Vivamos el año sacerdotal con el Santo Cura de Ars
“El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía.12 “No hay necesidad de hablar mucho para orar bien”, les enseñaba el Cura de Ars. “Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración”.13 Y les persuadía: “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él…”.14 “Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis”.15 Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa”.
(Carta de convocatoria de Benedicto XVI para un año sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del dies natalis del Santo Cura de Ars)
(12.”La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. ‘Yo le miro y él me mira’, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario”: Catecismo de la Iglesia católica, n. 2715.
13.Nodet,p.85.
14.Ibíd.,p. 114.
15.Ibíd.,p. 119.)
I- Educación de los fieles en la presencia eucarística
Más dichosos que los santos del Antiguo Testamento, no solamente poseemos a Dios por la grandeza de su inmensidad, en virtud de la cual se halla en todas partes, sino que le tenemos con nosotros como estuvo en el seno de María durante nueve meses, como estuvo en la cruz. Más afortunados aún que los primeros cristianos, quienes hacían cincuenta o sesenta leguas de camino para tener la dicha de verle; nosotros le poseemos en cada parroquia, cada parroquia puede gozar a su gusto de tan dulce compañía. ¡Oh, pueblo feliz! (Sermón sobre el Corpus Christi).
Más afortunados que aquellos que vivieron mientras estuvo en este mundo, cuando no habitaba más que en un lugar, cuando debían andarse algunas horas para tener la dicha de verle; hoy le tenemos nosotros en todos los lugares de la tierra, y así ocurrirá, según nos está prometido, hasta el fin el mundo (Sermón sobre el Jueves Santo).
¡Oh, felices lugares- exclamaban- donde tantos prodigios se realizaron por nuestra salvación! Pero, sin ir tan lejos, sin tenernos que molestar en atravesar los mares y exponernos a tantos peligros, ¿no tenemos aquí, en medio de nosotros, a Jesucristo, no solamente como Dios, sino en cuerpo y alma? ¿No son tan dignas de respeto nuestras iglesias como los lugares santos que visitaban aquellos peregrinos? ¡Nuestra dicha es demasiado grande!, jamás comprenderemos su alcance. ¡Pueblo feliz, el cristiano, al ver cómo cada día se renuevan todos los prodigios que la omnipotencia de Dios obró en otro tiempo en el Calvario para salvar a los hombres! (idem).
Cualquiera que sea el lugar donde nos encontremos, dirijamos con alegría nuestros pensamientos, nuestros deseos, hacia donde esta guardado este adorable Cuerpo, para unirnos a los ángeles que con tanto respeto lo adoran. Mostremos respeto a los templos, tan santos, tan dignos de reverencia, tan sagrados por la presencia de Dios hecho hombre, que día y noche mora entre nosotros (id).
¿Sabéis aún cuál fue el motivo que movió a Jesucristo a permanecer día y noche en nuestros templos? Pues fue para que, cuantas veces quisiéramos verle, nos fuese dado hallarle. ¡Cuán grande eres, ternura de un padre! ¡Qué cosa puede haber más consoladora para un cristiano que sentir que adora a un Dios presente en cuerpo y alma! (Sermón sobre el Corpus Christi).
¡Cuánto consuelo y suavidad nos procuran los momentos pasados con este Dios de bondad! ¿Estás dominado por la tristeza? Ven un momento a echarte a sus plantas, y quedarás consolado. ¿Eres despreciado del mundo? Ven aquí, y hallarás un amigo que jamás quebrantará la fidelidad. ¿Te sientes tentado? Aquí es donde vas a hallar las armas más seguras y terribles para vencer a tu enemigo. ¿Temes el juicio formidable que a tantos santos ha hecho temblar? Aprovéchate del tiempo en que tu Dios es Dios de misericordia y en que tan fácil es conseguir el perdón. ¿Estás oprimido por la pobreza? Ven aquí, donde hallarás a un Dios inmensamente rico, que te dirá que todos sus bienes son tuyos […] (idem).
Nuestro Dios no nos pierde de vista, como una madre que está vigilando al hijito que da los primeros pasos. “Abraham, dice el Señor, anda en mi presencia y la hallarás en todas partes”. “¡Dios mío!, exclama Moisés, servíos mostrarme vuestra faz: con ello tendré cuanto puedo desear” (EX 23,13). ¡Cuán consolado queda un cristiano, al pensar que Dios le ve, que es testigo de sus penalidades y de sus combates, que tiene a Dios de su parte (id).
II- Educación de los fieles en la comunión
Para hacer una buena comunión es preciso tener una viva fe en lo que concierne a este gran misterio; siendo este sacramento un “misterio de fe”, hemos de creer con firmeza que Jesucristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía, y que está allí vivo y glorioso como en el cielo. Antiguamente, el sacerdote antes de dar la Sagrada Comunión, sosteniendo en sus dedos la santa Hostia, decía en alta voz: “¿Creéis que el Cuerpo adorable y la Sangre preciosa de Jesucristo están verdaderamente en este sacramento?” Y entonces respondían a coro los fieles: “Sí, lo creemos”
Digo también que debemos presentarnos con vestidos decentes; no pretendo que sean trajes ni adornos ricos, más tampoco deben ser descuidados y estropeados: a menos que no tengáis otro vestido, habéis de presentaros limpios y aseados. Algunos no tienen con qué cambiarse; otros no se cambian por negligencia. Los primeros en nada faltan, ya que no es suya la culpa; pero los otros obran mal, ya que ello es una falta de respeto a Jesús, que con tanto placer entra en su corazón. Habéis de venir bien peinados, con el rostro y las manos limpias.
