es morir, cuando se ha vivido sobre la cruz”.

La enfermedad hacía rápidos progresos, aunque el cura gozaba de una perfecta calma. Ninguna queja tenía, es más, si fuera por su voz, no sufría nada. Sacerdotes, hermanos, piadosos, amigos, seglares, se revelaban a su lado, aunque parecía preferir quedarse sólo.

Los habitantes de Ars, sus feligreses siempre queridos, y los peregrinos, se presentaban sin cesar a la puerta de su cuarto para que bendijera los objetos de piedad que le presentaban y pedirle para ellos mismos la última bendición. El Santo se prestaba benévolamente a todo, pero sin pronunciar palabra. El día antes de su muerte, cuando se prohibió el acceso a su habitación, hubo quienes violaron la orden. “Subiremos a pesar suyo, decía llorando el hermano Atanasio, que vigilaba junto a la puerta del patio: ¡Antes de ser cura de usted, lo era nuestro!” El hermano consintió en dejarles pasar, advirtiendóles que no hicieran ruido. En silencio, pero dominando a duras penas los sollozos, se arrodillaron sobre el pavimento de la habitación. El Santo les reconoció: levantó su débil mano, y trazó sobre ellos la señal de la cruz. “Le vi en su cama el último día de su vida, dice Guillermo Villiers, que sin duda se hallaba presente en aquella escena; se mostraba dulce y tranquilo como un ángel”.

El conde des Garets, que casi no salió de la casa parroquial durante aquellos días de angustia, mandó llamar a su familia. El santo moribundó fijó los ojos en sus hijos, a los que profesaba un amor de verdadero padre. Se acordó de que hasta entonces no había dado ningún recuerdo a la joven Marta Filomena, e hizo seña al hermano Jerónimo de que le diese su rosario.

Mientras tanto, ¿qué hacían los peregrinos? Amontonados entre la iglesia y la casa parroquial reclamaban a su confesor. Los recién llegados pedían que se lo dejasen ver a lo menos una última vez. Se les dijo que el señor Cuira les bendeciría desde el lecho. En determinados momentos, sonaba una campanilla y todos se arrodillaban en la calle, y hacían la señal de la cruz.

En la iglesia, ante el altar de Santa Filomena, se iban sucediendo grupos de personas que pedían a “la querida santa” la salud de su amigo de Ars. No faltaron quienes fueron en peregrinación hasta el santiario de Nuestra Señora de Beaumont.

Por otra parte, se hizo humanamente cuanto se pudo para aliviar el dolor del santo enfermo. El doctor había dicho que si los dolores disminuían, todavía habría confianza de una recuperación. Los habitantes de Ars, con un amor enorme hacia su curita, y pensando de que esta manera refrescararían la casa y a su santo, tendían sobre el tejado grandes sábanas empapadas de agua que el señor Pagès y otros vecinos, subidos en escaleras, mojaban a invertalos para mantenerlas mojadas. La abnegación de todos fue admirable.

El dulce moribundo ya no parecía de éste mundo. “Sus labios no se movían, pero sus ojos permanecían fijos en el cielo, y obligaban a pensar que estaba en contemplación. Creo que entonces ocurría algo en él extraordinario. A las diferentes preguntas, se limitaba a responder con la cabeza con un sí o un no.”

Dijo, en efecto, muy pocas palabras. Por la mañana del 2 de agosto fueron turnandóse en su cabecera el hermano Atanasio y el Rdo. Tocannier. Mientras estaba eel Hermano, anunciaron la visita del médico. “Me quedan sólo 36 francos, logró decir el enfermo; diga a Catalina que los dé al doctor Saunier, y que le ruegue que no venga más, pues no tendría con qué pagarle…” El Rdo. Toccanier manifestó al Santo sus temores para el porvenir: “Padre, habiendo el gobierno negado el permiso para la lotería, y disponiendo Dios de usted, creo que… -¡Ánimo amigo mío! Sólo pasarán 3 años-…”. *

* Pasados tres años, el Rdo. Toccanier había reunido la cantidad suficiente para comenzar a construir la nueva Iglesia.

En ese mismo día, hacia las tres de la tarde, su confesor juzgó prudente administrarle los últimos sacramentos. El mismos los pidó, sin querer aguardar al día diguiente, como le habían propuesto. “Qué bueno es Dios; cuando uno ya no puede visitarle, Él se digna en venir a verme”.

Mientras la campana de la iglesia iba tocando, el cura de Jassans avanzaba llevando la Hostia Sagrada. Unos veinte sacerdotes, cada uno con un cirio, acompañaban al Santísimo Sacramento. Al oír la campana, asomaron algunas lágrimas en los ojos del pobre moribundo. “¿Porqué llora usted” Le preguntó el hermano Elías, que estaba arrodillado junto a él, “Es triste comulgar por última vez”.

Al ver penetrar el cortejo en su cuarto, se sentó con sus propias fuerzas, junto las manos, y sus lágrimas aparecieron, ahora abundantes. su confesor le dió el Viático y después la extremaunción. El ambiente en la habitación ya era muy caldeado, y tuvieron que apagar los cirios por la salud del Santo.

Despues de la ceremonia, el Rdo. Esteban Dubouis, cura de Fareins, se quedó velando a su lado.
“- Señor cura, está usted con Nuestro Señor.
- Sí, amigo mío.
- Hoy celebramos la fiesta de la traslación de las reliquias de San Esteban. Este Santo, estando aún en la tierra, veía abiertos los cielos”
Entonces, el cura de Ars levantó los ojos con una expresión de extraordinaria fe y felicidad.