Es necesario que todo nuestro porte exterior dé, a los que nos ven, la sensación de que nos preparamos para algo grande.
Habréis de convenir conmigo en que, si para comulgar son tan necesarias las disposiciones del cuerpo, mucho más lo habrán de ser las del alma, a fin de hacernos merecedores de las gracias que Jesucristo nos trae al venir a nosotros en la Sagrada Comunión. Si en la Sagrada Mesa queremos recibir a Jesús en buenas disposiciones, es preciso que nuestra conciencia no nos remuerda en lo más mínimo, en lo que a pecados graves se refiere.
Después de haber rezado las oraciones indicadas, ofreced la Comunión por vosotros y por los demás, según vuestras particulares intenciones; para acercaros a la Sagrada Mesa, os levantaréis con gran modestia, indicando así que vais a hacer algo grande; os arrodillaréis y, en presencia de Jesús Sacramentado, pondréis todo vuestro esfuerzo en avivar la fe, a fin de que por ella sintáis la grandeza y plenitud de vuestra dicha. Vuestra mente y vuestro corazón deben estar sumidos en el Señor. Cuidad de no volver la cabeza a uno otro lado […]. Si aún debiéseis aguardar algunos instantes, excitad en vuestro corazón un ferviente amor a Jesucristo, suplicándole con humildad que se digne venir a vuestro corazón miserable.
Después que hayáis tenido la inmensa dicha de comulgar, os levantaréis con modestia, volveréis a vuestro sitio y os pondréis de rodillas…; ante todo, deberéis conversar unos momentos con Jesucristo, al que tenéis la dicha de albergar en vuestro corazón, donde, durante un cuarto de hora, está en cuerpo y alma como en su vida mortal.
Habiendo ya rezado las oraciones para después de la Comunión, llamaréis en vuestra ayuda a la Santísima Virgen, a los ángeles y a los santos, para dar juntos gracias a Dios por el favor que acaba de dispensaros.
No saldréis de la iglesia al momento de terminar la santa Misa, sino que os aguardaréis algunos instantes para pedir al Señor fortaleza en cumplir vuestros propósitos […]
¿A quién recibimos?
Jesucristo, durante su vida mortal, no pasó jamás por lugar alguno sin derramar sus bendiciones en abundancia, de lo cual deduciremos cuán grandes y preciosos deben ser los dones de que participan quienes tienen la dicha de recibirle en la Sagrada Comunión; o mejor dicho, que toda nuestra felicidad en este mundo consiste en recibir a Jesucristo en la Sagrada Comunión.
Todos los Santos Padres están conformes en reconocer que, al recibir a Jesucristo en la Sagrada Comunión, recibimos todo género de bendiciones para el tiempo y para la eternidad; en efecto, si pregunto a un niño: ¿Debemos tener ardientes deseos de comulgar? – Sí, Padre, me responderá. – Y, ¿por qué? – Por los excelentes efectos que la comunión causa en nosotros. – Mas, cuáles son estos efectos? – Y él me dirá: la Sagrada Comunión nos une íntimamente a Jesús, debilita nuestra inclinación al mal, aumenta en nosotros la vida de la gracia, y es para los que la reciben un comienzo y una prenda eterna.
Recibiendo a Jesucristo, nuestro espíritu se fortalece, en nuestras luchas somos más firmes, nuestros actos están inspirados por la más pura intención, y nuestro amor va inflamándose cada vez más y más.
La Sagrada Comunión es para nosotros prenda eterna, de manera que ello nos asegura el cielo; estas son las arras que nos envía el cielo en garantía de que un día será nuestra morada; y, aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuánto más frecuente y dignamente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión.
Perlas eucarísticas
…Hemos de concebir un gran deseo de unirnos a Jesucristo. Ved la gran diligencia de los Magos en buscar a Jesús en el pesebre; mirad a la Santísima Virgen; mirad a Santa Magdalena buscando con afán al Salvador resucitado.
Ningún acto enriquece tanto a nuestro cuerpo en orden al cielo, como la Sagrada Comunión.
Nada hay que nos haga tan temibles al demonio como la Sagrada Comunión.
[…] lo que nos causará mayor admiración durante la eternidad, será ver cómo nosotros, siendo tan miserables, hemos podido recibir a un Dios tan grande.
Todos los textos de esta segunda parte están tomados en su totalidad del Sermón sobre la Comunión.
Fuente: Francisco Fernández Carvajal, Antología de textos para hacer oración y para la predicación, Palabra, Madrid, 1985
Voces empleadas: ACCIONES DE GRACIAS-COMUNIÓN-EUCARISTÍA-LUGARES Y OBJETOS DE CULTO-MISA-PRESENCIA DE DIOS-VISITA AL SANTÍSIMO
- Enviado por correo, por el Pbro. Gerardo Rodríguez, de la Arquidiócesis de Rosario, Argentina