Un pormenor importante traía solícitos al alcalde y a los habitantes de Ars: Después de la muerte de el Santo, ¿quién poseería los despojos? El último testamento escrito por el Cura de Ars, escrito el 10 de octubre de 1855, estaba redactado de ésta forma: Después de mi muerte, dejo mi cuerpo a dispocisión del Monseñor el Obispo de Belley.

Nadie sabía la voluntad que tendría el Monseñor Langalerie, si lo llevaría a Dardilly, como reclamaban los vecinos que ya varias veces habían solicitado. Por esta razón, el miércoles, 3 de Agosto de 1859, “a la una de la tarde”, el señor Gilberto Raffin, notario de Trevoux, penetraba con cuatro testigos en el cuarto de el Cura de Ars. “¿Dónde quiere usted ser enterrado?”, le preguntó el notario. El santo, como pudo respondió: “En Ars… pero mi cuerpo no vale gran cosa…”. Enseguida el señor Raffin redactó un testamento que el Santo no pudo firmar (ésta semana lo publico).

El 3 de Agosto, Mons. Langalerie, obispo de Belley-Ars, se encontraba en Meximieux, donde se hacían los últimos preparativos para la distribución de premios señalada para el día siguiente. Allí, y en referidas ocasiones se enteró del grave estado del Cura de Ars. Sin detenerse un momento, salió de aquél Seminario Menor, y tomó el camino a Ars (40 km apróximadamente). Llegó cerca de las siete de la tarde, y se dirigió de inmediato a la casa parroquial, “jadeante, emocionado, y rezando y lamentandóse en voz alta, abriéndose paso a través de la multitud arrodillada”.

En enfermo reconoció muy bien a su obispo, le sonrío, y se esoforzó en darle las gracias, pero no pudo articular ninguna palabra. El prelado le abrazó, y le dijo que iba a la iglesia a orar por él. El santo le volvió a sonreír. “Éste fue el único momento del día en que le vi salir de su unión con Dios”, hizo notar su confesos, que se hallaba presente.

Hacia las diez de la noche, el Cura de Ars parecía llegar a su fin; el Rdo. Toccanier le aplicó la indulgencia plenario en el artículo de la muerte. A media noche, el Rdo. Monnin le dio a besar un crucifijo de misionero, y comenzó las preces de los agonizantes. Las rezaba lentamente, entrecortandóse con largas pausas… el jueves, 4 de Agosto de 1859, a las dos de la madrugada, cuando el joven sacerdote acababa de leer con voz temblorosa estas palabras: que los santos ángeles salgan a tu encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén; mientras en el cielo de Ars estallaba una violenta tempestad, llena de rayos y truenos, San Juan María Bautista vianney, apoyado en los brazos del hermano Jerónimo, “entregaba su alma a Dios sin agonía”, se dormía como el obrero que ha terminado bien su jornada.

El señor Oriol tuvo el consuelo de cerrarle los ojos. Tenía setenta y tres años, diez meses y veintisiete días, y hacía cuarenta y un años, cinco meses, y veintitrés días que era Cura de Ars.

A las cuatro de la mañana, el Rdo. Beau bajó a la iglesia para celebrar el santo oficio. El sacristán le había preparado ornamentos negros, y entonces, el Rdo, Beau, quien fue confidente en vida del santo, retiró los ornamentos de lujo porque la vida había sido la propia de un Santo y no creía que hubiera cometido ningún pecado venial deliberado.

Las campanas de Ars tocaron a muerto. La parroquia, dio rienda suelta al inmenso dolor que la oprimía. Todos lloraban, y decían: ¡Nuestro santo cura ha muerto! La señorita Marta des Garets decía que las parroquias vecinas participaron en esa pena, dando riendas sueltas a los tañidos de las campanas dando la triste noticia. En Savigeneux, en Mizerieux, Toussieux, hasta en Jassans, tocaron a muerto. Antes de hacerlo, el cura de Savigneux creyó ser deber suyo proponerlo al alcalde, señor Bon-Repos, y éste le respondió: “¿Y me lo pregunta usted, cuando hemos perdido al cura de Ars?”.

La noticia de la muerte se propagó con la rapidez del rayo, pues el telégrafo la llevo a todas partes, el internet del año 1859. En seguida las multitudes se pusieron en marcha. El 4 de Agosto de 1859 por la mañana, el señor Camilo Monnin, notario de Villefranche, y hermano del misionero y amigo del Cura de Ars, Rdo. Monnin, corrió hacia la aldea de Ars.

“El camino rebosaba de peregrinos que iban a pie y en coche. Todo el mundo iba llorando. Igual emoción se apoderó de mi; me arrojé a los brazos de mi hermano, y nuestras lágrimas se mezclaron”, decía el notario Camino Monnin despuéss al diario L’Univers.

Aquella mañana, por primera vez en casi 42 años, se oyó el toque del Ángelus a cuando ya había luz del sol.

Relatado por Catalina Lassagne, Rdo. Toccanier y el Rdo. Monnin en periódicos, y en los proceso de caninización.
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Devoto de San Juan María Vianney, amante de la historia, la de la Iglesia y la de los santos. Soy nacido en Monterrey, donde hice mi apostolado y conocí y enamoré de Dios, y del cura de Ars.

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